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“He ocultado mi raigal capacidad para el querer –que sólo conocen mis familiares y amigos más íntimos- porque he vivido la mayor parte de mi existencia dentro de una jungla: la política. En ella sólo alcanzan a sobrevivir los que saben responder a un golpe recibido del adversario con diez más que se le devuelven”.

Rómulo Betancourt

Memorias

          Aproximadamente a las 11:45 de la noche, unas catorce horas después del atentado, con las manos vendadas y el rostro desfigurado por las quemaduras, Rómulo Betancourt abandonó el Policlínico de la Universidad Central de Caracas y se trasladó a Miraflores, donde estableció su residencia temporal.

          El propio Betancourt describiría años después esos momentos decisivos de su vida y de la democracia venezolana.  “Desde el hospital, donde me habían hecho curas de urgencia y después de haberle descubierto a la vida una dimensión nueva, animal sano como siempre había sido: la del dolor físico, me hice trasladar a Miraflores, el Palacio de Gobierno. Más de una vez había dicho que allí estaría ‘ni un día más ni un día menos’ del lapso fijado por la Constitución para gobernar el país.  Entre amigos añadía: ‘De aquí saldré con los pies para adelante, o caminando con mis propios pasos a entregarle la banda de la Presidencia a mi sucesor’.  Y esa noche del 24 de junio de 1960, entraba que no salía de Miraflores ‘con los pies para adelante’, en una camilla, ambas manos como guindajos de carne quemada; la cara deforme; escasa la visión; oyendo poco.  Pero llegaba vivo al puesto de mando y acrecida, con la prueba afrontada, la voluntariosa decisión de no defraudar la fe que en mí habían puesto los venezolanos al elegirme Presidente”.

          Velázquez, el coronel Roberto Morean Soto, jefe del cuartel de la Guardia Presidencial y el doctor Montilla, le condujeron despacio a la suite que utilizaría por los meses siguientes como su lugar de trabajo y descanso.  Esta habitación tenía una historia secreta que ayudaba a entender la personalidad del Presidente; su desprecio del lujo y la vida fácil. ¡Cuán distinto de aquellos que le habían precedido en el ejercicio del poder!

          La suite donde fue llevado el Presidente había sido construida en el período de transición entre finales de diciembre de 1958 y febrero de 1959, por órdenes del doctor Velázquez, debido a que Miraflores carecía de adecuadas habitaciones presidenciales.  El Palacio quedó virtualmente abandonado a la ruina en la época del dictador Pérez Jiménez, quien había instalado sus oficinas en la enorme mansión conocida por el Palacio Blanco, situada al frente.  En Miraflores, Pérez Jiménez estableció la sede de su policía militar, construyendo El Diagonal, un edificio destinado a la Guardia Presidencial.  Betancourt decidió volver a la tradición y sentar sus dominios en Miraflores, por lo cual dispuso su reparación.

          Para esta tarea se encargó a un viejo amigo suyo, José Agustín Catalá, que aceptó la encomienda a regañadientes.  El Presidente y Catalá guardaban vínculos estrechos desde mediados de la década de 1930, nacidos de sus luchas comunes contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.

          Tras ser excarcelado a raíz de la caída de Pérez Jiménez, Catalá había comenzado a reorganizar su vida con un cargo prometedor con el cual estaba muy entusiasmado.  Como presidente de un Instituto de Crédito Municipal que aspiraba transformar en un banco municipal, el antiguo compañero de Betancourt estaba dando los pasos iniciales de un gran proyecto.  Hasta que el Presidente invocó su condición de amigo llamándole a través de Velázquez para hacerle cargo de la reconstrucción de Miraflores, a lo que él no pudo negarse, renunciando a su puesto en el instituto.

          El Palacio se hallaba en deplorables condiciones, destartalado, y Catalá se trasladó allí para hacer la transformación en un tiempo prácticamente imposible de cuarenta días.  El Ministerio de Obras Públicas, a cargo del doctor Hernández Ron, le ofreció cuantas facilidades requería y él se entregó de lleno a la tarea con entusiasmo.  En Miraflores habían despachado, con excepción de Pérez Jiménez y Juan Vicente Gómez, todos los presidentes de la historia venezolana, desde la época del general Joaquín Crespo, quien había ejercido la Presidencia en dos oportunidades entre 1884 y 1898, cuando fuera construido el inmueble que ahora Betancourt reivindicaba como símbolo del poder.

