Hemos estado viviendo temporadas cual un oleaje de descrédito y persecución, siendo lo peor que vinieron de quienes estaban supuestos a garantizar la dignidad. Pero en vez de corregir lo que creyeron era una conducta errónea, se dedicaron a destruir reputaciones. La Biblia compara la humillación pública con derramar sangre, y muchos maestros explican que el dolor producido por vergüenza y humillación pública es comparable al de la misma muerte. Lo interesante es que la ciencia moderna ayuda a entenderlo, ya que ser juzgado, expuesto o rechazado en público trae como consecuencia una violenta respuesta de estrés y nuestro cerebro refleja ese dolor social en lo físico. De modo que si lo que buscas es corregir, hazlo sin humillar, tener la razón nunca autoriza a dañar, quien quiere ayudar encuentra la manera, quien necesita humillar llama la atención.
