Al frente de la casa yace el anuncio de su venta con la cara del intermediario que con su sonrisa anticipa a sus nuevos ocupantes que serán tan felices como los que la habitaron antes. Esas paredes antes repletas de las fotos y diplomas de orgullo familiar, ahora se encuentran desnudas. Los espacios lucen desprovistos de muebles en los que latía un hogar que vio crecer sus integrantes, el correteo para evitar un castigo, las discusiones que terminaron en abrazos porque la convivencia era obligatoria y las ruidosas comidas de domingos en que todos hablaban al mismo tiempo y aun así, se entendían.
En esos pasillos se tejieron promesas y se deshicieron ilusiones, amores perdidos en el olvido y otros encontrados. Las preocupaciones que parecían insuperables, la paciencia que muchas veces se agotó, la ida de seres queridos y la bienvenida a los que ocuparon su lugar. Los turnos de los baños compartidos a contratiempo, la ropa heredada de los mayores, el ingreso a la universidad para una independencia que nunca lo fue, entre las gavetas rebosadas de tarjetas de felicitación y manualidades de preescolar como recuerdo de una infancia plena.
El patio rodeado de flores, que ahora es un lujo, como escenario para un baño de lluvia bajo un caño sin los temores de la contaminación, la lucha por la paila con los rastros del dulce, la foto tradicional de navidad en el salón de la sala de visita con el arbolito o los cumpleaños sin grandes complicaciones con los mismos vecinos del barrio, refresco rojo y un bizcocho algo deforme preparado por la mamá.
El garaje de un solo vehículo en el que cabían todos para la ruta diaria, entre múltiples conversaciones entrelazadas del diario vivir. El respeto a los mayores, solo por serlo (tuvieran o no razón), la obediencia al maestro, como segundo padre, cuya autoridad no se cuestionaba. La camaradería con el amigo al que se le ponía el sobrenombre por cariño, no por burla o abuso, la tolerancia a la diversidad en el aula donde se aceptaba al otro con sus peculiaridades, limitaciones y excesos.
Y pensar que ese escenario de tantas vivencias quedará sepultado con la construcción de edificios de apartamentos cuando se impone la realidad de la modernidad con gente que apenas se verá las caras, que circulará ignorándose mutuamente, atendiendo celulares, cruzando escaleras o tomando el ascensor, en horarios tan diversos que hacen improbable alguna conversación; porque, donde los constructores ven blocks, varillas y cementos, entre esos muros que se derrumban para dar paso a una torre imponente, convivieron los sueños, nostalgias y anhelos de muchas generaciones.
