Limpieza conceptual

La limpieza conceptual no promete un pensamiento perfecto. Promete uno sincero. Y en estos tiempos esa sinceridad es un lujo.

La limpieza conceptual no promete un pensamiento perfecto. Promete uno sincero.
La limpieza conceptual no promete un pensamiento perfecto. Promete uno sincero.

Necesitamos una limpieza conceptual. Una que no huela a jabón ni a sermón barato, sino a ese gesto íntimo que uno hace cuando separa lo que piensa de lo que repite. Porque últimamente caminamos con la cabeza llena de cosas que no escogimos. Ideas heredadas, consignas recicladas, opiniones que alguien dejó caer en la mesa y que adoptamos por no quedar callados.

La limpieza empieza por un gesto sencillo: preguntarse qué es verdad y qué es comodidad. Una verdad suele tener aristas incómodas, como una piedra en el zapato. La comodidad es suave y se deja querer. Vamos acumulando capas de esa comodidad hasta que ya no distinguimos dónde empieza la voz propia y dónde termina el ruido. Después, claro, llega el cansancio. Un cansancio que no viene del cuerpo sino del pensamiento. Y ahí descubrimos que llevamos años sosteniendo ideas que no nos representan.

Quizá el problema no es la falta de criterio sino el exceso. Hay tantas opiniones disponibles que terminamos eligiendo cualquier cosa, como quien agarra el primer pañuelo que encuentra en un cajón. La limpieza conceptual pide tirar ese cajón al suelo y revisar pieza por pieza. No hace falta incendiarlo todo. Basta con dejar salir las ideas que ya no sirven y permitir que entren otras que nos incomoden un poco, porque ahí está la chispa.

También valdría preguntarse por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión. Como si reconocer un error fuera un fracaso. Pero no hay gesto más sano que cambiar de idea a mitad de camino. A veces uno descubre que no pensaba algo, sino que lo imitaba. Y qué liberación admitirlo. La cabeza respira. El mundo también.

La limpieza conceptual no promete un pensamiento perfecto. Promete uno sincero. Y en estos tiempos esa sinceridad es un lujo. Un lujo que requiere silencio, una media hora sin teléfonos, un paseo sin auriculares, una conversación con alguien que no esté dispuesto a darnos la razón.

Quizá al final la limpieza no sea un acto heroico, sino un hábito. Algo pequeño y cotidiano. Mirar lo que pensamos como quien abre una ventana. Dejar que entre un poco de aire y sacudir el polvo. Porque si no lo hacemos, si seguimos acumulando ideas ajenas, terminaremos viviendo en una casa que no es nuestra. Y nada pesa más que eso.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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