Una genkidama contra la depresión. El papel de las redes sociales

En las últimas semanas, mucha gente me ha comentado historias de procesos por los que atraviesa. En la mayoría de ellos, la salud mental aparece en primer plano.

Da igual si estoy en el salón, en la firma de un acuerdo o si estoy haciendo un turno en una sucursal bancaria. En cada espacio, alguien me narra las dificultades personales que tiene para lograr que su hijo acceda a las terapias que necesita; comentan las noticias del hombre que no soportó la presión de las deudas o el arrebato de ira que concluyó en tragedia.

Sólo en los últimos siete días he conocido más de cinco situaciones diferentes. Todas tienen en común la necesidad de contar con una fuerte red de apoyo.

Hemos hablado de esto antes, pero, sin importar las veces que tengamos que repetirlo, siempre es indispensable fortalecer una red que nos permita tener un soporte en los momentos difíciles. Sucede con los pacientes de enfermedades catastróficas como el cáncer o la esclerosis; asimismo sucede con la ansiedad y la depresión.

En ese sentido, la publicación de J. Holt-Lunstad, en la revista Annual Review of Public Health (2022) presenta un marco sistemático sobre la conexión social como factor de salud pública: muestra evidencia de que una mayor integración social reduce el riesgo de trastornos de salud mental al actuar como amortiguador frente a estrés, soledad y aislamiento.

De igual modo, algunas sistematizaciones de estudios indican que mientras mayor es la soledad y la falta de apoyo en los adultos, hay más probabilidades de predecir escenarios negativos de depresión. Por ejemplo, un metanálisis encontró que el apoyo social elevado se asoció con una reducción del 55 % en las probabilidades de depresión durante crisis globales.

Asimismo, el estudio “The effectiveness of social network interventions for psychiatric patients: A systematic review and meta-analysis”, realizado por L.T.A. Swinkels y su equipo en 2023, analizó 33 investigaciones para evaluar los efectos de intervenir en las redes sociales de las personas. Sus resultados mostraron mejoras en el apoyo recibido, cuando se incorporaron estrategias de fortalecimiento de redes al tratamiento.

Lo que trato de decir es que, en la medida en que nos acercamos a nuestros amigos, la pareja o la familia, encontraremos muchas más posibilidades de solucionar parte de las cuestiones que nos afectan. En países como Corea del Sur, la soledad está siendo un problema de salud pública, lo que ha llevado a ciudades como Seúl a crear las Tiendas Bondadosas, espacios para recibir a personas que se sientan solas.

Se trata de lugares acogedores, donde desde jóvenes hasta adultos mayores, los solitarios son recibidos para ver la televisión, compartir comida y té y conversar con alguien. Igualmente, hay países, como Argentina, en donde se ha puesto de moda suscribirse a eventos de cenas con desconocidos, únicamente para perder la sensación de soledad.

Dicho en otras palabras, poco a poco, la falta de redes de apoyo se ha convertido en una de las consecuencias de la vida autónoma que llevamos. Esa ruptura, paradójicamente, nos hace mucho más dependientes y posesivos en determinados contextos.

La práctica de reunirse una o dos veces por semana con la familia o los amigos para compartir unos tragos puede ser tan funcional como la mejor de las terapias. Lo mismo sucede con el típico bonche a la playa, el coro para el cine o el clásico “dar tijera” con las amigas. Todos son momentos de fortalecimiento de nuestra red de apoyo.

Pero, claro, en ningún caso puede quedarse ahí. La red solo es funcional cuando encontramos que nos escuchen, nos acompañen y estén pendiente a nosotros.

La crisis económica, el modelo de vida y las coyunturas globales que vivimos, nos aíslan cada vez más. Y en ese contexto, cargas que en el pasado eran compartidas con los compadres, hermanos, amigos de la familia o de la iglesia, ahora tratamos de arrastrarlas por nuestra propia cuenta.

La cuestión es que la razón por la que evolucionamos como civilización siempre ha sido por el apoyo que podamos dar y recibir. La empatía y la colaboración son rasgos evolutivos, surgidos para garantizar la supervivencia. Entonces, es antinatural afrontar en soledad la ansiedad, la depresión o cualquiera de los desafíos de esta época.

En Dragon Ball Z, Gokú está perdiendo la batalla contra Magin Bu. En ese momento, Vegeta le dice que debe utilizar el apoyo de los terrícolas. Para hacerlo, toda la gente levanta las manos, pone su energía y Gokú genera la genkidama, una bola de energía con la que logra vencer al villano.

La salud mental se supera del mismo modo. Entre terapeuta, círculo familiar, amigos y el propio paciente deben poner sus energías para superar la crisis. Digamos que vivimos una época en la que hace falta la genkidama contra la ansiedad y la depresión.

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