La victoria de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta presidencial de Colombia, el pasado 21 de junio, sumó un nuevo país a una tendencia que se ha extendido por América Latina en los últimos años: el ascenso de líderes que ofrecen seguridad y orden a cambio de medidas más severas contra el crimen.
El abogado y empresario, que asumirá el 7 de agosto en reemplazo de Gustavo Petro, se impuso por un margen estrecho, cerca de un punto porcentual, al senador de izquierda Iván Cepeda, en una de las elecciones más reñidas de la historia reciente del país.
De la Espriella centró su campaña en la seguridad, el combate al narcotráfico y los grupos armados, la reducción del tamaño del Estado y la rebaja de impuestos.
Entre sus propuestas figuran la construcción de diez cárceles de máxima seguridad operadas por empresas privadas, inspiradas en el modelo salvadoreño, el bombardeo de campamentos de grupos ilegales y el regreso de la fumigación aérea contra los cultivos de coca.
El propio candidato se ha declarado admirador de los presidentes Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump, y del político chileno José Antonio Kast. Trump respaldó públicamente su candidatura durante la campaña.
El modelo salvadoreño como referencia
El punto de partida de esta corriente suele ubicarse en El Salvador. Desde 2022, el presidente Nayib Bukele mantiene un régimen de excepción que ha permitido a las fuerzas de seguridad encarcelar a decenas de miles de presuntos pandilleros, muchos de ellos en una megacárcel construida para ese fin.
El gobierno salvadoreño atribuye a esa política una fuerte caída en las tasas de homicidios, mientras que organizaciones de derechos humanos denuncian detenciones sin debido proceso y una concentración de poder en torno a la figura del presidente.
El esquema se ha convertido en referencia para sectores de derecha en la región, aunque varios analistas advierten que es difícil de replicar.
Señalan que El Salvador es un país pequeño y que factores como el tamaño del territorio y la naturaleza de las organizaciones criminales condicionan los resultados.
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Ecuador, donde se construyeron cárceles y se militarizaron las calles, suele citarse como un caso en el que esas medidas no lograron contener la violencia.
Una región que se inclina a la derecha
La elección colombiana se inscribe en un ciclo más amplio. Según el analista Daniel Zovatto, la derecha ha ganado doce de las últimas quince elecciones presidenciales en América Latina.
Hoy gobiernan presidentes de ese signo en buena parte de la región, desde figuras de línea dura como Bukele, Milei o Kast hasta gobiernos de centroderecha en países como Bolivia y Perú. Quedan como excepciones México, Uruguay y Brasil, este último con elecciones en octubre.
En Argentina, Javier Milei llegó al poder en diciembre de 2023 con un programa de recorte del gasto público y un protocolo para despejar bloqueos en las calles. En Ecuador, el presidente Daniel Noboa apostó por la militarización frente al avance del crimen organizado. Analistas coinciden en que la inseguridad y el crimen organizado se han convertido en la principal preocupación ciudadana en muchos países, y que ese factor ha favorecido a las propuestas de mano dura. El director de la organización WOLA, Adam Isacson, sostiene que parte del electorado está dispuesto a aceptar resultados rápidos aun a costa de ceder derechos.
A ese contexto interno se suma un factor externo: la influencia de Donald Trump desde su regreso a la Casa Blanca. El presidente estadounidense ha respaldado a candidatos afines en la región, como ocurrió con De la Espriella en Colombia.
Un debate abierto
El avance de estos liderazgos mantiene abierta una discusión sobre sus efectos. Sus partidarios destacan la reducción de la criminalidad en El Salvador y la promesa de respuestas inmediatas. Sus críticos advierten sobre el riesgo de violaciones a los derechos humanos, la erosión del Estado de derecho y la normalización de los estados de excepción.
El caso colombiano será observado de cerca. De la Espriella deberá gobernar un país con una historia de conflicto armado y una institucionalidad distinta a la de El Salvador, y con un Congreso en el que necesitará construir mayorías. La elección, ajustada y polarizada, deja también la incógnita de cómo se desarrollará la transición con el gobierno saliente de Gustavo Petro, que durante la jornada cuestionó el conteo de votos.
