Mi hija menor rechazó una beca completa en una universidad prestigiosa de Estados Unidos. El año pasado, durante la presentación del currículum, vimos cómo la sala se llenaba de colores con una propuesta visualmente impactante. Entusiasmada, miré a mi hija, pero a los dos minutos de la ponencia me susurró: “¡Mamá, vámonos!”. Al cuestionar su actitud, me miró con firmeza y respondió: “No importa la beca, no vendré aquí. ¿No ves que usan inteligencia artificial en todos los programas de ilustración?”.
Respeté su decisión, aunque me hizo darme cuenta de lo perdidos que estamos ante algo que aún no sabemos nombrar del todo. He tratado de explicarle que la IA no viene solo a quitar trabajos, sino que exige que nos involucremos en los comités de ética que hoy componen muchos profesionales.
Por otro lado su rechazo toca mi fibra profesional, porque trabajo diariamente con proyectos que utilizan esta tecnología. (Aunque en BICG Lab trabajamos para que la humanocentría no sea un concepto decorativo, sino el eje que rige cada decisión de innovación, entiendo su temor. No todas las empresas diseñan con ese enfoque). Cualquiera que tema ser reemplazado merece una respuesta más honesta que un simple “no te preocupes”.
En artículos anteriores he explicado que la data sugiere que no todo será malo, pero debemos prepararnos para un cambio de paradigma nunca visto. Gracias a la resistencia de mi muchacha, me pregunté: ¿Cuáles trabajos son imposibles de vaciar de humanidad? Entendiendo que hay profesiones donde la conexión emocional no complementa el servicio: es el servicio.
Un terapeuta, por ejemplo, no entrega información; sostiene un proceso que transcurre en el silencio, en la presencia y en la capacidad de estar sin juzgar.
Recordé entonces la Paradoja de Moravec: lo que es aparentemente simple para nosotros (restaurar una pintura, leer la veta de una madera o improvisar cuando los planos no coinciden con la realidad) sigue siendo territorio donde el algoritmo tropieza. Además, alguien tendrá que auditar a la propia máquina para que no repita el pasado disfrazado de futuro. Ese rol crítico no es delegable.
Si hoy tuviera que elegir una carrera, estudiaría: Psicología Clínica y Social, Sociología, Ética Tecnológica, Diseño e Innovación Humanocentrista, Restauración Artística o Mediación de Conflictos. Me enamoraría de las Humanidades, pues exigen lo que ninguna máquina puede manufacturar: presencia, criterio y contexto.
El profesional dominicano exitoso no será necesariamente el más técnico, sino quien piense críticamente y comprenda lo que ningún modelo de Silicon Valley descifrará jamás: nuestra idiosincrasia, nuestro contexto y ese “don de gente” que ninguna máquina tendrá jamás. Innovar sin ancla humana es velocidad sin rumbo; nuestro futuro está en lo que nos hace irrepetibles. Innovar sin ancla humana es velocidad sin rumbo; nuestro futuro está en lo que nos hace absolutamente irrepetibles.
