El aguacate dominicano: del auge a la estrategia

En noviembre de 1869, unos astilleros escoceses terminaron de construir el Cutty Sark, quizá la expresión más refinada de dos siglos perfeccionando el arte de mover carga con el viento. Apenas cinco días antes, en Egipto, se había inaugurado el Canal de Suez. Era una ruta pensada para otra lógica, más corta, más predecible, y mejor aprovechada por los barcos de vapor. El velero más perfecto de su tiempo no nació inútil. Nació, eso sí, frente a una tecnología y una infraestructura que empezaban a volver marginal el mundo para el cual había sido diseñado. Su rival fue una curva distinta.

Esa imagen resume la teoría de la curva S. Toda actividad económica crece de la misma forma. Empieza despacio mientras aprende, se acelera cuando encuentra su impulso, y vuelve a desacelerarse cuando ese impulso se agota. El problema nunca está en subir, está en el tramo final, donde repetir la fórmula que trajo el éxito ya no produce crecimiento. Salir de ahí no se logra remando más fuerte. Hay que cambiar de barco. A ese salto lo llamamos innovación. La pregunta para la agroexportación dominicana es sencilla. ¿En qué punto de su curva viaja hoy el aguacate?

El banano ya hizo este viaje

No hace falta imaginar el final, porque el banano dominicano ya lo recorrió. Entre 2012 y 2016 sus exportaciones subieron de 294 mil a 395 mil toneladas, y el país se consolidó como un referente mundial en banano orgánico. Después la curva se aplanó y se torció hacia abajo. En 2025 se exportaron apenas 261 mil toneladas, un 34 % menos que en el máximo de 2016, y el valor bajó de 243 a 197 millones de dólares.

¿Qué pasó? No fue que el mundo dejara de comer banano. El entorno cambió más rápido de lo que el sistema productivo pudo acompañar. Nuevas presiones de plagas y enfermedades, costos al alza, un clima cada vez más exigente y, en paralelo, la entrada de otros países con ventajas competitivas en la producción de banano orgánico fueron erosionando una posición construida con años de trabajo. La lección no apunta a culpas individuales. Apunta a una verdad más incómoda. Ningún rubro exportador puede dar por garantizada la curva que ya recorrió. Y detrás de cada curva que cae siempre hay un productor que primero se descapitaliza, luego se sobreendeuda y termina por quebrar.

El aguacate empieza a avisar

El aguacate parece la historia opuesta, y precisamente por eso resulta más peligrosa. Pasó de 17 mil toneladas exportadas en 2012 a casi 75 mil en 2025, una verdadera proeza. Pero conviene leer la letra pequeña. En 2025 el volumen creció un 18 %, mientras que el valor apenas un 0.3 %. Vendimos mucha más fruta para ingresar casi lo mismo. El precio promedio por tonelada cayó cerca de un 15 % en un solo año, y los primeros cuatro meses de 2026 ya llegan un 7.5 % por debajo del mismo período de 2025.

El contexto internacional explica esta tendencia. Después de quince años de bonanza, el mercado del aguacate entró en una fase mucho más competitiva: hay más hectáreas plantadas y más países exportando, con una oferta que crece más rápido que el consumo, según un análisis reciente de Portal Frutícola. México mantiene el liderazgo, mientras Perú y Colombia se han convertido en los motores de la expansión regional. En ese mercado cada vez más disputado, República Dominicana sigue colocando seis de cada diez de sus aguacates en un solo destino: Estados Unidos. La conclusión que la industria ya asume es clara: los márgenes extraordinarios de los últimos años no volverán a ser la norma.

Si todo sigue igual

Si en los próximos 18 a 24 meses no se mueve nada, no hace falta imaginar mucho. Rabobank, en su pronóstico global para 2026, ya proyecta para el mercado estadounidense precios del aguacate en mínimos de varios años, con amplia oferta. Y estima que las exportaciones mundiales del aguacate superarán los 3 millones de toneladas hacia la temporada 2026/27, frente a apenas un millón hace una década. Para República Dominicana, eso significa que el precio por tonelada seguiría cayendo a medida que más oferta global entra al mercado, y el volumen podría todavía crecer mientras el valor total se aplana o retrocede. El productor pequeño y mediano sería el primero en sentirlo, repitiendo la misma cadena que ya conocemos. La dependencia de ese único mercado dejaría de ser fortaleza para volverse pasivo. No es una hipótesis lejana. Es el trienio que ya empezó a contarse en 2025.

La hora de decidir

Construir la próxima curva es una responsabilidad compartida. Productores, exportadores, academia, instituciones de investigación y el Estado dominicano comparten un mismo objetivo, hacer sostenible en el mediano plazo el negocio del aguacate. Lo que falta es que esos actores empiecen a hablar el mismo idioma y a moverse en torno a él. La organización del sector es la tarea verdadera, más urgente que plantar nuevas hectáreas.

Esa articulación necesita instrumentos. El primero es una plataforma sectorial que ordene la conversación entre todos los actores y trabaje sobre una agenda común. Sobre ella puede convocarse un Congreso Nacional del Aguacate como espacio recurrente. Cada año, al cerrar el ciclo productivo, el sector haría balance de los acuerdos del año anterior, revisaría con datos el comportamiento del rendimiento y del clima, y fijaría el rumbo del próximo ciclo, con el Estado en el rol de gran promotor.

Pero nada de esto sirve si no aterriza en la operación. Si la apuesta no es sembrar más sino producir mejor lo que ya tenemos, ahí entra el ecosistema de innovación. La agricultura de precisión y la digitalización son hoy el corazón de ese salto: permiten conocer cada finca a fondo y convertir cada decisión de manejo en una decisión informada, basada en datos y no en intuición. Detrás de cada caja exportada hay un encadenamiento técnico que conecta esa información de campo con la trazabilidad, las normas de calidad y el conocimiento del costo real de producir un kilogramo. La investigación nacional debe estar al servicio de ese encadenamiento y desarrollar los paquetes tecnológicos del presente y del futuro. El riego tecnificado merece un lugar propio como pilar estratégico, y ahí la Comisión Nacional de Tecnificación de Riego y el Banco Agrícola tienen un papel fundamental. A todo ello se suma una exigencia que ya no es opcional, la sostenibilidad, que los mercados internacionales exigen que demostremos.

Queda, finalmente, la dimensión comercial. Toca diversificar destinos hacia mercados emergentes para reducir la dependencia de un solo comprador, sumar valor agregado, construir marca país y asegurar una logística marítima ágil y costo-eficiente.

Hasta hace un año, el aguacate dominicano vivía su mejor momento. Hoy, con el precio cediendo y los primeros meses de 2026 confirmando la tendencia, llegó la hora de decidir. Actuar ahora significa unir al sector, profesionalizar la producción, sostener la investigación, avanzar en sostenibilidad y abrir nuevos mercados, mientras todavía existe el margen para hacerlo. De eso se trata pasar del auge a la estrategia.

La decisión está en las manos del sector y del Estado dominicano, y los próximos años dirán si supimos tomarla.

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