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Mi admiración por Lula no viene de ahora. Se inició a finales de los años setenta, cuando yo era un mozalbete que se iniciaba en la izquierda revolucionaria a través del movimiento estudiantil y él comenzaba a trascender en su rol de dirigente sindical en Brasil.

Años más tarde, fundó el Partido de los Trabajadores (PT), su figura tomó connotación especial. Lo comenzamos a ver como un hombre que podía revolucionar a su país. Y así lo hizo. Tras llegar a la presidencia, este hombre transformó esa nación, dando valía a los más pobres. Hubo momentos, que con su ejemplo, Lula fue declarado como el hombre más influyente del mundo y la economía brasileña como la de mayor crecimiento del planeta.

Para sus adversarios eso era demasiado. No se podía permitir que un hombre venido de un sindicato de obreros, pueda conservar esos atributos, aun fuera del gobierno. Y se iniciaron las conspiraciones. Primero contra la presidenta, Dilma Rousseff, que era el resultado de su proyecto, y continuaron hasta llegar a él, que ya está colocado en la ruta hacia el poder nuevamente, según todas las encuestas. Es un plan intenso, tan intenso que muchos de sus admiradores pueden flaquear con esta campaña en su contra. Pero, al que pueda dudar de la integridad de este hombre, le animo a leer un artículo del exsacerdote Leonardo Boff que acaba de visitarlo en su celda. De ese artículo extraje el título de esta columna. En un fragmento, Boff cuenta: “La grandeza de un político se mide por la grandeza de su causa, me dijo, enfáticamente. Y la causa tiene que ser producir vida para todos, comenzando por los que menos vida tienen. En función de eso, no acepta derrotas definitivas. Ni quiere caer de pie. Lo que no quiere es caer. Sino mantenerse fiel a su propósito de base, y hacer de la política el gran instrumento para ordenar la vida en justicia y paz para todos, particularmente a los que viven en el infierno del hambre y de la miseria”. Y termina su crónica expresando: “Yo que entré para animarlo, salí animado. Espero que otros también se animen y griten el “¡Lula libre!”, contra una justicia que no se muestra justa. Y yo me sumo a ese grito: ¡Lula libre!

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