          Unos días antes de asumir el cargo, Betancourt se interesó por la marcha de los trabajos de reconstrucción y pidió a Catalá hacer una inspección conjunta en la noche.  Los trabajos se realizaban a toda prisa con unos trescientos trabajadores ocupándose de todo, desde pintar las paredes exteriores hasta la instalación de una nueva cocina.  Betancourt preguntó por las habitaciones de los oficiales de la Casa Militar y Catalá les mostró unas salas pequeñas dotadas de baños de menor dimensión y baños comunes.  En el ala lateral Betancourt se vio de pronto ante una habitación de grandes dimensiones.

          -¿Y esto qué es?- Inquirió.

          -Esta es la habitación para el Presidente.

          -¿Habitación aquí para el Presidente con cama doble? Esa vaina no.  Esa parece una cama de putas francesas.

          Catalá sonrió porque conocía bien a su amigo.

          -¿Pero dónde y cuándo conociste tú camas de putas francesas, chico?-, le preguntó casi estallando de risa.

          Betancourt echó un brazo sobre el hombro de Catalá y le ordenó:

          -No, esta vaina me la quitan.  Quiero una cama pequeña, igual, exactamente igual, a la que tienen los oficiales, porque tú sabes cuál ha sido la posición tradicional de ellos frente a mí y no quiero despertar más celos de los que existen.

          Catalá no tuvo más remedio que preparar una habitación sencilla adicional para el próximo Presidente.  Y no se sintió ofendido por la reacción de su líder.  Cuanto menos un cincuenta por ciento de la oficialidad del ejército veía con ojerizas y animadversión al hombre que habría de asumir la Presidencia el 13 de febrero.  Ambos compartían esa creencia.  Ahora, unos diecisiete meses después de haberse juramentado para el cargo, como resultado de un atentado dinamitero, Betancourt se veía prácticamente obligado a ocupar aquella suite que habían rechazado su instinto político, por una parte, y su proverbial indiferencia hacia el boato, por la otra.

          Circulaban distintas anécdotas acerca de la habilidad presidencial en su trato con los oficiales del ejército.  Catalá, designado después de la reparación de Miraflores Comisionado de la Presidencia, fue testigo de una de ellas.  Un alto oficial de la Guardia del Palacio, procedente de Los Andes, de porte prusiano, figuraba como sospechoso de diversas conspiraciones que nunca llegarían a ejecutarse.  Preocupado por las dudas respecto a su lealtad, el oficial pidió a Catalá que intercediera ante el Presidente para lograr su pase a retiro, por su honor y para tranquilidad de su familia. Catalá aprovechó un buen momento del Presidente y le abordó el asunto.  Betancourt hizo llamar de inmediato al coronel a su presencia.

          -Bueno, ¿y qué es lo que le pasa a usted, coronel, que quiere irse?- le preguntó.  El oficial le repitió lo mismo que había confiado a Catalá, a lo que el Mandatario dijo:

          -Esas son intrigas.  Usted no se va de aquí; no se va sin las insignias de general.

          Muy conmovido, el coronel dio las gracias y pidió permiso para retirarse.  Betancourt le confió entonces a Catalá:

          -En “Los Núñez” ese hombre, cuando le toca hacer guardia en la noche, siempre está atento y vigilante, nunca duerme.  Hay veces que he tenido necesidad de ir a la cocina o al baño para tomarme un poco de sal de fruta para aliviarme y ese hombre siempre está recorriendo los pasillos mientras los demás duermen.  Y cuando salgo de aquí lo he visto ponerse enfrente como un escudo para protegerme.  Si ese hombre estuviera conspirando ya hubiera cumplido su cometido.

          Con el tiempo, este tipo de actitud le ayudaría a ganarse la confianza y el afecto de los oficiales.

          El Presidente había logrado sobrevivir a un ataque con dinamita y estaba de nuevo en el palacio de gobierno.  Pero en todo el país corrían versiones distintas sobre su muerte.  Muchas de ellas estaban alentadas por informes difundidos por La Voz Dominicana desde Ciudad Trujillo.

