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En el mundo hispano parlante se ha extendido el uso de la voz “posverdad”, hija bastarda de la inglesa “post-truth”, aunque podría apostarse doble contra sencillo que muy pocos sepan qué se quiere decir con ella. Después que la Real Academia Española (RAE), la definiera como una “distorsión de la realidad” con el propósito de manipular las emociones y creencias para influir en la llamada opinión pública, se ha originado una explosión de su uso a nivel local, especialmente en los medios y en las tertulias de intelectuales. Como toda novedad, el término tiene un aire aristocrático y su empleo en las conversaciones y en ciertas escrituras dará a quien se lo apropie alguna apariencia falsa de erudición.

También ha servido el término para relacionarlo con toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público, pero como todavía se discute el significado de la expresión habría pues que esperar que el diccionario de la Real Academia disipe todas las dudas mientras se expanda el uso del vocablo. Entre nosotros, como a menudo escucho, cada usuario del vocablo lo empleará, y de hecho ya se hace, conforme al sentido personal que quiera atribuirle a la palabra.

Lo cierto es que la idea que se intenta reflejar en la expresión no entra en todas las cabezas y su uso, por lo menos en la política, habrá de crear más confusión de la que necesitamos en una actividad que a diario nos aleja del entendimiento. Para los que tienden a complicar las cosas, posverdad vendrá siendo algo así como la verdad que aún no llega y por la que hemos estado esperando desde la fundación misma de la República.

Ya uno puede comenzar a imaginarse el enredo que la RAE nos traerá cuando en el Congreso, tribunales y salas capitulares, la posverdad nos separe de las verdades reales que necesitamos.

Posted in La columna de Miguel Guerrero
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