Romantizando lo incorrecto

Como bien nos enseñaron desde pequeños, hay que saber decirle al pan, pan y al vino, vino. Últimamente es tendencia relativizar todo para justificar malas actuaciones con explicaciones psicológicas, conductuales o sociales. Es hora de llamar las cosas por su nombre y dejarse de eufemismos para no disgustar al que no ha sabido comportarse como lo manda la sana convivencia.

El que toma lo ajeno es un ladrón, sea poco o demasiado, aunque la ocasión (o el descuido) le dio la oportunidad, aun si se excusa porque sufría carencias. El empleado desleal no puede parapetarse tras el maltrato del superior, sus necesidades económicas o la falta de reconocimiento a su labor, cuando siempre mantiene la opción de renunciar y buscar un trabajo más satisfactorio para cubrir sus carencias; el que ha sido infiel no ha cometido un desliz, falló a la promesa matrimonial y punto.

Quien prefiere inclinar la balanza hacia un conocido para concederle méritos que no le corresponden o el favor que no merece, no es fiel a sus amigos, sino que carece de la ética requerida para ocupar una posición de poder. El profesor que otorga una calificación sin que el estudiante haya realizado el menor esfuerzo, no es simpático ni complaciente, es irresponsable frente a la obligación pedagógica que le concierne e injusto con los que sí han cumplido. El que divulga información sin la debida investigación de su certeza ni considerar el daño que puede ocasionar propagando el libelo, no es indiscreto, es chismoso o difamador.

Quien provoca a otro para sacarlo de sus casillas y luego quiere desentenderse, es cobarde. La encomienda no realizada en el tiempo oportuno no es porque las circunstancias se lo impidieron, fue falta de planificación. El abogado que no prepara su caso o el médico que tienta a la suerte en un tratamiento, no son osados, son indisciplinados y caóticos. El impuntual no es distraído es un desconsiderado con las ocupaciones de los demás y quien insulta alzando la voz no es temperamental, es grosero.

La buena acción que se publica para que todo el mundo la vea, no es altruismo, es exhibicionismo. Entregar esperando algo a cambio, no es bondad, es oportunismo. El niño que no sabe controlarse ni respetar, no es que tenga personalidad, es malcriado e insolente. Las palabras soeces y descompuestas de ciertos comunicadores del medio no son populares, son degradantes y atentan contra la dignidad de los oyentes. El que no dice la verdad es un mentiroso, quien ofende no es que sea sincero, es indolente y quien va a misa y no predica con el ejemplo, es un farsante, no un cristiano.

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