La inteligencia artificial es un tema que no deja de sorprender, dada su notable capacidad de imitar las funciones cognitivas del hombre y poder procesar una cantidad significativa de datos que antes moraban de manera exclusiva en el cerebro. Por ello, utiliza algoritmos que le permiten identificar perfiles de comportamiento y patrones de preferencias, para almacenarlos con mayor acierto que como lo capta la mente desde su propia perspectiva del mundo.
Entonces, sobre esa base de información recopilada, capta razonamiento y aprendizajes relevantes y se anticipa a la toma de decisiones, lo que demuestra que los seres humanos somos altamente predecibles, al punto de que un sistema computarizado puede comprender nuestro proceder y ser más versado en temas de interés de lo que se quisiera admitir. Ese sistema antropocéntrico en que hemos creído ser los amos del universo, viene a cuestionarse ante una modalidad que ha demostrado ser más creativa, asertiva, efectiva y hasta intuitiva, sin las emociones que nublan el entendimiento.
Con justificación o sin ella, se ha concitado la lógica inquietud de la forma en que una herramienta cibernética invadirá los espacios para preferirla a un individuo. Evidentemente, la cuestión no es ociosa, la tecnología avanzada no llegará tarde, tampoco estará de mal humor, mucho menos tendrá enfrentamientos con compañeros que alteren el ambiente laboral. No pedirá licencia ni saldrá antes de la jornada, nunca pedirá aumento de sueldo, pago de horas extras o se le ocurriría solicitar sus vacaciones en plena producción cuando su presencia es indispensable. Entonces, aunque los sentimientos y la sana convivencia propicia el intercambio de ideas y propuestas que requieren reflexión, hay que reconocer que es tentador prescindir de los temperamentos, caprichos y actitudes inherentes de nuestra naturaleza para preferir máquinas insensibles.
Frente a la reserva del reemplazo del pensamiento crítico, siempre habrá mecanismos para prevenir el copiado, el plagio o la pretensión de exponer una idea ajena como propia en los procesos de aprendizaje; tampoco debería temerse la exclusión de personal del organigrama, en la medida en que muchas labores ameritan el criterio del individuo, su raciocinio y discernimiento para diseñar una estrategia adecuada, lo que continúa siendo inmanentes al hombre para el buen funcionamiento de una empresa; la manipulación de información contará siempre con remedios para detectarse.
Ahora bien, lo que debería inquietar, no es el exceso de inteligencia artificial como alternativa a la función humana, mejor habría que preocuparse por la falta de inteligencia para tomar decisiones acertadas o la ausencia de inteligencia emocional para gestionar los sentimientos propios y ajenos. Entonces, el problema no es el nuevo poder del ciberespacio gobernando al mundo, más bien la imbecilidad con que a veces quiere hacerse y de eso, no tienen culpa las máquinas.
