Sobre el sufragio obligatorio

A comienzos del presente siglo, se intentó un reglamento electoral que prohibiría la abstención y sancionaría toda propaganda promocional de la misma. Si algo como eso llegara a aprobarse, posible en un país sin instituciones fuertes, debería concluirse el trabajo de destrucción de la libertad de elección del pueblo dominicano, eliminando la categoría de ciudadano y en su lugar clasificar a los electores con el nombre de borregos.

Porque en eso nos convertiríamos. Dejaríamos de ser ciudadanos con capacidad para decidir libremente en materia electoral, para convertirnos en una sociedad de asnos, conducidos cada cierto tiempo como manada a los centros de votación para darles nuestros votos a favor de quienes una boleta del organismo nos indique.

Es cierto que hay países todavía en donde votar es obligatorio, con fuerte penalidad para quien no lo haga, incluyendo la pérdida de derechos civiles por un año, y ya sabemos los penosos resultados de ese ejemplo en particular. Pero esa obligación riñe con el principio del derecho a la libre elección, consagrada en la Carta Magna y atenta contra otros derechos humanos fundamentales.

Cuando un ciudadano decide abstenerse porque rechaza todas las opciones, hace de la abstención un acto serio y profundo de reflexión electoral y contribuye con ello al fortalecimiento de la democracia.

La obligatoriedad del sufragio sólo sería aceptable como objeto de discusión si se acompañara del voto de protesta, una casilla en blanco que permitiera a los electores expresar su inconformidad con las candidaturas propuestas y que se contabilizara y no quedara como observado o voto nulo. El voto obligatorio sería una puñalada mortal a la democracia.

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