No es nada ilógico presumir que a las universidades se va a estudiar. Éste no era precisamente el caso en mis años de universitario. Una fiebre revolucionaria invadía las aulas y era un pecado imperdonable, que a veces se redimía con autocrítica o una paliza, mostrarse indiferente a ella.
Tenìamos un horario tan apretado de actividades que no alcanzaba el tiempo para una cosa tan banal como el estudio. Recuerdo que un miércoles teníamos un examen muy importante. Dos días antes un compañero entregó un papelito. Ese lunes, nos decía, se celebraría una reunión con dos camaradas puertorriqueños a las cinco de la tarde y al día siguiente un mitin de protesta.
Como no nos parecía que hubiera ocurrido nada importante que ameritara una movilización alguien se aventuró a preguntarle: .¿Contra quién camarada?. El hombre meditó un momento, hizo un raro ademán con la cabeza , muchos revolucionarios hacían raros ademanes cuando hablaban como para dar énfasis a lo que decían., y nos enrostró: “Ya encontraremos algo, no se preocupen”.
Las movilizaciones tenían sus inconvenientes. Primero podían ser convocadas indiscriminadamente en períodos importantes de docencia y segundo estaba la Policía y su inveterada y condenada costumbre de echar sus gases. Los más sensatos de entre nosotros bendecían esta circunstancia feliz de que los agentes tuvieran preferencias por sus gases y no por los feos revólveres que pendían de sus cinturas o algunas aún más horribles metralletas, que a veces les daba con usar.
Una vez en medio de una prueba parcial, un revolucionario de mérito probado, decidió que era tiempo de acercarnos a la protesta que en ese momento se efectuaba en las afueras del Alma Máter. Ni siquiera el profesor objetó la sugerencia. Total era un estudiante tan consagrado a la causa que no se arrepentía de haberse inscrito, en los últimos seis años, en cuatro diferentes escuelas y facultades.
Los aires nuevos habían transformado tan radicalmente la relación tradicional alumno-profesor que era común quecualquiera de nosotros irrumpiera en la oficina del decano sin permiso y le dijera: “¡Oiga, macho!, ¿dónde están mis notas”., sin ninguna consecuencia.
Un amigo decía filosóficamente que ese caso era “unsimple conflicto de vocación”, aunque su frase preferida era la de “vivo entregado a una lucha justa” y otras cosas que casi nadie a su alrededor entendía y que aquel se creía sinceramente.
Jugar a la revolución tenía sus riesgos. En una ocasión, después de un mitin en el campus, un líder detuvo a la multitud alzando el brazo. En un momento pareció que se extrañaba de su propio gesto, vio que tenía la mano abierta y se apresuró a cerrar el puño en actitud amenazante. Una voz le dijo: “No vacile compañero”, y el hombre rápidamente se olvidó del liderazgo y se confundió en el grupo. Fue esa vez que, a falta de dirección, la columna en que me encontraba se dirigió, casi sin percibirlo, hasta los límites del recinto, donde esperaba una dotación policial lista para entrar en acción.
Cuando me percaté de dónde estábamos era ya tarde. Alguien lanzó una piedra y del otro lado comenzaron a lanzar gases de una forma brutal. Se produjo una desbandada y yo traté de colarme por el patio del hospital. Fue un error, porque de ese lado estaban más agentes al acecho. Una bomba estalló delante de nosotros y nos produjo náuseas. No obstante corrimos como se hace en un partido de béisbol, pudiendo escabullirnos por detrás del edificio de Alma Máter, donde algunas reses pastaban indiferentes.
Esto era casi una rutina diaria. Y nunca sorprendía el hecho de que siempre entre los que escapaban estuvieran aquellos que momentos antes agitaran con más frenesí a la muchedumbre estudiantil. En esa oportunidad habíamos estado protestando por la represión en América del Sur y cuando llegamos al día siguiente a la universidad nos percatamos de que teníamos otra cita con la historia para protestar por la represión contra nosotros mismos en la víspera.
Esa semana fue muy activa. Nos movilizamos en contra de la guerra de Vietnam, la persecución de estudiantes en Roma, el militarismo norteamericano, en favor de una amnistía, el arreglo de las calles, la reforma de la educación y creo que en contra de la dirección en que soplaba el viento.
Había varios métodos para congregar a una multitud en el recinto universitario y promover una manifestación. El más expedito y persuasivo era el siguiente: dos o tres miembros del comité del curso, la facultad o del edificio, penetraban sin permiso al aula en plena clase y dirigiéndose a los alumnos convocaban a una reunión media hora más tarde en el paraninfo. Esto bastaba para que el aula se vaciara.
