Además de recursos, estructuras y procesos, las organizaciones, las sociedades y las empresas se sostienen, sobre todo, en relato; Lo que decimos que somos, qué valor aportamos y por qué existimos. Estos relatos no son abstractos; están tejidos por las experiencias, aspiraciones y conexiones humanas que dan vida a todo lo demás.
El problema surge cuando ese relato deja de reflejar la realidad actual de las personas involucradas y se convierte en un eco automático, desconectado de las necesidades y emociones cotidianas. Muchos relatos persisten por inercia y costumbre, ignorando el pulso humano que los sostiene. Se repiten afirmaciones que alguna vez fueron ciertas, sin contrastarlas con las voces actuales de empleados, clientes o comunidades, entonces se convierte en disonancia y resistencia.
Valores que ya no llevamos a la práctica pero no actualizamos. Porque tendríamos que visibilizar y reconocer el agotamiento de las personas, y replantear decisiones, del pasado, que ya no nutren el bienestar colectivo.
Cuando una organización confunde su discurso con la realidad, (al creerse su propia narrativa) pierde la capacidad de leer el entorno a través de los ojos de sus integrantes. Se debilita la escucha activa, se normalizan señales de alerta como el “burnout” o la desmotivación, y se toman decisiones más orientadas a preservar una identidad ficticia que a responder a las necesidades reales de las personas.
Este fenómeno no es exclusivo del mundo empresarial, también se observa en instituciones públicas, partidos políticos, medios de comunicación e incluso en países, donde se insiste en relatos de estabilidad, crecimiento o fortaleza mientras los indicadores humanos muestran deterioro.
Ajustar la narrativa a quienes somos hoy, más allá de cambio de “branding” y arreglos cosmético, no puede ser una maniobra de comunicación superficial, se hace necesario un acto de supervivencia humana y de coherencia estratégica, creando proyectos centrados en las personas.
Es difícil porque esto implica aceptar que ciertas condiciones ya no existen, que algunas promesas no se están cumpliendo para el beneficio de todos, o que el entorno exige redefinir prioridades con empatía y equidad.
Me gusta dar ejemplos ilustrativos de lo que planteo, mis dos favoritas son Netflix, dejó de definirse como una empresa de alquiler de DVD cuando comprendió que su verdadero valor radicaba en el acceso inclusivo al contenido, priorizó la experiencia del usuario, e IBM, quienes se mantuvieron relevante al reconocer que su futuro no estaba en el “hardware” sino en servicios, consultoría y soluciones que empoderan a las personas en entornos tecnológicos. Ciudades y países también han logrado reposicionarse al abandonar relatos anclados en el pasado y construir propuestas basadas en las capacidades reales de sus habitantes, fomentando entornos que priorizan el bienestar, la colaboración y la resiliencia humana.
El patrón es consistente: quienes ajustan su relato a tiempo, con un enfoque en las personas, amplían su margen de maniobra y fortalecen los lazos humanos, y quienes se aferran a la historia que los definió terminan administrando un desgaste que afecta vidas y potenciales.
