Un gobierno sin impunidad

Un gobierno sin impunidad es una utopía de manual. Como esas fotos retocadas en Instagram: todos saben que no existen, pero ahí están para recordarnos lo feo que es lo real.

Aquí los gobiernos suben cargados de compromisos. Pactan con quien sea, se agarran de lo que sea, y cuando llegan arriba nadie pregunta con qué manos treparon. Da igual si eran limpias o venían manchadas de sobres. El poder, en este país, se lava solo.

Lo peor es la costumbre. El político corrupto no provoca repulsa, provoca bostezos. Sale en las noticias y la gente cambia de canal. Se sienta en la mesa de cualquiera, come, brinda, cuenta anécdotas, y nadie se atreve a preguntar de dónde salió el dinero para el postre. La corrupción se normalizó tanto que parece un mueble heredado: viejo, feo, pero imposible de sacar de casa.

Mientras tanto, los partidos se financian como se puede. Llega dinero de donde llegue, y se justifica con la frase favorita de todos: “El fin justifica los medios”. La democracia, reducida a un mecenazgo donde nadie pregunta al donante qué vendió para pagar la entrada.

Nosotros, espectadores, nos hemos especializado en la resignación. Leemos el titular de un nuevo caso de corrupción y lo despachamos con un “ya me lo imaginaba”. Nos indigna lo justo para el comentario en la oficina, y luego seguimos con la vida como si nada. Esa es la impunidad más peligrosa: la que no solo protege a los políticos, sino que adormece a los ciudadanos. Nos hemos convertido en el país donde “na es na”.

El país, así, se convierte en un mecanismo de relojería averiado. Una bomba de tiempo, sí, pero sin explosión. Aquí las bombas no estallan, se pudren. Nadie las desmonta, nadie las limpia, y se quedan ahí, debajo de la alfombra, recordando que no hay nada más eterno que lo que nadie quiere arreglar.

Un gobierno sin impunidad sería, paradójicamente, un problema: porque sacaría a muchos de la comodidad. Obligaría a rendir cuentas, a devolver dinero, a asumir errores. Haría sudar a quienes hoy duermen plácidos. Pero también sería un inicio: el principio de un país distinto, menos anestesiado, más vivo.

El problema no es que los políticos nos roben, es que seguimos en silencio sin decirle en sus caras que son corruptos patológicos.

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