Santiago, ciudad de Salud: de la capital hospitalaria del Cibao al hub de innovación sanitaria del Caribe

La única ciudad del país con un sistema de grandes hospitales de tercer nivel y atención acreditada tiene ante sí una oportunidad que no volverá a presentarse en las mismas condiciones.

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Por Héctor Sánchez (Presidente de la Alianza Turismo Salud de Santiago y miembro fundador de la Asociación de Turismo de Salud Republica Dominicana)

Hay ciudades que se definen por lo que producen y otras por lo que resuelven. Santiago de los Caballeros ha sido, durante décadas, la ciudad que resuelve la salud de gran parte de nuestro país, como quedó demostrado con la crisis sanitaria en la pandemia de Covid. Lo que ha cambiado en los últimos años es la escala del problema que resuelve y el estándar con el que lo hace. Hoy Santiago es la ciudad de la República Dominicana que reúne, en un mismo territorio, un sistema de grandes hospitales de tercer nivel y una atención verificada por acreditadores internacionales. Ese hecho, que solemos dar por sentado, es en realidad un activo estratégico que merece un nombre propio: Santiago, ciudad de la Salud.

Los datos sostienen la afirmación. Solo en el Hospital Metropolitano de Santiago, con 368 camas, 21 quirófanos y dos salas de hemodinamia, se atendieron en 2025 más de 22,900 ingresos hospitalarios y 50,393 emergencias, con una mortalidad hospitalaria del 1.36 %, por debajo del estándar internacional, y una mortalidad materna de cero. En junio de 2026, Accreditation Canada otorgó al HOMS la categoría Platino de su modelo Qmentum tras verificar 1,868 de 1,949 criterios, un cumplimiento del 95.8 %. Es el primer y único hospital dominicano en alcanzarla. Meses antes se había convertido en el primer centro del país certificado bajo la norma ISO 22525 de turismo médico. Y desde 2013 opera el primer programa de cirugía robótica da Vinci de la República Dominicana. La distinción es del hospital, pero la referencia es de la ciudad: ningún acreditador evalúa un edificio, evalúa un ecosistema de profesionales, procesos y cultura que Santiago ha ido construyendo con paciencia.

Lo relevante es que esa capacidad no está sola. Alrededor de ella existe una universidad con vocación investigadora, otros centros hospitalarios de gran tamaño, un tejido de clínicas y especialistas, hoteles integrados a la actividad sanitaria y un aeropuerto, el Cibao, que vuela directo a Nueva York, Newark, Boston, Miami, Fort Lauderdale, Atlanta y, desde mayo de 2026, Filadelfia. La ampliación en curso de la terminal, con más de US$300 millones de inversión y una pista de 3,000 metros, no es un dato aeroportuario: es un dato sanitario. Más rutas y más frecuencias significan más pacientes con acceso directo a Santiago, sin escalas ni traslados largos, que es exactamente lo que necesita quien viaja para operarse.

El mercado está esperando. El turismo de salud dominicano alcanzó en 2025 los US$1,300 millones según el Ministerio de Salud Pública, con más de 300,000 pacientes internacionales al año, de los cuales más del 80 % son dominicanos residentes en Estados Unidos. El país ocupa la primera posición del Caribe en el Medical Tourism Index. Santiago no compite con Santo Domingo por ese mercado: compite con Medellín, San José y Bogotá, y lo hace con una ventaja que ninguna de ellas puede replicar, el vínculo familiar con esta ciudad.

El marco legal también se mueve en nuestra dirección. El proyecto de ley que regula el turismo de salud, aprobado en el Senado, declara esta actividad de prioridad nacional, crea un Consejo Consultivo de Turismo de Salud y un Fondo Nacional para su promoción, y establece un régimen de habilitación e incentivos. Su artículo 15 es clave: solo las clínicas que brinden servicios de salud de tercer nivel podrán servir al turismo de salud y acogerse a la ley. Sus considerandos añaden que el desarrollo del sector fortalecerá la medicina nacional mediante certificaciones y acreditaciones internacionales y promoverá la competencia por calidad, innovación y resultados. Es difícil imaginar una descripción más precisa de lo que Santiago ya es. Cuando esa ley se promulgue, la ciudad que tenga más hospitales de tercer nivel acreditados será la que mejor pueda aprovecharla, y esa ciudad es la nuestra.

Pero ser ciudad de la Salud no es un título honorífico; es una responsabilidad y, sobre todo, un punto de partida. El paso siguiente es convertir a Santiago en el hub de innovación sanitaria del país y del Caribe, y aquí conviene ser exigentes con el significado de la palabra innovación. No se trata solo de tecnología, aunque la tecnología llegue. Se trata también de innovación en la forma de organizar y financiar la atención. La evidencia europea recogida por ESADE y Antares Consulting es contundente: los sistemas que han pasado a financiar hospitales por actividad, complejidad y resultados han ganado transparencia, eficiencia y calidad. Ese salto exige contabilidad de costes, datos clínicos comparables y una cultura de medición. Es decir, exige exactamente lo que una acreditación Platino obliga a construir. Santiago tiene hoy la masa crítica de hospitales y de datos para ser el laboratorio donde el país ensaye un modelo de pago por valor, con ARS primero y con contratos directos con aseguradoras internacionales después.

Un hub, sin embargo, no lo construye un hospital solo. Ninguno de nosotros puede sostener por su cuenta la investigación clínica, la formación de perfiles escasos como medicina nuclear, radiofísica o electrofisiología, ni la promoción internacional de un destino. Por eso el modelo que proponemos descansa en tres reglas sencillas. Primera, una gobernanza neutral que administre los espacios de cooperación sin que nadie sienta que cede ventaja competitiva: en el sistema hospitalario de Santiago competimos en lo que nos diferencia y cooperamos en lo que nos beneficia a todos si lo compartimos. Segunda, reglas claras sobre los datos: qué información se pone en común, con qué fines, y cuál no se compartirá jamás. Tercera, la universidad como pegamento: la investigación clínica conjunta con Universidades es lo que convierte a un grupo de hospitales en un ecosistema de conocimiento.

El Consejo para el Desarrollo Estratégico de Santiago tiene en el Plan Estratégico 2030 el instrumento natural para articular esta agenda: una mesa de ciudad para el turismo de salud, la gestión conjunta de incentivos ante las autoridades nacionales, la alianza Estado-universidad-empresa, la formación de talento sanitario especializado y la lectura sanitaria de la conectividad aérea. Ninguna de esas tareas exige grandes recursos del Consejo. Exigen convocatoria, articulación y voz colectiva, que es precisamente su mayor activo.

Hace tiempo aprendí que el corto plazo y el largo plazo empiezan el mismo día. Las inversiones que hoy se ejecutan en Santiago, las rutas que hoy abre el aeropuerto y la ley aprobada en el Senado son las piezas del Santiago de 2035. Ese Santiago puede seguir siendo una ciudad con buenos hospitales, o puede ser la ciudad de la Salud de referencia del Caribe, donde el 15 % de la actividad de sus centros provenga de pacientes internacionales y donde se investigue, se forme y se innove en salud para toda la región. La diferencia entre un escenario y otro no la marcará la tecnología, que ya está aquí, sino nuestra capacidad de actuar como ciudad. Porque crecer, al final, no es solo avanzar: es lograr que más personas avancen contigo.

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