Tener fe, sin importar en qué o quien, nos coloca en el camino correcto, en la dirección que debemos seguir para tener una vida tranquila, donde las preocupaciones sean vistas y tratadas como lo que son: una parte irrenunciable de nuestra existencia.
La fe es de importancia crítica cuando surgen aquellos obstáculos que aparecen cada día para retarnos, para probar y probarnos que somos capaces, que estamos listos para vencerlos.
Es solo con mucha fe que se puede afrontar la vida.
La gente cree y quiere creer en algo como una forma de aferrarse a la salvación, para los religiosos, de sus almas, para quienes no lo son, la fe los ayuda a creer que al final, todo saldrá bien, ya sea por su esfuerzo y determinación, o simplemente porque para cada problema existe una solución.
El caso es que confiar proporciona una sensación de seguridad que solo puede tener aquel que cree con firmeza que todo, por difícil que sea pasará y que la calma siempre regresa sin importar que fuerte haya sido la tempestad.
La fe siempre es buena, ayuda a tomar las cosas con calma y serenidad.
Pero de todas, la fe en uno mismo y en nuestro entorno más íntimo es sin dudas, la más efectiva.
Confiar en nuestra capacidad para vencer hasta lo imposible, creer que contamos con las herramientas necesarias para hacer frente a la vida y sus adversidades, que somos lo suficientemente inteligentes para reconocer los errores, lo suficientemente valientes para levantarnos tras cualquier caída sin importar de cuan alto hayamos caído.
Así también es importante confiar a ciegas en las personas de nuestro círculo más íntimo. No puedo imaginar la angustia de quien no pueda confiar en la lealtad y la discreción de quienes le rodean.
Deben vivir un infierno, aquellos que no se atreven a compartir sus problemas, preocupaciones, sus alegrías y sus proyectos, por temor, por falta de confianza en las personas que le rodean.
Quien traiciona la confianza es quien más pierde, mientras que aquel que confía disfruta de una paz indescriptible, por lo que en la vida podemos perderlo todo, menos la fe.
