Las luchas por el poder

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Desde la antigüedad, las luchas por el poder han sido despiadadas, descarnadas, desalmadas e inhumanas.
Las luchas por el poder anulan el pensamiento lógico, que se asienta en el cerebro prefrontal, para dar rienda suelta a un cerebro primitivo límbico, que no conoce otra forma de avanzar que no sea usar el instinto salvaje de atacar y eliminar.

En las luchas por el poder se miente, se calumnia, se difama y se traiciona; se ataca con razón o sin ella, y se destruye con la verdad o con la mentira, pues la única opción es quemar al adversario competidor, de igual modo que una lava incandescente recién salida de un volcán en erupción quema la hierba verde, dejando al ganado sin alimentación y afectando a la población.

En las luchas por el poder religioso de la antigua Judea, Caifás fue capaz de conspirar y mentir contra Jesús, al instigar a una multitud irreflexiva para que pidiera su crucifixión, simplemente porque la prédica de Jesús ganaba mucha atención, y Poncio Pilatos, Prefecto de Judea, consciente de la inocencia de Jesús, y tratando de salvarle, presentó a la multitud la opción de escoger liberar a Jesús o al odiado convicto Barrabás, triunfando la manipulación popular que liberó a Barrabás, y llevó a Jesús a la crucifixión para firmar y sellar con sangre inocente la peor barbaridad que ha cometido la humanidad; y, desde entonces, los judíos golpean sus cabezas contra el muro calizo de las lamentaciones cada vez que en sus conciencias retumba aquel coro popular que de manera irracional clamaba: crucifícalo, crucifícalo.

En la antigüedad, era norma quemar naves enemigas, fortalezas enemigas y hasta a líderes enemigos; pero hoy día, en el ejercicio irracional de la política moderna, se queman, en la hoguera pública, los nombres de los adversarios, la buena fama de los adversarios, el prestigio de los adversarios, y hasta las buenas acciones de los adversarios, pues las buenas acciones son presentadas como actos perversos y mal intencionados, que perjudican al Estado y a todo ciudadano, mientras los errores de los adversarios son divulgados con emoción, para que la población tome conocimiento de los graves peligros que representa la otra opción.

En las luchas por el poder, siempre se exalta todo lo malo del adversario y se opaca y calla todo lo bueno que ese adversario haya logrado; es como si alguien comprara en el supermercado naranjas y aguacates, y luego regresara al supermercado a protestar porque las naranjas tenían cáscaras muy amargas y los aguacates tenían grandes semillas no comestibles, que pesaban la mitad del producto pagado a precio caro, y el consumidor argumenta sentirse engañado, pero si el gerente de servicios le preguntase qué hizo con el resto de esos productos, de seguro que guardaría silencio por no admitir que realmente disfrutó del jugo de naranja refrescante y del sano y exquisito sabor del aguacate.

A Balaguer le criticaron las presas, los canales de riego, las leyes agrarias, la Ley de Incentivo Industrial 299, el Decreto 209-67, que prohibía los aserraderos, la Ley 123-71, que prohibía las extracciones de agregados de los cauces de los ríos, la Ley Minera 146-71, que regulaba las exploraciones y explotaciones mineras, la Ley 67-74, que creaba a Dirección Nacional de Parques, la creación de la mayoría de los parques nacionales, los parques capitalinos Mirador del Sur, Mirador del Este y Mirador del Norte, los edificios multifamiliares, las avenidas periféricas y céntricas de la ciudad Capital como la Abraham Lincoln, Winston Churchill, Núñez de Cáceres, Luperón, Expreso Quinto Centenario, ampliación de la Av. 27 de Febrero, Av. Jacobo Majluta, la Plaza de la Cultura, el Centro Olímpico, etc., pero, imagine usted nuestra Capital y nuestro país sin esas leyes y sin esas obras tan duramente criticadas por una oposición que, en su obstinada lucha por el poder, enjuiciaba de manera irracional todo lo que Balaguer hacia al gobernar; pero luego, cuando esa oposición política alcanzó el poder, quiso hacer obras similares a las que le había criticado a Balaguer.

Muchos de los políticos que ayer criticaron las presas y avenidas de Balaguer hoy reconocen la extraordinaria importancia social de esas grandes obras, aunque, para no dar su brazo a torcer frente a la memoria de Balaguer, se paran en cualquier esquina para decir de forma mezquina que Balaguer no hizo nada especial, porque todo se hizo con los dineros del presupuesto nacional, y por mandato popular, pues desde que nació Caín la mezquindad no tiene fin, teniendo todos la seguridad de que cuando Dios decidió mezclar 2 átomos de hidrógeno y uno de oxígeno para producir la molécula del agua, que ha dado la vida, algún fundamentalista opinó contra esa decisión argumentando que era irracional crear agua para la vida, porque el agua puede ahogar a quien la tome en exceso o a quien no sepa nadar.

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