¿Inmigración empobrecedora?

En 1998, Thomas Sowell, uno de los más brillantes economistas norteamericanos conservadores de las últimas cinco décadas, partiendo de una metodología predominantemente cualitativa, histórica, social y empírica, publicó “Conquistas y Culturas: Una Historia Internacional”, el tercer volumen de su monumental trilogía sobre las culturas (Raza y Cultura, 1994; Migraciones y Culturas; 1996). En el último libro de la serie, Sowell, luego de definir el “capital cultural” como el conjunto de hábitos, valores, ética de trabajo, habilidades específicas, actitudes hacia la educación y la disciplina que un grupo humano ha acumulado a lo largo de generaciones, sostiene que cuando una sociedad con mayor capital humano conquista o invade una dotada de uno mucho más bajo, el flujo de habilidades contribuye al progreso de la nación conquistada o invadida. Su ejemplo preferido, la conquista romana de Gran Bretaña que se inició en el año 55 a. C. y concluyó formalmente en el año 410 d. C. Me atrevería a agregar otro caso: la conquista de España por parte de los musulmanes que se inició en 711 y concluyó en 1492 d. C. Los árabes poseían más conocimiento científico y tecnológico que el prevaleciente en la Hispania visigoda. Eso contribuyó a que la economía de los territorios ocupados registrase un progreso considerable durante los casi 800 años de la conquista.

Sowell plantea que, por el contrario, cuando una región con un capital humano significativamente menor invade o migra masivamente hacia una civilización más compleja y avanzada y evade la asimilación, los marcos institucionales y económicos de la sociedad avanzada corren el riesgo de retroceder. En ese caso, no puede descartarse que la inmigración resulte ser empobrecedora. En “Conquistas y Culturas” Sowell presenta varios ejemplos históricos para ilustrar cómo opera la transferencia de capital humano bajo la conquista y la migración. Uno de los casos más conocidos de conquista, invasión o inmigración masiva empobrecedora es el de la caída del Imperio Romano. Cuando las tribus germánicas analfabetas y dotadas de menor desarrollo tecnológico invadieron los territorios romanos, carecían del conocimiento organizativo y las habilidades de ingeniería necesarias para mantener la infraestructura romana. Como resultado, Europa entró en siglos de retroceso económico e intelectual. La alfabetización, el saneamiento, el mantenimiento de caminos y la arquitectura monumental colapsaron. Otro ejemplo presentado por Sowell es el de la conquista de China por los mongoles. Los invasores poseían un conocimiento tecnológico, administrativo y económico muy inferior al de la altamente avanzada dinastía Song. Debido a la falta de este capital humano, la conquista no enriqueció la cultura china ni elevó su tecnología. Solo sirvió para detener el progreso de China hasta que la dinastía Ming expulsó a los mongoles en 1368.

Cuando Sowell analiza las migraciones resalta un hecho indiscutible: los grupos que migran llevan consigo el “capital cultural”. Así ha sido en el caso de los migrantes chinos, japoneses, judíos, alemanes. Pero también, en el caso de los inmigrantes africanos, sirios, albaneses, afganos, indios y paquistaníes recibidos por Suecia, Reino Unido, Alemania, Francia, Bélgica, España e Italia, entre otros. Las observaciones empíricas de Sowell resultan muy oportunas en estos momentos en que hordas de inmigrantes provenientes de países mayoritariamente africanos, dotados de hábitos, valores y creencias religiosas diferentes a las prevalecientes en Europa, con deficiencia de habilidades específicas y déficit de actitud hacia la educación, alérgicos al orden y la disciplina prevalecientes en el Occidente desarrollado y amparados bajo la sombrilla de un multiculturalismo que opera como muralla para detener la asimilación unilateral, han comenzado a asaltar, destruir e incendiar edificaciones históricas y empresas pertenecientes a ciudadanos franceses, belgas e italianos.

