La nación que queremos

Con mucha frecuencia escuchamos a líderes políticos y otras personas con alguna relevancia, generalmente mediática, recurrir a la expresión de que debemos definir el tipo de nación a la que aspiramos.
No cabe ni la menor duda de que se trata de una de las proclamas más desafortunadas, pues nos están diciendo que todavía estamos, luego de casi 180 años de haber sido proclamada la República, sin identificar hacia dónde nos encaminamos.

Suponemos que esas expresiones obedecen a la falta de argumentos discursivos en la mayoría de nuestra gente “de primera”, carencia que les lleva a recurrir a cualquier tontería.

Sin embargo, en la práctica estamos en presencia de una realidad que tiene su base en el hecho de que camino a dos siglos de vida independiente, todavía no podemos señalar uno solo de los problemas fundamentales de una nación civilizada que haya sido resuelto de manera radical.

En ese sentido, alcanza realidad eso de definir el tipo de sociedad que queremos, razón por la cual todavía andamos ciegos, encerrados en una habitación a oscuras.

Una de las principales facetas que hacen grande a los Estados Unidos es que sus primeros próceres, y los siguientes grandes líderes, sabían desde el primer día hacia dónde encaminar su nación, y cada uno se propuso hacer su parte.

Para que no se diga que Estados Unidos es un caso muy especial, debemos resaltar que el liderazgo mexicano también definió—principalmente a partir de la Revolución de 1910—el tipo de México que quería para el futuro.

Y todos los líderes, a partir de entonces, asumieron la tarea de no trabajar para su propia gloria—con alguna ligera excepción—sino para su país, y si bien no es una potencia clásica, la nación mexicana es dueña de su destino.

Dicho lo anterior, es oportuno aterrizar en nuestra tierra para remachar la razón fundamental de la arritmia que nos ha caracterizado: el egoísmo.

Este se ha manifestado, principalmente, en la colocación de piedras en el camino de los gobiernos para que sus políticas públicas fracasen y los otros poder capitalizar el descontento popular.

Cuando a una administración de Estado se le niega la posibilidad de agenciarse más recursos para afrontar los ingentes compromisos que debe atender, es una forma de obstaculizar sus políticas.

Esto no es nuevo. Lo hemos vivido reiteradamente en el pasado. Y continuaremos hablando de que debemos definir qué sociedad queremos, cuando se suponía que esa cuestión formaba parte del proyecto de nación que nos convirtió en libres y soberanos.

Es como para preguntarnos qué ha fallado. Y la respuesta es más que obvia: todos nosotros.

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