El sistema premia la enfermedad y castiga la prevención, pero la prevención se hace para no ser paciente. Sin embargo, el sistema funciona exactamente al revés. Se gasta más en atender la enfermedad que en evitarla, más en procedimientos que en educación sanitaria, más en facturar que en cuidar. Así no se construye salud pública, así se administra el deterioro. Y cuando además se desliza la idea de algunas aseguradoras de que, si la gente vive menos “es más barato”, lo que emerge es una desconfianza social profunda frente a un modelo que parece priorizar costos sobre vidas. La prevención no puede seguir siendo el discurso decorativo del sistema. Tiene que ser su columna vertebral.
