Mi amiga llevaba tres años queriendo lanzar un programa de formación. Lo tenía todo: el contenido, la experiencia, la metodología. Pero cada vez que llegábamos al punto de salir, aparecía la misma frase: “Todavía no está listo.”
Un día le pregunté para quién lo estaba preparando. Se quedó callada. Porque el programa no era el problema. El problema era que ella necesitaba que fuera perfecto antes de que alguien lo viera.
Entonces, pudimos hablar sinceramente sobre lo que estaba pasando: eso que la detenía no era perfeccionismo, lo que no la dejaba avanzar era ese vivir para la mirada ajena, la aprobación y que la dejaran pertenecer.
Lo que el sistema que mencioné semanas atrás tampoco te dice es que la necesidad de aprobación no se queda en la vida personal, se mete en los proyectos, en las estrategias, en las decisiones de negocio.
Líderes que no toman postura en reuniones porque no quieren quedar mal, emprendedores que cambian su propuesta de valor cada vez que alguien frunce el ceño, equipos que aprueban proyectos mediocres porque nadie quiere ser el que diga que no funciona. Y desde ahí el resultado se vuelve predecible: se ejecuta mucho y se avanza poco.
Porque cuando el criterio principal para tomar una decisión es lo que van a pensar los demás, y no cuál será el impacto, entonces dejamos de operar desde la estrategia y empezamos a operar desde el miedo. Y el miedo es un pésimo director de proyectos.
La diferencia entre los proyectos que funcionan y los que se quedan eternamente en modo borrador no siempre es de recursos ni de talento, a veces es de criterio propio. De la capacidad de decir: esto tiene sentido aunque todavía no tenga todos los avales.
Mi amiga lanzó el programa, aunque, según ella, no estaba perfecto. Y, sí, tenía oportunidades de mejora, pero no se derivó, hoy tiene una lista de espera.
Lo que necesitaba no era más tiempo de preparación; tenía que dejar de pedirle permiso a una audiencia imaginaria para existir.
¿Y tú, desde dónde estás tomando tus decisiones hoy?
