Últimamente se han estado realizando encuestas con la pregunta: ¿está el país preparado para que lo gobierne una mujer? Sería mejor cuestionarse ¿cuándo no ha sido así? Todos hemos vivido por propia experiencia el sistema matriarcal en nuestras familias donde las decisiones, desde las aparentemente inocuas (como la elección del colegio, vestimenta y alimentación) hasta las más relevantes (de administración del hogar, inversiones, permisos y castigos), venían de la madre. El padre se retiraba sigilosamente y le dejaba el peso de las grandes resoluciones para evitarse el “te lo dije” que era más pesado que una loza de granito.
Será que la maternidad la preparó para pasar por unos malestares iniciales y un desenlace doloroso que la hizo valiente por 9 meses y luego, con los trasnoches y la crianza de alguien que dependía de ella, para saber luchar con todo y contra todo. Disciplina, sacrificio y persistencia tienen nombre de mujer, aunque también sensibilidad, perspicacia y ese sexto sentido que no se explica, pero del que nadie duda. Ese que advierte las malas intenciones a distancia y detecta al vuelo las compañías dudosas cuando se aparentaba lo contrario (talvez, por eso, porque no compra el regalo por la envoltura).
Se comenta con convicción que, si una mujer pide lanzarse por una ventana, hay que procurar que sea una primera planta porque lo que se propone, lo consigue, no porque hubiera posibilidades reales, más bien porque su convicción es ilimitada y los obstáculos los pondrán los demás. Para ella, son retos que sabrá salvar como en muchos otros que se le presentan y que la han hecho más fuerte, poderosa y capaz porque el sacrificio no ha sido pretexto para detenerse, tampoco su condición femenina.
Acostumbrada como está a hacer rendir exiguos ingresos -aunque no los produzca- no hay problema sin solución, aunque cueste, aunque tarde o a pesar de que los demás vean lejano el desenlace, ya que los límites se lo pondrán quienes, en su miopía existencial, aun la creen el sexo débil, sometido e inferior que no es más que el reconocimiento implícito de ese ímpetu personal en que puede convertirse, de una suave brisa de verano, en una ráfaga indetenible cuando la ocasión lo amerita.
Esa que calla tantas verdades para no herir, pero no se conforma con lo mínimo y tiene que ir por más. Cuando una mujer quiere, lo hace sin límites ni medidas, pero si es su elección alejarse y dar por cerrada una situación, no hay vuelta atrás. Entonces, la pregunta no es si estamos preparados para que una mujer asuma el mando -en una empresa, institución o en una nación- es si nos merecemos que lo haga.
