El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) reveló que las normas sociales y las creencias sobre la crianza contribuyen a mantener la disciplina violenta contra niños, niñas y adolescentes en República Dominicana.
La organización citó los resultados de la ENHOGAR-MICS 2025, según los cuales solo el 12.1 % de las madres y personas cuidadoras considera necesario el castigo físico, mientras el 54.9 % de los niños y niñas de 1 a 14 años fue disciplinado mediante algún método de violencia. La proporción aumenta al 61.4 % entre los menores de 3 y 4 años.
Para explicar esta contradicción, Unicef realizó un estudio cualitativo sobre los determinantes sociales, psicológicos y ambientales que favorecen la permanencia de estas prácticas.
La investigación, basada en entrevistas a 431 personas y el análisis de 110 variables, identificó normas sociales que presentan la violencia como una forma de corrección o autoridad y que contribuyen a reproducirla en la crianza.
El estudio también analiza las diferencias en los tipos y niveles de castigo durante las distintas etapas de la vida, así como la influencia de factores como el género, la edad, la discapacidad y la racialización.
“Todavía existe una idea profundamente arraigada de que para que un niño o niña respete hay que hacerle sentir miedo”, afirmó Carlos Carrera, representante de Unicef en el país, quien planteó el desafío de promover formas de establecer límites y ejercer autoridad sin recurrir a la violencia. Unicef advirtió que la exposición a la violencia durante la infancia puede generar estrés tóxico y afectar el desarrollo cerebral, la salud, el aprendizaje y el bienestar de niños.
Las creencias que legitiman la disciplina violenta
Uno de los principales hallazgos del estudio es que persiste la idea de que la violencia constituye una forma válida de corregir o de educar.
Las creencias sobre la obediencia, la autoridad adulta y el comportamiento esperado de niñas, niños y adolescentes pueden hacer que el castigo se perciba como justificado, incluso cuando vulnera sus derechos.
Estas ideas se transmiten entre generaciones y se refuerzan mediante las expectativas sociales sobre cómo deben ejercer la disciplina las madres, los padres y las personas cuidadoras. El temor a ser considerados permisivos o malos padres puede llevar a algunos adultos a recurrir al castigo violento para obtener reconocimiento social.
A su vez, la ausencia de lesiones visibles y la percepción de que el castigo fue proporcional a la conducta pueden dificultar que estas prácticas se reconozcan como formas de violencia.
Un testimonio recogido durante la investigación ilustra cómo las ideas de obediencia y autoridad pueden utilizarse para justificar el castigo físico. Uno de los padres entrevistados relató un episodio en el que exigió a una niña que realizara una tarea doméstica en la casa.
A partir de entrevistas a 431 personas, la investigación identifica las normas sociales que fundamentan, reproducen y perpetúan la disciplina violenta como forma de crianza.
