A comienzos de junio de 1985 un exrector universitario de izquierda publicó en El Caribe un artículo de profundo contenido antisemita, en el que apuntaba el carácter «milenario» de la cultura jordana, calificando a los judíos de nazistas.
La verdad es que Jordania fue un invento de la Oficina Colonial Británica en Palestina y que su antigüedad se remonta apenas a comienzos de 1920. Antes de esa época no existió pueblo ni cultura jordanas, ni nada parecido.
Los ingleses, que habían desalojado a los turcos de Palestina, desistieron de todos sus compromisos con los judíos contemplados en la famosa Declaración Balfour, cuando en los inicios de los años 20 se descubrió petróleo en el Golfo Pérsico. A medida que aumentaban los intereses británicos en la región, se hacía evidente la conveniencia de un fortalecimiento de los vínculos con los árabes, a expensas de las aspiraciones judías.
En la margen oriental del río Jordán, los británicos crearon, sobre más de un setenta por ciento del territorio de Palestina, un reino títere denominado Transjordania (que luego se transformaría en Jordania), al frente del cual colocaron a Abdullah, uno de los hijos de Sharif Husain, jefe del clan hachemita del sector Hijaz de la península Arábica y descendiente directo de Mahoma.
Como hachemita, Abdullah era pues un extraño en Palestina. Los hachemitas habían desempeñado un papel importante en el florecimiento del Islam. Pero la familia de Abdullah quedó relegada, como guardianes menores de La Meca y Medina, cuando el centro de la religión fue llevado de Arabia a Damasco y luego a Bagdad.
Como un foráneo en la tierra que gobernaba, Abdullah carecía del respaldo de otros líderes árabes. Nasser, de Egipto, recelaba profundamente de sus intenciones. No le perdonó nunca el papel que había jugado en la guerra de 1948 cuando, una vez en poder de la Jerusalén antigua, detuvo a sus tropas de la Legión Árabe, otra creación británica, al mando del general inglés John Glubb, mientras los judíos vencían a los egipcios en el Negev y el Sinaí.
Tampoco gozaba Abdullah (como por igual ocurrió después con su sucesor el monarca Husseín) del favor de los sauditas, temerosos de sus manifiestos deseos de venganza por la expulsión de los hachemitas de Arabia. Los sirios sospechaban igualmente de él, por sus pretensiones anexionistas de una Gran Siria bajo su égida y los palestinos le tenían como un tirano.
Abdullah fue asesinado por un fanático palestino, a las puertas de la mezquita de Al Aska, en Jerusalén, cuando hacía una peregrinación al santuario islámico del Domo de la Roca. Su muerte fue celebrada en todo el mundo árabe y el ascenso de su hijo, el emir Talal, recibido como el comienzo del fin del dominio británico.
Talal no duró mucho. La mayor parte de los años anteriores la había pasado en un manicomio suizo, desde donde fue llamado para suceder al rey asesinado. Fue ante la imposibilidad de que pudiera retener el poder que se designó como su sucesor a su hijo mayor, Husseín, nieto de Abdullah, quien rigió a Jordania como un déspota desde 1953. De hecho, Jordania es el más artificial de los países creados por el imperialismo hasta la fecha. No existe siquiera un grupo étnico jordano, ni mucho menos una cultura, historia o tradición jordana con anterioridad a la creación del reino.
Tampoco hubo movimientos a favor de la creación de esa monarquía antes de la decisión británica de posesionar allí a un hachemita como parte de sus planes de consolidación del poder colonial en Palestina. La dinastía hachemita, al frente de la cual se encuentra ahora un hijo de Husseín, es un curioso caso de importación inglesa.
Nasser, que tanto solía llamar a Husseín hermano como acusarle de prostituta, tenía a Jordania como un instrumento del imperialismo en el Oriente Medio. Y los baathistas sirios y el coronel Gadhafi llegaron a ponerle precio a su cabeza.
El «aprecio» de Husseín por los palestinos quedó de manifiesto en la sangrienta batida de 1970, conocida por Septiembre Negro, cuando expulsó a las guerrillas palestinas de Jordania, obligándolas a huir al Líbano. De modo que si se ha propagado alguna vez una gran mentira, esa fue la del prestigio de Husseín entre sus hermanos árabes, con los cuales estuvo, desde el comienzo mismo de su reinado, que duró hasta su muerte, en conflicto permanente.
El calificativo de nazistas dado por el exrector en el artículo citando a los judíos era fruto del fanatismo. Como se sabe, los judíos echaron a un lado sus diferencias con los británicos para engrosar las filas de ejército inglés, opuesto ya en 1939 a la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina, cuando la Segunda Guerra Mundial extendió la amenaza hitleriana sobre el Oriente Medio. Los árabes, en cambio, colaboraron estrecha y entusiastamente con los alemanes.
Las simpatías de los líderes musulmanes por el Eje eran ampliamente conocidas y el mutfí de Jerusalén dirigió desde Radio Berlín ardientes proclamas pro-nazis y exhortaciones a favor del exterminio de los judíos. Esa fue la historia real del progresista reino de Husseín y su amistad con los hermanos árabes.