          Se imponía, pues, de inmediato una primera declaración oficial para desvirtuar la ola incesante de rumores que amenazaba con sembrar la confusión total en Venezuela.  Betancourt autorizó un primer boletín de prensa, entregado esa misma noche a los periodistas en Miraflores. El comunicado de cinco párrafos, leído por el Ministro del Interior Dubuc, no hacía referencia alguna a los responsables del acto criminal de la Avenida de Los Próceres, aún cuando ya las autoridades comenzaban a reunir pruebas de su posterior acusación contra el régimen de Trujillo.

          ”El atentado de hoy”, señalaba este primer comunicado, “es una revelación más de que los enemigos nacionales e internacionales de la democracia venezolana, no se detienen en métodos y procedimientos para establecer el despotismo en este país”.  Para agregar a seguidas: “Nunca he ignorado los riesgos que comporta una actitud tan decidida e indeclinable como la mía, de contribuir a que en nuestro país se estabilice la democracia representativa, respetuosa de los derechos humanos; se forje una economía propia, vigorosa, y que la justicia social y la cultura alcancen a todos los venezolanos”.

          Evidentemente esta primera comunicación del Presidente con su pueblo tendía, más que nada, a restablecer la fe en el Gobierno.  “Lo que ha sucedido no me arredrará y seguiré siendo leal al mandato que recibiera del pueblo de Venezuela en libres elecciones.  Mucho me ha preocupado el riesgo de muerte que corrieron mis acompañantes general Josué López Henríquez, Ministro de Defensa y su señora; coronel Ramón Armas Pérez, jefe de la Casa Militar, el chofer, Asael Valero y el motorizado Félix Acosta.  Felizmente casi todos han sido declarados fuera de peligro.  Agradezco y valoro en toda su magnitud, de compromiso mío para el futuro, las palabras de solidaridad que en forma caudalosa han llegado a Miraflores”.

          Sin embargo, todos en Miraflores estaban conscientes de que este breve boletín sería insuficiente para calmar las inquietudes.  Sobre todo porque desde Ciudad Trujillo la radio seguía emitiendo informes falsos sobre la muerte de Betancourt, la existencia de un mal de fondo en el gobierno venezolano y la “inminencia” de un golpe de estado militar.  Se creyó entonces preciso llevar ante el Presidente al Cardenal José Humberto Quintero, para que el jefe de la Iglesia Católica pudiera decirle al país que su Presidente estaba vivo y que él había conversado con él, como en efecto sucedió.

          Consciente de la situación, Betancourt había pedido a sus médicos, poco antes de abandonar el hospital, que “buscaran la forma” de contrarrestarle los efectos de la morfina y otros sedantes.  Según explicara años después, “necesitaba llegar alerta, lúcido a Miraflores”.  Sus médicos le inyectaron benzedrina y en Miraflores Betancourt alcanzó a examinar “la situación militar” con los comandantes de las cuatro fuerzas y a instruir a los Ministros de Relaciones Interiores, Dubuc, y de Justicia, Aguilar, “sobre las medidas políticas y judiciales”.

          En la mañana siguiente, mientras sus colaboradores redactaban un mensaje para ser leído por el Presidente por radio, Betancourt sintió curiosidad de verse al espejo.  Apreció que carecía de visión por el ojo derecho.  No era la única huella visible del atentado.  “Con el izquierdo, medio cerrado por la inflamación generalizada”, describió posteriormente el Presidente su aspecto de ese día, “alcancé a atisbar una cara para asustar a guerreros curtidos”.

          Los efectos horribles de la agresión sufrida el día anterior no afectaron su agudo sentido del humor, como tampoco sucediera en otros momentos difíciles del pasado.  Su diferida narración muestra la elevada condición anímica que lo impulsaba como sobreviviente de aquel hecho fatídico. “Criollo hasta la médula como soy, hijo de un pueblo que se burla de sus calamidades”, refiere, “apelé al ‘sufridor’ de Pajarote, un personaje de Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y me fabriqué un apodo a la altura de las circunstancias: Cuasimodo dinamitizado”.

          Los médicos, sus familiares, las enfermeras, no rieron del chiste.  En sus memorias relataría: “Había en sus rostros estupor y angustia”.