No tenemos una medición exacta por país del “capital cultural” tal y como lo define Sowell. Sin embargo, disponemos de una medición aproximada que contiene varios de los componentes que determinan el “capital cultural” de una nación. Nos referimos al Índice de Capital Humano Ampliado (ICH+) que estima el Banco Mundial. El ICH+ es una herramienta que mide la eficacia de un país para desarrollar el capital humano de su población, rastreando la probabilidad de que los niños nazcan sanos, reciban educación y lleguen a ser adultos productivos. Es una buena aproximación porque para Sowell, el enfoque económico y empírico, a diferencia del sociológico clásico, determina mejor la productividad y el éxito socioeconómico de las personas y de las minorías étnicas que la política, la raza, la genética o los prejuicios externos.

Cuando se observa el ICH+ de países como Suecia, Reino Unido, Alemania, Francia, Bélgica, España e Italia, el cual oscila entre 270 y 225 de un máximo de 325 y se compara con el de los países de donde provienen sus migrantes, el cual va de un máximo de 203 para los albaneses a 80 para los afganos y un promedio de 137 para los africanos, está claro que las naciones europeas, si no logran imponer el orden y aplicar la ley a todos sus habitantes, sin importar la nacionalidad o el origen, corren el riesgo de transitar desde sociedades del primer mundo a geografías del tercer mundo. Si la democracia europea permite que el ejercicio de la violencia se transe en un mercado caracterizado por un “laissez faire, laissez passer” en el cual todo el que lo desee pueda ejercerla libremente, nuestros hijos y nietos podrían ser testigos del tránsito de países desarrollados a países fallidos. Por alguna razón, un segmento importante de la clase política europea parece haber olvidado la formulación de Max Weber, el filósofo y sociólogo alemán, quien amparándose en el dictamen del filósofo y teórico político inglés Thomas Hobbes de que el Estado (Leviatán) debe tener poder absoluto para mantener el orden, estableció que el Estado es el único llamado a tener el monopolio del ejercicio de la violencia legítima.

Las principales encuestas de opinión pública en Europa reflejan de manera constante una profunda insatisfacción con la política de inmigración que han ejecutado y administrado los gobiernos europeos. Lo ocurrido recientemente en algunas capitales europeas seguramente elevará esa percepción. No sé si alguna mano invisible está detrás de estas acciones vandálicas en las principales capitales europeas para generar miedo y de esa manera, elevar las oportunidades de ascenso de una derecha que promete restaurar el orden que requieren las naciones para seguir progresando. En estos tiempos donde los Estados de bienestar crecen como la verdolaga, el estímulo a emigrar no responde únicamente al deseo de obtener un trabajo. La incorporación de los inmigrantes a la sombrilla de la protección social que brindan los Estados benefactores genera un incentivo adicional que dificulta la administración de una política sensata de inmigración. Pero, sobre todo, como advirtió Friedman, motiva el resentimiento de los nacionales frente a un tsunami de inmigrantes que no solo buscan trabajo, sino también una protección social que demandará más impuestos o endeudamiento público.

República Dominicana debería mirarse en el espejo de lo que sucede en Europa. Nuestro “capital cultural” y nuestro “índice de capital humano ampliado” son más elevados que los de Haití. A pesar de ello, la inmigración haitiana genera una contribución neta positiva en nuestra economía. No puede afirmarse que la haitiana es una “inmigración empobrecedora”. No por eso, debemos cruzarnos de brazos. La necesidad de institucionalizar nuestra política de inmigración reviste hoy más urgencia que nunca si se tiene en cuenta que de nuestra población de 12.4 millones de habitantes (medida correctamente), por lo menos un 10% es de origen haitiano, similar al porcentaje de la población musulmana de Francia. Con una presión tributaria de 14%, no disponemos del espacio fiscal con el que cuentan las naciones europeas para ofrecer una protección social que podría transformar en negativa la contribución neta que hoy generan los inmigrantes haitianos en nuestra economía. Si lo anterior diese lugar a protestas, disturbios y destrucción de empresas e infraestructura pública, esperemos que el Estado dominicano, a diferencia de sus colegas europeos, no olvide las recomendaciones de Hobbes y Weber.

Posted in DineroEtiquetas

Más de panorama

Más leídas de panorama

Las Más leídas