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Leópolis (Ucrania), 4 jun (EFE).- Dolor, orgullo y determinación para seguir luchando es lo que sienten miles de ucranianos que asisten a los funerales para despedir a sus compatriotas caídos en combate para detener los avances rusos.

En el homenaje a Irina Tsibuj, una conocida médico de combate voluntaria de 25 años del batallón ‘Hospitallers’, enterrada en tarde del lunes, todos estos sentimientos emergieron a flor de piel.

Fue despedida por una gran multitud que se congregó en el cementerio militar de Leópolis (oeste), donde no se escuchó ni un ruido cuando, uno a uno, los asistentes le dieron su último adiós.

Muchos no pudieron contener las lágrimas al arrodillarse ante el féretro cerrado de Tsibuj, que perdió la vida en el frente de la región de Járkov a finales de mayo.

Sin embargo, en lugar de vestir de negro, la mayoría acudió con las coloridas ropas tradicionales bordadas de Ucrania, las ‘vyshyvankas’, tal y como quería la propia Tsibuj.

Mientras la velaban, la multitud entonó sus canciones favoritas.

«Quiero que todos canten para apagar la pena», había escrito en las instrucciones que dejó para su funeral.

Dignidad más que tristeza

Tsibuj escribió esas instrucciones pues se anticipó a la muerte tras haber escapado de ella muchas veces en los más de dos años en los que trabajó en operaciones de rescate de soldados heridos.

«Soy feliz. Estoy aquí [en el frente] por mi propia voluntad. Porque mi dignidad lo quiere», leyó el hermano de Tsibuj, Yuriy, de su testamento.

«La libertad es el valor más elevado. Para tener la fuerza de ser libre, hay que ser valiente. Porque sólo los valientes tienen felicidad y es mejor morir corriendo que vivir pudriéndose», escribió también mientras instaba a los asistentes a su funeral a no lamentarse por mucho tiempo.

El hecho de que se preparara para su funeral a pesar de tener sólo 25 años es «desgarrador», declaró a EFE Katia, de 29 años y natural de Leópolis, durante la ceremonia.

«Todo lo que escribió, sus valores y lo que hizo para protegerlos, resonó mucho en mí», subrayó.

Katia señaló que, antes de su muerte, Tsibuj, directora de medios de comunicación en su vida civil, trabajó para institucionalizar formas de honrar a los caídos.

Ella dijo que esperaba que, tras el entierro de Tsibuj, más gente pueda sentir menos dolor y se centre en la dignidad al despedir a los soldados caídos.

Banderas para el último adiós

«Soporto la sangre, tener trozos de carne encima, la fatiga, el estrés. Pero son los sonidos de dolor de nuestros heridos los que permanecen bajo mi piel, con una tonelada de odio que nunca podré digerir en perdón», escribió.

Cientos de banderas ucranianas ondean sobre el gran cementerio, a escasos cientos de metros de la maternidad en la que nació Tsibuj. Todos los días se celebran allí varios funerales mientras los cuerpos de los asesinados regresan a casa desde el este.

«Lo único que la sociedad debe de verdad a los soldados es reemplazarlos en las trincheras», solía decir Tsibuj.

Instaba a los que aún no estaban alistados en el ejército a prepararse, advirtiendo que Rusia no dejará de enviar a su propia gente a la muerte para mantener su agresión durante mucho tiempo.

Convencidos de la lucha por la libertad

Artem, informático de 35 años, declaró a EFE durante el funeral que experimenta una difícil mezcla de emociones.

«Llevo dos años ayudando a recaudar fondos para el Ejército. Pero no es suficiente. Algo se rompe por dentro cuando personas como Tsibuj se van. Creo que es un motivo crucial para que muchos acaben alistándose en el Ejército», explicó.

Aunque reconoció sentir miedo, también afirmó que son tiempos históricos en los que los ucranianos pueden luchar por su libertad.

«Existe el deseo de estar entre los fuertes y no ser alguien que se esconde y sigue viviendo como si no pasara nada», explicó antes de señalar que es injusto que un número relativamente pequeño de defensores proteja a toda la nación.

Para Tsibuj, el amor era el principal motivo: «El amor es la razón por la que aún existimos y tenemos fuerzas para luchar».

«Viví. Amé. Luché». Así termina su testamento, leído por su hermano antes de que la entierren

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