¿Tolerancia o provocación?

Somos un país tradicional arraigado a costumbres ancestrales que nos distinguen del resto. Desde pequeños fuimos criados y nos fueron inculcadas las creencias cristianas transmitidas con fervor por nuestros padres y maestros en la casa o en la escuela. A pesar de que no todos seamos auténticamente creyentes, seguimos los sacramentos al pie de la letra, desde el bautizo, pasando por la primera comunión, confirmación, el matrimonio, hasta la unción de los enfermos para despedirnos en paz.

Tenemos en un lugar preferente de nuestros hogares un crucifijo y una imagen del corazón de Jesús para que nos protejan; oramos al despertarnos y al acostarnos, rociamos agua bendita al iniciar un nuevo negocio o vivienda, celebramos las comidas y damos gracias por tenerla antes de ingerirlas.

Adoramos a la virgen y somos expertos rezadores, sobre todo en los momentos aciagos, en tristezas profundas o preocupaciones cuya solución sabemos solo llegan de la divinidad. Asistimos a misa en familia los domingos y nos persignamos cuando pasamos frente a una iglesia. Enterramos nuestros muertos y los recordamos por 9 días, con la firme creencia en la vida eterna y de que allá nos esperarán cuando nos toque porque sabemos que no todo acaba aquí.

Todas esas costumbres están enraizadas profundamente y forman parte de nuestro diario vivir donde quiera que estemos. Aun en nuestra posible ignorancia propia del subdesarrollo, defendemos nuestra identidad, a capa y espada, pero también comprendemos que existen otras diferentes cuando no estamos en nuestras propias tierras, por lo que aceptamos otras creencias.

Dentro de nuestra sencillez, la bondad nos alcanza para entender a quien no comparte nuestro parecer porque en nuestro corazón caben todos, independientemente de su raza, nacionalidad o preferencia. Defendemos los derechos ajenos, a la vez que exigimos que se respeten los nuestros porque en este entorno de banalidades cada uno tiene su espacio, mientras no invada el ajeno.

Toleramos la diversidad porque en la variedad está la riqueza de la humanidad, sin embargo, cuando se quiera imponer otros relatos que vayan contra nuestras convicciones y tradiciones (que pudieran ser erradas, pero, al final, muy nuestras), nos unimos como una colmena para rescatar nuestros principios y rechazar intromisiones debido a que, no por ser una república bananera con recursos limitados, carecemos de discernimiento y, aunque nos vean sin mangas -con la naturaleza simple y receptiva al extranjero- que no se crea que somos chaleco. Para buen entendedor.

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