De acuerdo con una reciente encuesta española, más de la mitad de jóvenes es favorable al dictador Franco. Si en nuestro país hiciéramos una similar, no sería sorprendente que ocurriera algo parecido en relación con Trujillo. Lo que resulta inaudito es que esa legión de simpatizantes de regímenes absolutistas ni siquiera conocieron a sus protagonistas y viven en libertad plena para expresar sus simpatías, justo porque quienes los antecedieron se sacrificaron para que disfrutaran de la paz de que hoy gozan.
Esa nostalgia por los gobernantes de antaño que truncaron tantas existencias es un fenómeno preocupante en el que se les envuelve con un halo de misterio para hacer desaparecer como por arte de magia toda la desgracia que provocaron a su paso. Así, en la lejanía del tiempo van palideciendo sus excesos para justificarlos por el bien mayor de la estabilidad económica, grandes obras colectivas o el respeto a la autoridad. Entonces, esa foto con tintes casi místicos de tonos sepia sustituye al rojo de la sangre que hicieron derramar esos falsos redentores que no conocieron límites para perpetuarse en el poder.
La misma idolatría ciega e irracional se observa en los santos varones del narcotráfico que ocupan altares de veneración por un considerable grupo de seguidores atraídos por sus excesos porque ven en ellos a los redentores de sus miserias, misma que se financia con el crimen para ganar adeptos y protección ciega. A nadie parece importarle que todo cuanto han realizado estos ídolos de barro para ocupar ese pedestal se alcanzó luego de recorrer un camino tapiado por cruces del cementerio.
La memoria es selectiva, pero también cruel, porque no ha bastado con borrar el sacrificio de tantos ciudadanos que han pagado la disidencia con sus vidas y el escarnio a sus familias, sino que la ignorancia ahora la acompaña el entusiasmo de volver a etapas oscuras ya superadas en un fanatismo atroz que solo puede atraer desgracias. En otras esferas vemos la reedición de movimientos racistas con el mismo furor de épocas del siglo pasado que podrían avergonzar al mismo Hitler quien ahora merece estudios profundos de investigación para conocer el secreto de su éxito y replicar sus técnicas en una nueva versión, corregida y mejorada.
Bien se ha dicho que los pueblos que olvidan su historia están destinados irremediablemente a repetirla, sin embargo, ya no se trata solo de amnesia, más bien de indiferencia y de buscar explicaciones distintas a realidades evidentes que, aunque no vividas, ocurrieron. Al final, lo malo no es el ciego que no quiere ver, peor resulta el que, viendo, apenas le importe.
