Ayer comenzó la Semana Santa 2026, con el Domingo de Ramos, día de fiesta y presagios. Según la tradición Jesús entró triunfante a Jerusalén montado en un burrito, en señal de humildad, con la gente batiendo palmas. Los creyentes van a los templos a recibir ramas de palmas bendecidas, en conmemoración. En épocas no muy lejanas, las casas se transformaban en este tiempo: la radio que solía vomitar noticias y música, bajaba de tono hasta quedarse en “música sacra” y a bajo volumen. Se andaba con recogimiento casi litúrgico y a los muchachos, sin que nadie le dijera que no era tiempo de retozos, ni juegos con algarabía y mucho menos pronunciar malas palabras. Ante cualquier desvío de esa conducta bastaba la mirada inquisidora de la vecina. El Domingo anunciaba llegada; lunes a miércoles preparación; el jueves intimidad; dolor y respeto el viernes; sábado espera y el domingo gloria por el triunfo de la vida sobre la muerte. Los católicos con manifestaciones públicas y regocijo y dolor comunitarios. Los evangélicos con cultos especiales y celebraciones más íntimas y bíblicas, más que con expresiones folclóricas. El viernes Santo era día de luto doméstico: se cocinaba sin carne, como si eso significara silencio y sin ruido porque todo había sido preparado la víspera y había quienes hacían “votos de silencio”, como sacrificio, y se comunicaban por señas. El bacalao, humilde y salado, era parte integral de la celebración junto a la habichuela con dulce y el “maí con durce”, platos compartidos entre vecinos.
No te bañes en el río porque el agua se convierte en sangre o tú te conviertes en “peje”. Mitos y leyendas que hoy nos parecen ridículos, eran rectores de comportamientos con la eficacia de leyes no escritas. Los que practicaban sexo corrían el riesgo de “quedarse pegaos”. En una ocasión se corrió el rumor de que en la Iglesia del Santo Cura de ARS, en la Duarte arriba, habían llevado una pareja en estas condiciones y la multitud llenó los espacios con curiosidad criolla. No aparecieron los “artistas” y la función fue un fracaso demostrativo de la simpleza de una sociedad ávida de espectáculos. No te subas en esa mata porque se seca… Las procesiones eran un hilo de gente con rezos que parecían más suspiros que palabras y cánticos adonde sobresalía la voz y conocimiento de la beata conocida por todos. Era fe íntima, compartida en la calle como quien comparte un secreto. No había prisas ni cámaras ni necesidad de demostrar nada. Muchas cosas han cambiado en la Semana Mayor pero entenderlas es como leer un calendario del alma dominicana. Ahora la Semana Santa se planifica con antelación: “Pa donde vamo?” Es tiempo de llenar playas, ríos, balnearios, piscinas, regreso al lar nativo “adonde ta el ombligo enterrao”, con musica alta y muuuucho romo, adonde el respeto compite y con frecuencia pierde, frente a una bocina “a to lo que da”.
