Por muchos motivos y en diversas situaciones, las dudas asoman, atormentan y quitan la paz.
Las personas invadidas por la creencia de que lo que les dicen, les niegan o les afirman, no es en realidad lo que es, viven en incertidumbre, inquietas, preocupadas.
Sienten que juegan con sus sentimientos, con su inteligencia, y de verdad, para algunos esto último es aun peor que lo anterior.
Esta sensación, a veces dura una eternidad, no importa, cuantas veces uno decida ignorarlo todo, no pensar, no darle importancia y decirse para sí mismo: “Algún día la verdad se impondrá y vencerá a la falsedad”.
Pero, ¡qué va! De nuevo, se rebela el alma y se niega a seguir viviendo engañada, desatando una lucha feroz que termina aniquilándolos y muchas veces alejándolos cada vez más de la realidad.
En medio de esta tormenta, no se puede obviar, la sensación de posiblemente estar cometiendo una injusticia, de que quizás al final todo es un mal entendido o a lo mejor, las cosas no fueron lo que parecieron ser.
Visto de este modo, la duda busca más de una vía para alimentarse, para crecer hasta hacerse incontrolable, hasta ocuparlo todo, sin dejar espacio para la razón. Se asegura de fijarse con firmeza en lo más profundo del alma, tanto, que se llega a olvidar el camino hacia la certeza.
Su presencia es tan fuerte, que llega a confundirse con una verdad casi absoluta y esa ruta que parecía tan breve entre la sospecha y la convicción, se hace extensa, muy larga para poder recorrerla, muy tortuosa para transitarla sin desesperarse, muy amarga para caminarla sin correr hacia ningún lado.
Aún sin darse cuenta, las personas convierten la duda en certeza y por más que aseguren estar detrás de llegar a la verdad, si es que un día logran ese objetivo, se dan cuenta, muchas veces, de su error, pues esa lucha desesperada solo lo lleva a entender que el único impedimento para ver la realidad, fue su propia terquedad y la soberbia de creer que era imposible que alguien le pudiera engañar.