No había quien se les opusiera. En mi época, ¡qué tiempos aquellos!, jugar a la revolución era estar a la moda. Nadie quería ser arcaico, retrógrado o reaccionario. Había unos cuantos epítetos más que a menudo se reservaban a los profesores, los decanos y al rector. Para este último había una lista que terminaba al dorso. Los motivos y las consignas no importaban mucho. El asunto era mantener activa la lucha por las reivindicaciones del pueblo y no recuerdo ahora qué otras historias que entonces se repetían casi por el hecho de hacerlo. Sin embargo, había que tomar parte en el juego porque la revolución y el pueblo lo reclamaban. Naturalmente, era un sistema, igual que otro, de mantener la forma.
Los profesores, por regla general, no se oponían a los programas de lucha de la federación de estudiantes. Muchos de ellos eran personas sumamente ocupadas que aprovechaban esta consagración estudiantil por los intereses del pueblo y la lucha por la soberanía nacional, la autodeterminación de las naciones y el descalabro del imperialismo, para atender sus asuntos particulares, como por ejemplo, estar más tiempo en sus consultorios, regresar a sus bufetes de abogados, inspeccionar la construcción de un edificio o, simplemente, sorber una taza humeante de café en El Conde con unos amigos, para analizar la problemática nacional y arreglar el mundo.
La universidad vivía tiempos, vientos podría decirse, de reforma. La antigua concepción aquella del profesor atildadamente ataviado, dirigiéndose con solemnidad a los alumnos y exigiendo a éstos consagración y rendimiento, era cosa del pasado.
Todas las épocas tienen sus aberraciones y había la necesidad de superar aquella vieja y gastada estampa del paternalismo profesional que carcomía nuestra antigua, perdón, nuestra nueva universidad. Ahora los alumnos éramos el alma y el centro de la academia. La participación era completa y absoluta. La voz de los estudiantes era decisiva en todas las cuestiones universitarias. Había que consultarlos hasta para la designación de catedráticos y, por supuesto, para la cancelación de estos. Con frecuencia esto último era de su exclusiva competencia.
Supimos una vez de la discusión que generó una propuesta para suspender a un profesor. Nuestro representante no se había dejado chantajear en la reunión del Consejo, o no recuerdo de qué organismo de facultad, que había conocido el caso ese día. Para mantenernos al tanto de cuanto ocurría entró tranquilamente al curso, en plena clase, se excusó con el profesor, a quien pidió que saliera un momento del aula, y nos explicó.
La razón estaba de parte del estudiantado. El decanato o la rectoría alegaban incumplimiento de parte del catedrático en los horarios de docencia, pero esto no era más que un acto de represalia contra un consagrado revolucionario que tomaba parte activa en todas las movilizaciones y había pronunciado, en las dos semanas anteriores, por lo menos quince discursos vibrantes en el Alma Máter, la última asamblea de facultad, el piquete frente al Palacio, la marcha por la avenida Independencia y el sepelio de aquel mártir y héroe del pueblo (esas fueron las palabras que él usó en el panegírico), caído perforado por la bala asesina de un guardián de la oligarquía, que había reprimido brutalmente la última demostración por los predios universitarios.
Negociar era una claudicación en esa etapa de lucha revolucionaria y eso era lo que pretendían un lunes los funcionarios universitarios que se proponían acudir al Palacio a una reunión para discutir el aumento del presupuesto. Lo heroico y revolucionario era reclamar con energía las justas demandas de mayores partidas presupuestarias. Por eso nos convocaron a una movilización por los alrededores del campus.
El presupuesto era importante, pero más que eso lo que tenía significado era la forma en que éste se conseguía. Sería indigno del pueblo lograrlo a través de métodos impuestos por sus enemigos tradicionales.
La voz, temblorosa y chillona, se alzó por encima de la vocinglería de la multitud aquella tarde: “Van a Palacio a vender nuestra universidad. Van a Palacio a consumar la más terrible traición que se haya cometido contra el pueblo y la universidad que le pertenece”.
Los discursos se sucedieron uno tras otro. Estudiantes, decanos y profesores se confundían en una extraña y emotiva hermandad, decía un orador, que proyectaba en toda su magnitud la clase de lección que se estaba escribiendo para la posteridad. Un profesor puso los puntos que faltaban: “Duarte, Sánchez y Mella (¡no dejes a Luperón, camarada!, le gritó alguien) nos hicieron independientes de España. Nosotros nos haremos independientes del imperialismo. y la multitud abandonó el recinto a enfrentar las tropas que esperaban unas cuantas cuadras más adelante.
Para a la mañana siguiente acudir a un nuevo mortuorio a escuchar otras oraciones revolucionarias sobre el cuerpo acribillado de alguien que ofrendó su vida para mantener viva la llama de la revolución.
(Extraído del capítulo 9 de mi libro “El mundo que quedó atrás” , 2002)