          Horas después, en la mañana, Betancourt hizo un esfuerzo laborioso para grabar el mensaje radial al país.  Tenía una herida en el labio superior y al modular las palabras le aquejaba “un dolor agudo”.  No obstante, como fue previsto el mensaje pudo salir al aire, creando una sensación de alivio en toda la República.

          De todos los confines del país y del extranjero seguían llegando a Miraflores mensajes de políticos, congresistas, colaboradores, empresarios, campesinos, reyes, jefes de Estado, primeros ministros y cancilleres, expresando su solidaridad en instantes tan difíciles para la nación.  Aquel primer mensaje radial después del atentado vendría a tener el efecto de un bálsamo.

          Tal como lo definiera el propio Betancourt se trató de un mensaje “breve, sin concesiones al mal gusto de magnificar lo sucedido, y atinado en cuanto a señalar quién había manipulado, a larga distancia, el mecanismo de detonación: Rafael Leonidas Trujillo”, el dictador dominicano.

          El texto de ese discurso radial es importante a los fines de entender el curso posterior de los acontecimientos.  Según la versión taquigráfica publicada el 26 de junio en el diario Últimas Noticias, de Caracas, Betancourt dijo:

          “Estoy hablándoles desde mi cama de enfermo.  Tendré que ser breve.  Entre las heridas leves que recibí ayer, una fue quemadura en el labio inferior que dificulta la modulación de las palabras.  Quiero decirle al pueblo de Venezuela que debe tener confianza plena en la estabilidad de su Gobierno y en la decisión del Presidente que él eligió para cumplir su mandato, como he venido diciendo y hoy reitero, hasta el 19 de abril de 1964.  Nunca he ignorado los riesgos que comporta empeñarse en darle una orientación democrática seria al país, erradicar el viejo vicio de que se beneficiaba una minoría ávida del peculado, de la concusión, del tráfico de influencias; los riesgos que comportaba gobernar para todos los venezolanos y no sólo para una minoría de privilegiados, de camarillas situadas estratégicamente en las cercanías propicias del dictador.  No me cabe la menor duda de que en el atentado de ayer tiene metida su mano ensangrentada la dictadura dominicana: hay una conjunción de esfuerzos entre los desplazados el 23 de enero (de 1958, en referencia a la dictadura de Pérez Jiménez) y esa satrapía, para impedir que Venezuela marche hacia el logro de su destino final, pero esa dictadura vive su hora pre agónica: son los postreros coletazos de un animal prehistórico, incompatible con el siglo XX”.

          “A través de la Organización de Estados Americanos se está tendiendo un cerco de asfixia en torno de ese régimen absurdo, régimen que no se ha conformado con perseguir, humillar, despotizar a los nativos del país, sino que ha venido practicando impunemente el crimen extra-fronteras.  Mientras el problema dominicano no sea resuelto, mientras ese régimen persista en el Caribe, dentro de la O.E.A. no podrá debatirse seriamente ninguno de los otros problemas que constituyen motivos de tensión en el Caribe.  Ese es un foro abierto para toda discusión; pero sería absurdo que el caso dominicano fuera mezclado con otros en los actuales momentos y en las actuales circunstancias”.

          “Debo decirle al pueblo de Venezuela que estoy profundamente conmovido de su actitud, manifestada en todos los estamentos sociales y económicos, de repudio al atentado de ayer.  Me informaron mis colaboradores que el telégrafo de Miraflores se fatiga recibiendo los mensajes venido de los cuatro rincones del país y que ayer lo más representativo de la ciudad de Caracas, en sus diversos sectores hizo presencia ante las cámaras de televisión para manifestar su pleno respaldo y su solidaridad al gobierno constitucional y su repudio al hecho innoble”.

          “También debo agradecer los muchos mensajes recibidos del exterior, de mandatarios de gobiernos amigos, de federaciones estudiantiles y obreras, de intelectuales, de parlamentarios.  Con todos ellos queda comprometida mi gratitud”.

