Lo que nos roba la identidad

Crecemos bajo un programa que nadie instaló con intención, pero que corre todo el tiempo en segundo plano. Su línea de código más dañina dice algo muy concreto: no está bien ser yo.

No llega como instrucción explícita, más bien lega como experiencia, cuando hay un rechazo sin explicación, o un abandono sin contexto, o quizás una infancia en la que nadie te dijo que lo que viviste no era un veredicto sobre tu valor, sino el resultado de adultos que tampoco procesaron los suyos.

Y sin esa distinción, el sistema aprende mal, concluye que existir como eres lleva inevitablemente al rechazo, que mostrarte es un riesgo, y que ser tú, con todo lo que eso implica, simplemente no es suficiente.

El problema es que lo que el sistema cree, el sistema lo crea. Y así, sin notarlo, empiezas a reproducir exactamente lo que más temes: relaciones que terminan en abandono, proyectos que nunca despegan, un cuerpo que refleja el conflicto interno que no has nombrado, (No porque estés roto, sino porque estás ejecutando un programa que nunca elegiste conscientemente).

Y la sociedad, en lugar de ayudar a detectar el error, refuerza el ciclo, entregándote un manual de vida que nadie cuestionó: estudia lo que se supone, alinéate con el partido correcto, compra la casa, come lo que el mercado llama saludable, SE EXITOSO. Y si el peso de todo eso te aplasta, aquí tienes una pastilla, adormece, ya que el malestar se medica.

Cuando el alivio no llega, buscamos afuera lo que no encontramos adentro; Nos comparamos con quienes tienen más, lucen mejor, parecen más seguros. Construimos una narrativa nueva pero igual de dañina: necesito ser más como ellos, y parecerme a quienes pueden aceptarme. Y con eso, la validación externa se convierte en el motor principal de todas las decisiones.

Ese es el diseño del sistema: mantenerte desconectado de quién realmente eres.

Porque una persona que no sabe quién es, que opera desde el miedo y la comparación, es predecible, por lo tanto; manejable.

Pero hay algo que el sistema no puede quitarte: la capacidad de elegir, la de auditar lo que asumiste como verdad, la de reintegrar las partes que aprendiste a esconder porque alguien, en algún momento, te hizo sentir que no eran bienvenidas.

El camino no es cómodo. Habrá momentos de confusión, de no reconocerte si no eres lo que te dijeron que fueras. Pero, esa desorientación no es señal de que algo está mal, al contrario; es la señal de que algo, por fin, está cambiando.

Antes de los condicionamientos, antes del primer rechazo, había una versión de ti que era suficiente; una completa.

¿Cuándo fue la última vez que operaste desde ahí?

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