Tablero geopolítico del presente

La historia no siempre avanza de manera silenciosa. A veces se acelera, se comprime, y obliga a las naciones a tomar decisiones que marcarán generaciones. La República Dominicana vive hoy uno de esos momentos.

Mientras el mundo reconfigura su mapa económico y geopolítico —con guerras que alteran mercados, potencias que se disputan cadenas de suministro y una transición energética que redefine el poder— el país se encuentra, casi sin proponérselo, en una posición estratégica excepcional. La pregunta no es si creceremos; la verdadera pregunta es cómo creceremos y para qué.

El orden internacional que emergió tras la Guerra Fría ha entrado en fase de agotamiento. Estados Unidos, China, Europa y potencias regionales compiten por influencia económica y control logístico. Las empresas ya no buscan solo eficiencia: buscan seguridad, cercanía y estabilidad. Así nace el nearshoring, el friendshoring y una nueva geografía productiva.

En medio de esta tormenta global, la República Dominicana aparece como un puerto seguro: estabilidad política, crecimiento sostenido, infraestructura logística moderna y una ubicación privilegiada entre los grandes mercados del hemisferio occidental. No es casualidad que los flujos de inversión miren cada vez más hacia el Caribe. Pero las oportunidades no se materializan solas. Se construyen.

Pocos países concentran tantas ventajas naturales y logísticas como la República Dominicana. Puertos como Caucedo y Haina, aeropuertos interconectados, zonas francas consolidadas y cercanía al mayor mercado del mundo convierten al país en un candidato natural a hub logístico y productivo del Caribe. Lo que da la razón a la política exterior del presidente Abinader.

Sin embargo, durante décadas hemos crecido más por inercia que por estrategia. Exportamos, sí, pero con bajo valor agregado. Importamos energía y alimentos que podríamos producir. Dependemos demasiado de sectores vulnerables a crisis externas. La geopolítica no perdona la improvisación.

Crecer no basta: hay que transformar. El crecimiento económico dominicano ha sido notable, pero enfrenta límites estructurales. El reto ya no es crecer al 4 o 5 %, sino romper el techo del desarrollo. Y eso solo es posible transformando la matriz productiva.

La agroindustria –como lo he repetido incansablmente- emerge como uno de los grandes motores dormidos. Cada quintal de cacao, cada fruta tropical exportada sin procesar, es una oportunidad perdida. Convertir materias primas en alimentos procesados, certificados y exportables puede multiplicar por cinco su valor y generar empleo donde más se necesita: en el campo.

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