          “De la sangre derramada ayer, debo lamentar particularmente la de mi viejo amigo y leal colaborador, coronel Ramón Armas Pérez, jefe de la Casa Militar.  Quienes me rodeaban tuvieron la actitud piadosa de negarme ayer su muerte y de decirme sólo, que su situación de salud era crítica.  Desde 1946 le conocí; fue mi ayudante cuando ejercí la Presidencia de la Junta Revolucionaria de Gobierno.  Después del 24 de noviembre de 1948, siguió siendo mi amigo a través de todos los avatares del exilio.  Era un hombre criollo, llanerazo, bueno y valiente sin alardes de guapetonería.  Yo quiero rendirle un tributo a este buen venezolano y a ese gran amigo mío, que ayer se llevó la vesanía criminal de unos pocos”.

          “Le digo al pueblo de Venezuela que esta coyuntura y esta oportunidad deben servir para que hagamos un examen de conciencia.  Los enemigos del avance democrático, del desarrollo económico de la nacionalidad, no han sido definitivamente vencidos, sino derrotados.  Disponen de medios y de recursos suficientes como para contratar aventureros internacionales que vengan a Venezuela a preparar un crimen perfecto, y es absurdo que las fuerzas democráticas vuelvan a la discordia y al entredevorarse, cuando el enemigo acecha.  Si algún esfuerzo y si algún sacrificio he hecho por una mejor vida para mis compatriotas, en nombre de ese esfuerzo y de ese sacrificio les pido que hagamos en este momento un examen de conciencia, que volvamos al espíritu unitario del 23 de enero, que cesen las luchas acerbas y que busquemos fórmulas de entendimiento para trabajar todos unidos por la Patria de todos”.

          “Conciudadanos: Ya voy a terminar; pero antes unas pocas reflexiones: la primera, que el país debe retornar a sus actividades normales.  El Gobierno tiene el control de la situación.  La lealtad de las Fuerzas Armadas al régimen constitucional se ha reiterado en esta ocasión.  Ocho horas después del atentado, con las manos vendadas, me vine a Miraflores, porque el timonel tiene que estar en el timón.  Es desde Miraflores que les estoy hablando, donde a pesar de mis transitorios quebrantos de salud sigo en contacto directo con todos los sectores del Gobierno, tanto en la ciudad de Caracas, como en el resto del país.  Hay que volver, pues, a las actividades normales: los campesinos a sus surcos, los industriales a sus industrias, los obreros a sus fábricas, los estudiantes a sus universidades y sus liceos.  El Gobierno está adelantando investigaciones que llevará hasta el fin, para tratar de sacar, de una vez por todas, las raíces de la recurrencia dictatorial.  Para ello se han suspendido las garantías constitucionales. El ciudadano pacífico no tiene que temer de esa suspensión, y si tiene algunas dificultades, especialmente en lo que se refiere a la libertad de tránsito, que las acepte como una colaboración suya a la buena marcha democrática del país”.

          “Concluyo, compatriotas, deseándoles a todos, hombres y mujeres de Venezuela, amigos o no amigos del Gobierno, muy buenas noches”.

Es interesante hacer notar que en sus papeles, y en el texto de su mensaje, Betancourt discrepa en la hora de los sucesos y de su regreso a Miraflores, luego del atentado, de los documentos oficiales presentados por el Gobierno a la OEA para sustentar la acusación contra Trujillo.  Nótese, además, que Betancourt habla de su vuelta a Miraflores “ocho horas” después de haberse producido la explosión, cuando la concatenación de los hechos confirma que su regreso ocurrió cerca de la medianoche del mismo día 24, o sea unas catorce horas después de haber sido herido.

          Las referencias del mensaje presidencial a la complicidad de Trujillo en el atentado dinamitero, no eran frutos de la animadversión que mutuamente se profesaban.  La decisión del Consejo de Ministros, convocado con carácter de urgencia a instancias del Secretario General de la Presidencia, de poner al frente de la investigación al ministro de Justicia Aguilar, comenzó a dar resultados en las horas siguientes al hecho terrorista.

          Aproximadamente a las siete de la noche del mismo día, el ministro de Justicia se presentó a Miraflores, estando aún Betancourt en el Policlínico, con las primeras pistas concretas del atentado.  Los agentes de la Policía Técnica Judicial, explorando todos los alrededores del paseo, habían encontrado los restos semi- chamuscados de las dos placas del automóvil que los conspiradores hicieron estallar para tratar de asesinar al Presidente.  Aunque toda retorcidas, los números de las matrículas del automóvil podían leerse con facilidad en las chapas de metal, encontradas al borde del río El Valle, que corre paralelo y al margen de la avenida.

