Después de la creación del mundo, según los textos bíblicos, los grandes debates de la especie centraban entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, el amor y el odio, la inocencia y la culpa, la justicia y la injusticia. En pleno siglo XXI, con los avances de la ciencia y el inimaginable despertar y desarrollo de la tecnología, los conocimientos del hombre y la estrechez de la distancia, seguimos montados en ese carro sin ruedas.
En el caso de República Dominicana, “país escogido por Dios para concluir la construcción del mundo”, el paraíso sigue estancado en ese mismo dilema, porque los mentirosos, los injustos, traidores, blasfemos, enemigos, detractores y dañinos eternos, siguen apostando contra la dominicanidad, la paz interna, los valores morales y éticos, la fortaleza de la fe, los principios cristianos y el amor a la patria.
Primero, un exembajador defensor y protector de la agenda LGBT, que casa a una pareja del mismo sexo en Santiago sin consecuencias. Segundo, un Tribunal Constitucional, instancia única, que retira las sanciones a militares y policías por prácticas homosexuales internas.
Tercero, miembros de cuerpos castrenses y policías sumidos hasta los ojos en la corrupción, narcotráfico y trata de personas. Cuarto, empresarios que prefieren que desaparezca el país en defensa de sus intereses y llenan el territorio de haitianos por alegada falta de obra de mano, lo que propicia una ocupación acelerada del país.
A estos males se suman los miles de millones que el Estado invierte para repatriar indocumentados que luego entran como si nada, y que con sus pagos por coima, enriquecen cada vez más a militares, empresarios y políticos.
Instituciones como el Consejo Estatal del Azúcar (CEA), que despoja a los más pobres de sus predios adquiridos para favorecer a clientes y mafiosos, a partir de una estructura de engaño que nadie rompe en esa institución.
Finalmente, una justicia que solo persigue con fuerza a los menesterosos y condena más fácil a un inocente que a un culpable, en denegación medalaganaria al principio de la presunción de inocencia. ¿Será que Dios debe revisar sus planos y reconstruir el país? Esperemos que así sea, porque del dicho al hecho, es grande el trecho.
