Isabel Mateo y la madurez de un oficio que aprendió a esperar

De un proyecto artesanal iniciado en 2016 a una empresa que reordenó costos, asumió riesgos y redefinió su modelo para crecer, la emprendedora se reinventa

Cuando Isabel Mateo habla de Canela Limón no lo hace desde la épica ni desde el éxito inmediato. Lo hace desde el terreno que más conoce: el de la constancia, las pausas necesarias y las decisiones que se toman cuando el entusiasmo ya no basta.

“Ha sido un camino pedregoso, con muchas turbulencias, ansiedad e incertidumbre”, dice, mientras enumera también aquello que no siempre se ve: oportunidades, trabajo en equipo, apoyo familiar, amor y mucha oración.

Canela Limón nació en 2016, casi sin intención de convertirse en empresa. Era la respuesta a una necesidad concreta, la de crear un postre distinto, pensado para regalar, fácil de comer y con una presentación que rompiera con lo tradicional. Con el tiempo, ese ejercicio casi intuitivo fue tomando forma y ganando clientes. Pero el crecimiento no fue lineal ni cómodo. Isabel entendió pronto que el talento y la creatividad necesitaban estructura si querían sostenerse.

Uno de los momentos clave llegó cuando decidió formarse profesionalmente en pastelería. No fue una decisión aislada. Su padre la impulsó a dar ese paso y el contacto con personas que vivían exclusivamente del oficio terminó de cambiarle la perspectiva. “Ahí entendí que no era solo un hobby, sino una posibilidad real de negocio”, explica. Esa conciencia marcó su manera de asumir costos, tiempos y responsabilidades.

Hubo un momento, sin embargo, en que Canela Limón dejó de ser tan visible. No fue abandono, sino una pausa consciente. Isabel sintió la necesidad de detenerse y analizar qué estaba funcionando y qué no. “No era solo seguir produciendo”, recuerda. El ejercicio fue incómodo, pero revelador. Descubrió que la diferencia no estaba únicamente en el producto, sino en el servicio al cliente, en la terminación, en los detalles que construyen reputación a largo plazo.

Esa etapa coincidió con dificultades financieras. Empezar sin capital implicó endeudarse y tomar decisiones desde la urgencia. Cuando el negocio dejó de ser rentable como necesitaba, apareció una oportunidad inesperada: trabajar durante seis meses en el JW Marriott. Isabel la asumió como una jugada estratégica. Necesitaba ingresos para reinvertir, pero también terminó absorbiendo aprendizajes clave sobre procedimientos, estándares y estructura operativa. Todo eso, más adelante, lo trasladó a su propio proyecto.

Aun así, nunca soltó del todo Canela Limón. Despachaba pedidos en las mañanas y cumplía con el hotel en las tardes y noches. La experiencia le dejó una certeza clara: la hotelería masiva no era su lugar. “No hay personalización ni cercanía con el cliente”, dice. La rigidez de la estructura limitaba su creatividad. Volver a enfocarse por completo en su emprendimiento fue una decisión natural, esta vez con una mirada más madura.

La relación de Isabel con el dinero también cambió. Al inicio aceptaba proyectos por gusto, sin medir márgenes ni rentabilidad. Era una etapa con menos compromisos y más margen para experimentar. Con el crecimiento llegaron los colaboradores, los servicios, los impuestos. “Ahí entendí que, si quería que Canela Limón fuera sostenible, tenía que ser disciplinada con los números”, afirma.

Hoy el negocio opera con una estructura definida. Cuenta con apoyo contable y alianzas con amigos inversionistas que aportaron capital semilla para invertir en maquinarias y adecuaciones. Su madre, que además es su socia, se encarga del área administrativa y contable. “Antes yo quería hacerlo todo. Hoy entiendo que para crecer hay que confiar y delegar”, dice. La improvisación quedó atrás; ahora hay planificación y control.

El mercado también se transformó. Lo que comenzó atendiendo clientes individuales se abrió paso hacia el segmento corporativo. Grandes empresas solicitan pedidos en distintas épocas del año. Aun así, el foco actual está en el catering, donde los márgenes son más favorables que en los postres personalizados. Esa lectura del mercado ha sido clave para redefinir prioridades y líneas de negocio.

Las redes sociales siguen siendo un pilar. Desde el inicio, Canela Limón fue un negocio digital y hoy funciona como una vitrina permanente. “No son un complemento; son una base importante de la sostenibilidad financiera”, explica. Le permiten llegar a más clientes sin necesidad de un local grande y sostener las ventas de forma constante.

Una de las decisiones económicas más difíciles llegó en 2023, cuando el negocio se inundó por segunda vez. El seguro cubría la reposición de equipos y permitía quedarse en una propiedad familiar sin pagar alquiler. Era la opción segura. Aun así, decidieron mudarse a una zona más céntrica y visible, asumiendo un alquiler mensual de 40,000 pesos. “Pudimos elegir estabilidad inmediata, pero preferimos asumir el riesgo para crecer”, recuerda.

Hoy Isabel habla de un negocio más sólido. Estima un crecimiento cercano al 60% en sus líneas comerciales y una optimización de costos que ha mejorado la estabilidad. La pasión por el detalle y el compromiso con la calidad siguen intactos. Mirando hacia adelante, evalúa llevar algunos productos a mayoristas y supermercados, una etapa que implica volumen, distribución y nuevos desafíos.

Posted in Dinero, Emprendedores, PanoramaEtiquetas

Más de panorama

Más leídas de panorama

Las Más leídas