          Aguilar informó a Miraflores que los jefes de la PTJ, Pedro Ruiz Gutiérrez y Santos Gómez pudieron identificar, en sus indagaciones, al propietario del Oldsmobile destruido.  Se trataba de un sujeto llamado Eudoro Cedraro, quien al ser interrogado por la policía reveló que el vehículo había sido vendido a un hombre identificado a su vez como Manuel Vicente Yáñez Bustamante, cuya dirección había sido localizada.

          La conspiración empezaba a ser desenmascarada, emprendiéndose esa misma noche una ardua cacería por toda Caracas.

          En Ciudad Trujillo, se desarrollaba entre tanto, una febril actividad en el Palacio Nacional.  El dictador, que protocolarmente no desempeñaba ninguna posición oficial, se mantenía atento a los reportes en su despacho de la casa de Gobierno.

          Su escritorio de caoba maciza centenaria estaba atiborrado de los informes de la prensa internacional recibidos en los teletipos de la Presidencia y del matutino El Caribe.  Los nervios de Trujillo estaban alcanzando su clímax.  Se hallaba enfadado porque nadie estaba en condiciones de asegurarle si efectivamente el estallido de la dinamita facilitada por él y Abbes García a los conspiradores venezolanos, había segado la vida de su archi-enemigo Betancourt.

          Delante de él, tendida sobre una mesa, estaba colocada la prueba de la primera página de El Caribe de la mañana siguiente, cuyos encabezados él ordenaría cambiar repetidamente.  El acceso a su despacho estaba limitado a un reducido grupo, que excluía al propio Presidente de la República, Generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo Molina (Negro), su hermano, y al Vicepresidente Joaquín Balaguer.  Los funcionarios de la Presidencia se interrogaban respecto a qué cosa grande pudiera estar distrayendo, por tantas horas, la atención del “Jefe”, ese viernes 24 de junio.

          El coronel Abbes García, personalmente, se ocupaba de llevar a Trujillo toda noticia nueva sobre lo acontecido esa mañana en Caracas.  La última era un cable de la United Press International procedente de Nueva York informando de la suspensión de los vuelos de la línea aérea venezolana RANSA a Venezuela.  Antes había entregado un despacho urgente de la AP confirmando el cierre de las fronteras y el aeropuerto internacional de Maiquetía.

          Por supuesto, no era ésta la clase de noticias que el colérico dictador esperaba.  Los informes, acumulados por montones en su escritorio, de que a pesar de las heridas sufridas, Betancourt había logrado sobrevivir a la voladura de su automóvil, le mordían el estómago.

          La situación exigía prudencia y el Generalísimo accedió a quitar los titulares redactados en la tarde anunciando la muerte del presidente venezolano.  La evolución de los acontecimientos forzó también, posteriormente, a reemplazar titulares de primera página sobre la inminencia de un golpe militar y descontento en las calles de Caracas.

          Trujillo no estaba ese día para otra cosa que no fuera aquello.  Los diarios del día siguiente no ofrecerían ninguna explicación de su ausencia en horas de la mañana en la misa ofrecida San Rafael del Palacio Nacional, a intención de la Cámara de Diputados, en recordación del veinticinco aniversario de la muerte de su padre, que la prensa oficialista llamaba “ilustre varón” y “prestante caballero”, don José Trujillo Valdez.  Sólo algo fuera de lo común obligaría al “Benefactor” a faltar a una ceremonia como aquella.

          Antes de retirarse, visiblemente contrariado, Trujillo dio su visto bueno final a las pruebas de la edición del sábado 25 de junio de El Caribe, conformándose con encabezados que limitábanse a informar de las heridas sufridas por el mandatario venezolano.  Sus ojos se detuvieron una y otra vez sobre un despacho de UPI referente a la versión de un testigo que atribuía a un “milagro” el desenlace del atentado.

