¡Acéptalo!

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La esperanza no es la convicción de que todo saldrá bien, es la certidumbre concreta de que “algo” de todo lo que hemos estado viviendo tiene sentido porque Dios, nuestro pastor, está a cargo de nuestras vidas y tiene potestad sobre nuestro destino. La razón por la que hoy podemos descartar nuestras ansiedades reside en el hecho de que antes que nos preocupemos por esas situaciones cruzadas en nuestros caminos, de antemano nuestro Padre celestial se ha ocupado de darnos preciosas y magníficas promesas que superan nuestras expectativas y ni hablar de cómo arropan nuestros malestares. De allí que nuestra responsabilidad es “aceptar” que no hemos venido a este mundo sin la contraparte del cuidado divino para cada reto, para cada crisis y para cada necesidad.

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