En Argentina hay más de 284.000 millones de dólares guardados afuera del sistema. Emiliano Schenfelt, creador de contenido que analiza noticias económicas y temas de educación financiera, habla de lo que esa cifra dice sobre el ahorro.
Cualquiera que creció en Argentina puede reconstruir la escena sin esfuerzo. Alguien de la familia guardaba billetes en un lugar que solo esa persona conocía, el sobre en el fondo del placard o la lata en la cocina, y nadie en la casa pedía explicaciones porque a esa altura ya no hacían falta. La costumbre se transmitió como se transmiten las costumbres, sin discurso, y sobrevivió a varios gobiernos y a varias monedas.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos le puso número. Según su informe de balanza de pagos, al cierre del primer trimestre de 2026 los argentinos tenían fuera del sistema local más de 284.039 millones de dólares, entre efectivo, cajas de seguridad y cuentas declaradas en el exterior. Es más de seis veces las reservas brutas que informaba el Banco Central en ese momento.
Esa cifra no mide ignorancia. Mide memoria acumulada, transmitida de una generación a la siguiente sin demasiadas palabras.
Esa desconfianza la lee Emiliano Schenfelt sin el tono de reproche con que muchas veces se habla del tema.
«Acá la gente vio de todo: corridas, corralitos, monedas que desaparecen», dice Emiliano Schenfelt.
La palabra que Emiliano Schenfelt usa para calificar esa desconfianza es lógica. No exagerada, no irracional. Si la desconfianza es lógica, como él sostiene, quien guarda sus ahorros en el placard no está cometiendo un error de principiante. Está aplicando una lección que su familia aprendió por la vía dura.
Esa lectura cambia bastante el punto de partida de cualquier conversación sobre ahorro. Si la desconfianza tiene fundamento, no alcanza con decirle a alguien que la deje de lado. Hace falta explicarle, con paciencia y sin apuro, qué opciones tiene y qué riesgos corre en cada una, incluida la de no hacer nada.
En la práctica eso significa algo concreto. Cuando Emiliano Schenfelt explica un tema, la primera barrera no es técnica. Es la sospecha razonable de que detrás de la explicación viene una venta, porque eso fue lo que la gente vivió muchas veces antes.
La historia económica del país explica bastante de esa reacción. Entre devaluaciones, cambios de moneda y el corralito de 2001, que dejó depósitos atrapados durante meses, varias generaciones aprendieron que lo que está a la vista se puede perder de un día para el otro. Esa memoria no se borra con un informe ni con una campaña, y tampoco con buenas intenciones.
Por eso, frente a una audiencia que desconfía, subir el volumen o prometer más solo confirma la sospecha. Lo único que suele funcionar es el tiempo, y el tiempo no se puede comprar ni acelerar.
Consultado sobre cómo se atraviesa esa desconfianza, su respuesta no ayuda a vender nada.
«Creo que no hay recetas mágicas, es aguantar el tiempo suficiente haciendo las cosas bien como para que la desconfianza se caiga sola.»
Con eso Emiliano Schenfelt no parece incómodo. Habla del asunto como un productor habla del clima, sin indignación y sin pedir que le hagan una excepción.
Queda una idea que se desprende de todo su planteo aunque Emiliano Schenfelt no la formule así. La persona que guarda sus ahorros en el placard hace, a su manera, lo mismo que él propone, que es descartar rápido lo que no entiende. Le falta el paso siguiente, y ese paso es el que nadie le explicó nunca con la calma suficiente.