          “Justo cuando entrábamos en la Avenida de Los Próceres escuchamos delante de nosotros una violenta explosión.  Los choferes inmediatamente detuvieron los vehículos y todos bajamos apresuradamente para ver qué ocurría.  No pudimos ver nada, sin embargo, porque una densa nube de humo cubrió los automóviles que encabezaban la fila, impidiendo ver al grupo presidencial.  Una lluvia de fragmentos cayó sobre nosotros, a pesar de que estábamos a bastante distancia”, decía el informante anónimo citado por la agencia.

          A Trujillo sólo le conformaba el editorial que El Caribe publicaría en la edición siguiente con el título “El que siembra vientos”, que empezaba diciendo:

          “Ni como hombres civilizados que somos, ni como políticos, ni como cristianos, podemos alimentar dentro de nuestro corazón el deseo de la muerte ajena, así se trate de un delincuente, de un perturbador o de otra especie de agitador cuya desaparición podría producir grandes beneficios a la sociedad.  Por esa causa somos absolutamente incapaces de anhelar la muerte de Rómulo Betancourt, gravemente herido en un atentado en las horas de la mañana de ayer”.

          Y a seguidas añadía: “no deseamos la muerte física, pero no podemos negar sin romper nuestra sinceridad que anhelamos con toda nuestras fuerzas su eliminación moral del ambiente político de América”.  Para agregar más adelante que “su desaparición del escenario político producirá bienes incalculables. Repetimos que no nos interesa su muerte física.  Lo que nos interesa es que el pueblo de Venezuela reconozca que ha tenido por gobernante a un malhechor y que todos los males que está padeciendo actualmente, el desempleo, el encarecimiento de la vida, la invivencia social, la sucesión de conflictos que han caracterizado el corto plazo de su régimen se le deben a la incapacidad, a los odios, a la inferioridad moral y mental, a la falta de sentido moral y de responsabilidad del hombre que asaltó el poder”.

          El diario dominicano no escatimaba diatribas contra el Presidente venezolano.  “La bomba que estalló en su automóvil confirma la sabiduría de los viejos proverbios: el que siempre vientos, cosecha tempestades”.  El editorial insistía: “No deseamos la muerte de Betancourt, pero anhelamos sinceramente que el acontecimiento de ayer fructifique en una rebelión que es indispensable para América y que lo expulse definitivamente del poder, para que cuando se haya disipado la influencia pestífera que deje, puedan renacer los ideales panamericanos que él ha contribuido a destruir”.

          Las opiniones del diario reflejaban los más ocultos sentimientos de Trujillo.  El dictador se dejaba conducir por sus instintos y el odio hacia quien consideraba el más peligroso de sus enemigos.  Pero el texto se hallaba muy lejos de reflejar los verdaderos sentimientos del pueblo de Venezuela ante el hecho trágico.  Los diarios de Caracas y todo el país estaban al día siguiente, sábado 25 de junio, repletos de comunicados, editoriales y artículos de repudio al atentado.

          Una desconsoladora noticia proveniente de su residencia alquilada de “Los Núñez” vendría a aumentar las tribulaciones del Presidente, ahora recluido en Miraflores.

          Su mascota “Gey”, un perrito faldero sin estirpe, se había perdido y el personal de la casa, atolondrado por el atentado, no acertaba a dar con su paradero.  Betancourt pidió la colaboración de sus amigos y todo el barrio de Altamira se entregó a la búsqueda del pequeño can, su entrañable compañero de las largas noches de soledad y silencio que rodean el poder.  Se habían hecho inseparables desde una tarde de 1957, durante su último exilio en San Juan, Puerto Rico, cuando el perrito penetró furtivamente a la casa donde vivían y Carmen, su esposa, lo adoptó como uno más de la familia.  Sólo sus íntimos, los que gozaban de la confianza suficiente para visitarle en su residencia, sabían del afecto del Presidente por su pequeña mascota.  En una ocasión, una comisión del interior del país llevó a la casa un regalo, un vistoso ejemplar Danta (Tapir), un mamífero perisodáctilo oriundo de Asia y América del Sur, que se distingue por su pronunciado hocico alargado en forma de trompa.  Betancourt rechazó el obsequio y lo remitió al Parque Zoológico de Caracas, con el argumento de que ese animal haría daño a su perro.

El Presidente no recobró la tranquilidad hasta saber que buenos vecinos habían devuelto sano y salvo a “Gey” a “Los Núñez”.

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