El ruido en la pintura de Colson

En la Real Academia de San Fernando, Madrid, tuvo la dicha de tener como profesor a Joaquín Sorolla

Alrededor de las tres de la tarde del 13 de enero de 1901, se oyó un grito en Tubagua, Puerto Plata, que asustó a las pocas familias que por ahí vivían. María González Colson le daba maíz a los cinco puercos que quedaban en el fondo del patio y salió corriendo a la casa donde encontró a Juana María, su madre, revolcándose de dolor.

  • Llegó la hora- le dijo con una sonrisa dolorosa.

    María se fue al patio sin poner un pie en el suelo, puso una lata de agua a hervir en el fogón, ensilló dos mulas y se fue a la velocidad del viento hacia Yásica para buscar a Petronila de los Santos, comadrona de fama local.

    Cuando llegaron ya Jaime Antonio Gumersindo González Colson, rojo como pitajaya, lloraba en brazos de su madre.

    El pequeño comercio que le había dejado el marido, don Antonio, muerto repentinamente a los 50 años el año anterior, le permitió criar a sus hijos “como Dios manda”.

    Jaime, el último, tuvo una especial atención de su madre y un Edipo que le marcaría su personalidad, su carácter y vocación artística.

    Con 18 años, doña Juana no dudó en enviarlo a estudiar pintura a Barcelona.

    El barco que atravesaría el Atlántico lo esperaba en el puerto, sin prisa, fumándose tres chimeneas al mismo tiempo y disfrutando de las caricias de las olas.

    Barcelona lo deslumbró con sus calles iluminadas por los rayos que penetraban como cuchillos y prolongaban las sombras como el testimonio de las fotografías de Catalá-Roca. Pero quizás el catalán, que a él le parecía un español mal hablado, le hizo desistir de seguir en aquella enorme ciudad que más bien parecía un cementerio de catedrales.

La pintura de Jaime Colson

La misma maleta de cuero de chivo que trajo la empaquetó de nuevo y, en tren, se fue a Madrid. Aquí se acomodó mejor porque ya conocía, por los curas españoles de su país, aquel acento suave, más cercano al que él aprendió.

En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tuvo la dicha de tener a Sorolla de profesor.

Joaquín, por supuesto, detectó el gran talento del dominicano y puso su empeño, en vano, para que este siguiera aquella línea de la Historia del Arte. Solo logró que este, ya en 1925, demostrara que sí había aprendido las más difíciles técnicas cuando pintó su autorretrato, un óleo de 48 x 40 cm.

aproximadamente y, que quizás, sea su obra cumbre.

El ambiente de esos años era la revolución del Arte Moderno. Tanto Sorolla, como Boldini y Sargent, que continuaron creando obras maestras, fueron catalogados de mundanos.

La moda, que se inició con Staël, Cezanne y Juan Gris, era desconocer la Academia. Y eso no hubiera pasado más que como un capricho de rebeldía juvenil, si los comerciantes no hubiesen apoyado aquel movimiento.

Y justamente fue en esa época cuando se empezó a hablar mas del valor monetario de los marchant d’art que de la estética.

Picasso, con una inteligencia más grande que la Catedral de Gaudí, encontró el marchant perfecto que le vendía todo, mucho antes de que la obra fuera realizada.

Kahnweiler vendió a Picasso como lo mayor que ocurrió en toda la trayectoria del Arte. “¿Qué hubiera sido de nosotros, si Kahnweiler no hubiera tenido un sentido comercial?” declaró Picasso.

Pero no hay que equivocarse, a Kahnweiler le importaba un clavo el Arte, el Cubismo, y todas esas pendejadas que los “críticos” le atribuyen. Él solo pensaba en ganancia y Picasso fue su fuente. Para él dedicó miles de francos publicitándolo como lo inigualable, lo maravilloso, lo último.

Pero eso no lo entendieron los jóvenes de aquella época y menos Colson, que se olvidaron de los conocimientos para unirse al cubismo. El que no era cubista no valía ni una cáscara de guineo. El éxito empezó con la asociación de cantidad de cuadros vendidos.

Al momento de la verdad, en las exposiciones de estos jóvenes, volvió la narración de la canción “la bohemia” de Aznavour, donde ningún pintor vendía nada.

Y no podían vender porque solo había un cubista que no era ni Gris, ni Braque: ¡Era Picasso!
De manera que entre 1924 y 1934 Colson no logra ni ser Chirico y menos Picasso.

Con una desilusión más pesada que un yunque de herrero, llegó a México donde pasó dos años enseñando lo que aprendió en San Fernando, porque el cubismo no se enseña, se inventa.

Su vuelta a la República Dominicana fue más agria que dulce por la presencia de Trujillo y por los españoles refugiados que dominaban la parte cultural en las artes visuales.

Es obvio que Colson, seguidor de Picasso, rechazaba a estos artistas “atrasados, oportunistas, advenedizos y mediocres”.

Su amistad con Tomás Hernández Franco en aquellas bohemias infinitas de París lo lleva a hacer el retrato cubista de su amigo que fue aceptado como lo hacía Tomás con las caricaturas y se fortaleció mas al regresar a Ciudad Trujillo.

De paso por Tamboril compartió con su amigo rodeado de samanes y de buenas amistades como el profesor y poeta don Juan Collado. Allí se inspiró y realizó el segundo retrato dos años antes de la muerte del más grande escritor dominicano.

Es indudable que su relación de pareja con Toyo Yutaca le proporcionó un apoyo importante al igual que su relación con Díaz Niese, quien lo animó a volver y quizás le diligenció el puesto de Director de la Escuela de Bellas Artes.

En realidad Jaime Colson no necesitaba ni de Picasso, ni de Chirico y menos de Fernand Leger para crear su obra, como lo demuestra el autorretrato de 1925, “El lector” de 1942, “El mestizo” de 1955, “Muchacho con cachucha” de 1958 o “Muchacha” de 1968 y tantas otras obras con su sello.

Tanto María Ugarte como Manuel Rueda fueron grandes admiradores de su obra al igual que Bellapart, en cuyo museo se encuentra una parte muy importante de su obra para orgullo del arte, de Puerto Plata y del país.

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