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El 2 de octubre, reto para la paz en Colombia

Mañana se cumplen 147 años del nacimiento, el 2 de octubre de 1869, en la ciudad costera de Porbandar, situada en el extremo noroeste de la India, en la región de Gujarat, de Mohandas Karamchand Gandhi, a quien el poeta Rabindranath Tagore bautizó&#82

Mañana se cumplen 147 años del nacimiento, el 2 de octubre de 1869, en la ciudad costera de Porbandar, situada en el extremo noroeste de la India, en la región de Gujarat, de Mohandas Karamchand Gandhi, a quien el poeta Rabindranath Tagore bautizó como Mahatma “Gran Alma”, título con el que con absoluta modestia, nunca se sintió a gusto, pero con el que el mundo entero le conoce.

Aunque Mahatma Gandhi fue el artífice de la independencia de la India en 1947 muy raras veces la gente lo conoce por esa proeza, sino mucho más por su profundo activismo pacífico, así como por su lucha no violenta en pos de la abolición de las castas, armonía entre religiones, justicia social y transformación de las estructuras económicas en favor de los seres humanos.

En honor de este formidable ser humano que veía la no violencia como “la mayor fuerza a la disposición de la humanidad (…) más poderosa que el arma de destrucción más poderosa concebida por el ingenio del hombre (sic)”, la Asamblea General de la ONU declaró el 2 de octubre como el “Día Internacional de la NO Violencia”.

Mañana, justo bajo el paraguas de la grandiosa simbología que encarna esta fecha, los colombianos decidirán por medio de un plebiscito el destino de los acuerdos de paz a los que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y los negociadores de las FARC EP arribaron en La Habana, Cuba y que fueron firmados por ambas partes en Cartagena el pasado 26 septiembre.

En Colombia, como en otros países de América Latina, el plebiscito como mecanismo de democracia directa tiene carácter vinculante, por lo que, de los resultados de este domingo dependerá el destino de los diálogos de paz iniciados en el año 2012 y que han culminado en unos acuerdos sobre los cuales, aunque la visión general en Colombia y en toda Latinoamérica coincide en el deseo de una paz estable y duradera, muchos sectores se han expresado en contra, entre ellos los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana.

Los mecanismos de democracia directa, aunque es el concepto más cercano a aquel que preconiza al pueblo –según Rousseau- como depositario final de la soberanía con capacidad de decidir libremente en beneficio de las mayorías, han convivido tanto con democracias como con autoritarismos, por lo que, su aplicación muchas veces ronda la frágil línea de instrumentos que, dependiendo de la fortaleza de las estructuras de poder frente a la institucionalidad plena del Estado, pueden convertirse de instrumentos fiables de control político en “instrumentos políticamente controlados”.

Latinoamérica en su totalidad celebra con Colombia el hecho de que puedan abocarse a vivir en paz, sin violencia y sin la amenaza constante de una organización que varió sus motivaciones iniciales de lucha por otras que trajeron llanto, dolor y penas a ese gran país, pero una buena parte cree firmemente que los responsables de tales actos, lejos de ser beneficiados con privilegios políticos y de otra índole, deberían pagar en buena justicia lo que en detrimento de ella mancillaron.

El pueblo, por medio del plebiscito tiene la última palabra.

El postconflicto, clave para una paz duradera

En 1957 Colombia celebró un plebiscito que puso fin al periodo de violencia resultante de la lucha entre liberales y conservadores que acabó con la vida de más de 200,000 personas. Las brechas esenciales entre los bandos y los puntos sobre los que versaba el conflicto nunca se sellaron completamente, razón por la cual, unos años más tarde todo el proceso vuelve a caer en la desagradable situación de resurgimiento de violencia que pervive en la figura de las FARC hasta hoy.

Obviamente, no solo fueron los desacuerdos políticos a nivel interno los que favorecieron el resurgimiento de la violencia y de movimientos guerrilleros en Colombia, sino también elementos externos que, como la guerra fría y la política de contención mutua de las potencias, llevaron a financiar a determinados grupos dentro de países con importancia estratégica como es el caso colombiano.

Estos grupos, al terminar la guerra fría, se ven a sí mismos abandonados a su suerte y deben, para subsistir apoyarse en modelos autárquicos que, como el narcotráfico, la extorsión y el secuestro, garantizara su supervivencia.

Por otro lado, las exigencias sociales que dieron pie al surgimiento de estos grupos nunca han sido, no solo en Colombia sino en toda América Latina, resuelto del todo. Mientras tanto, por espacio de más de medio siglo, el conflicto con las FARC ha provocado que ese país haya perdido cientos de miles de vidas.
De manera que, el postconflicto no solo fue determinante a partir de 1957 sino que también lo será a partir de mañana, cuando, gane el “SI” del presidente Santos o el “NO” impulsado principalmente por el expresidente Uribe.

Ambos tienen visiones distintas sobre lo que han debido ser estas conversaciones de paz, sobre los resultados finales y de seguro las tienen acerca del postconflicto.

Parecería a nuestro entender que la principal disquisición ronda en la concepción minimalista o maximalista que se pueden tener de los conflictos, de su resolución así como de los escenarios de postconflicto.

Ambas quieren terminar con la guerra pero desde diferentes visiones. La visión minimalista pretende superar las secuelas específicas del conflicto y reconstruir infraestructura –social incluso- destruida por los actores en pugna.

La maximalista no solo quiere detener la guerra sino que pretende generar condiciones diferentes para superar los factores estructurales que se convirtieron en caldo de cultivo para el surgimiento del conflicto, pasando por castigar a los responsables de las atrocidades cometidas.

Los maximalistas entienden, según Alejandro Bendaña, en su estudio titulado “What Kind of Peace is Being Built?” preparado en ocasión de la Agenda de la Paz para el Desarrollo, en el 2002, que “la paz es sinónimo de presencia de justicia en la que se incluyen todas la fuerzas y factores que impiden la realización de todos los derechos humanos de todos los seres humanos”.
En pocas palabras pareciera que la visión minimalista recoge escombros y la maximalista construye integralmente sobre ellos.

Ambas visiones necesitan ser fundidas en una posición intermedia que sirva para elaborar una visión postconflicto que, aparte de atender la emergencia humanitaria, cree las bases para un continuo desarrollo y cierre las posibilidades a un resurgimiento de violencia como el ocurrido a partir de la década del 60.

Las apetencias políticas particulares de los líderes deberían limitarse en este caso única y exclusivamente al bien común. La campaña por la presidencia en el 2018 no debe construirse sobre la base del destino de un pueblo al que le ha tocado sufrir ya bastante.

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