República Dominicana en la trampa de la relevancia

La República Dominicana es un país de renta media, geográficamente pequeño, pero colocado en aguas del Caribe, escenario de luchas prehistóricas en donde pueblos originarios de América se enfrentaban por sus espacios. Aquellos choques provocaron desplazamientos que dejaron huellas arqueológicas, las que nos han ayudado a reconstruir, pieza por pieza, el relato de nuestro pasado. A partir de 1492 arribamos, con la escritura, a la historia que narra cómo la subregión se convirtió en el epicentro de confrontaciones; punto de partida para la expansión de potencias con vocación imperial que la elevaron a frontera de sus mórbidas geofagias y de las ambiciones que hicieron del continente una suerte de piñata, sobre la que se abalanzaron expediciones de conquista, corsarios, piratas y misiones evangelizadoras centradas en el despojo de riquezas y saqueo cultural.

Desde África nos llegaron los secuestros europeos que provocaron las cimarronadas; estas, junto a esclavos y encomendados, trajeron la rebeldía de Hatuey y Lemba, primer episodio de libertad para los esclavos. Décadas y siglos fueron testigos de la sucesión de potencias que se mantuvieron presentes tras las olas de independencia. Cuando en 1898 España arrió su bandera en Cuba, un “hermano mayor”, desde el acorazado USS Maine, surgió de nuestro propio continente para tomar el lugar de los viejos imperios. Lo hizo de manera explícita a través de la Doctrina Monroe y su eslogan: “América para los americanos”; expresión que contenía un mensaje potente en el gentilicio -del que se apropió con exclusividad- excluyendo a los demás ciudadanos del continente, quienes pasarían, de acuerdo con sus deseos, a ser una extensión geopolítica sin identidad propia.

Aunque el fantasma holandés y británico preservan hoy pequeñas anclas, Estados Unidos, con el abrazo de sus doctrinas, creó una atadura que cultivó lazos comerciales y culturales que aún conserva. Esto ocurre en medio de una recomposición global que muestra el ascenso de naciones que desafían el orden de Bretton Woods, aquel que afianzó el poder estadounidense; poder que solo se disputó con la URSS hasta el colapso del Muro de Berlín, hito que permitió al país norteamericano convertirse en el eje único de las decisiones globales.

La fragmentación del poder fue consecuencia de errores de cálculo de EE.UU. que lo condujeron hacia la desindustrialización, la financiarización de su economía y un endeudamiento que ya ronda el 125% de su PIB. Esto se traduce en compromisos de pago que superan la partida de defensa, dentro de un presupuesto deficitario que ronda los 1.8 billones de dólares y empuja al Tesoro a colocar bonos para financiar el consumo. Ello ha debilitado la confianza en su moneda, al punto de que países como China y Japón, sus mayores acreedores, han decidido reducir sus tenencias para refugiarse en otros activos. Otros países, tras la retención de 300 mil millones de dólares a Rusia, temen la politización del sistema financiero y apuestan por diversificar reservas y transar en monedas distintas al dólar.

Los países de los BRICS ya comercian con yuanes, rublos y rupias; de hecho, China y Rusia han excluido el dólar de sus pagos bilaterales e Irán cobra peajes en el estrecho de Ormuz en la moneda del gigante asiático. Pero más allá de lo comercial, esta asociación integra, junto a más de 120 países, el proyecto de la Franja y la Ruta liderado por China, que ya no es solo la fábrica del mundo y líder en patentes desde 2019, sino que, como afirmó Jensen Huang (CEO de NVIDIA), lidera aspectos críticos en la carrera por la Inteligencia Artificial y la tecnología en sentido general.

Frente a estos cambios, República Dominicana se encuentra en la “trampa de la relevancia”: ¿mantener nuestro socio estratégico o realinear intereses ante la multipolaridad? Con EE. UU. sostenemos una relación histórica indiscutible: dos millones de dominicanos residen allí y envían más de 9, 500 millones de dólares anuales (el 80 % del total de remesas); además, entre el 40 y 46 % de nuestros turistas provienen de esa nación. Dado que nuestras dos principales fuentes de divisas dependen de ellos, mantener y fortalecer nuestros vínculos en calidad de socios estratégicos no amerita discusión, sobre todo estando en su área de influencia geográfica.

Sin embargo, el pragmatismo debe conducirnos hacia una estrategia de acercamiento con los BRICS y la consolidación de relaciones con China, líder de un bloque que ya supera al G7 en términos de paridad de poder adquisitivo. Ante lo referido anteriormente, ¿cabe reflexionar sobre la necesidad de diversificar las reservas del Banco Central incorporando más oro -refugio seguro por excelencia- y yuanes, que no solo diversifica el riesgo, sino que abarataría nuestras transacciones comerciales con el gigante asiático al evitar la doble conversión cambiaria? La política exterior dominicana debe responder a estos cambios con astucia y tacto, reduciendo la “latencia” para no reaccionar cuando no haya remedio, y apostar siempre a la lógica de ganar-ganar ante una posible reedición de refriegas geopolíticas que convierta al Caribe -otra vez- en la Frontera Imperial.

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