La reciente expulsión de “diplomáticos” cubanos por parte del Gobierno dominicano ha puesto sobre el tapete público dos versiones: a) la que ha trascendido extraoficialmente y que responde a que parte de una delegación deportiva optó por quedarse en el país y que, supuestamente, iba a ser secuestrada y, vía Haití, regresada a Cuba a través de una operación por agentes-miembros de la delegación diplomática cubana acreditada en el país; y b) que la expulsión o salida responde a presiones diplomáticas de los Estados Unidos, según comentarios-protestas de periodistas y figuras de medios que cuestionan o entienden como una grosera injerencia o sumisión que el país no se merece. Sin embargo, y sin entrar en objetar una u otra versión, valdría preguntarse: ¿es mentira dicha práctica por parte del régimen cubano cuando se trata de vigilar a sus atletas que compiten o participan en juegos o competencias deportivas internacionales? Olímpicamente, ¡no!
En consecuencia, no se explica la reacción o repulsa ante la primera versión o especulación, pues una ha sido práctica recurrente del régimen cubano; y, por otra parte, la que ha trascendido extraoficialmente -porque no ha habido parte o explicación oficial del gobierno dominicano al respecto (lo cual en práctica diplomática tampoco es obligación del Estado receptor darla), encaja en la convención de Viena. Entonces, ante una u otra versión: cuál es la queja: ¿zona de influencia o soberanía genuflexa? Más bien, me inclino por creer lo que ha sido recurrencia histórica del régimen cubano. Así de sencillo.
Pero más allá de las especulaciones -o lo que yo crea-, la duda razonable o la realidad recurrente del régimen cubano, habría que preguntarse: ¿qué le impide a Cuba ejercer su derecho a la reciprocidad o respuesta de igualdad de reacción, que aunque no contemplada en la convención de Viena, política replicando la expulsión en igual proporción? !Nada!
En fin, en nuestra humilde opinión, Estados Unidos no necesita recurrir a semejante exigencia o treta para agravar la situación sociopolítica y económica de un régimen que, a parte del hambre que padece el pueblo cubano y una infraestructura física que se cae a pedazos, ya se le hace difícil al régimen castrista sostenerse por su incapacidad socioeconómica e histórica de gerenciarse o perpetuarse; entre otras razones, por la hegemonía de una gerontocracia de “liderazgo” obsoleto-privilegiado cuyo relevo político -o intermediarios hereditarios- no deja duda sobre la doble moral política-ideológica de la otrora redención revolucionaria cubana.
No cabe duda: a la caída de Maduro, sigue la de los Castro-Canel y no muy tarde la de los Ortega-Murillo (Nicaragua). Es cuestión de tiempo. Y no creo que haya ni la más remota duda al respecto.
