El concepto de gobierno global, tan popular últimamente, empezó en 1492 con España. Nunca había existido un imperio que gobernara en los cinco continentes, en todas las ideas, creencias y en las artes. Más que el reino donde nunca se ponía el sol, fue el reinado de un Siglo de Oro.

En el 1550, Juan Pablo Mártir Rizo dijo que “los españoles son ejemplo que no parece excepción, pues siendo generalmente de estatura pequeña, la grandeza del corazón es tan grande que les da aliento, de forma que con su propio valor se han hecho dueños del mundo”.

Pero agua pasada no mueve molino y la España de hoy es más bien la España que no debe ser, la España de los reinos de Taifas, que no es más que eso, el devenir provinciano de la España de las autonomías. Un pensamiento provinciano que se ha apoderado de cualquier rincón que hable con un acento distinto al castellano y ya por ese signo distintivo, algunos políticos listillos se consideran representantes de un pueblo ancestral que merece respeto, autonomía, administraciones paralelas, poco curro y sobre todo que sea representado por esos políticos visionarios de la natural autodeterminación de su pueblete, pero siempre ad maiorem gloriam suam.

Al ver el cuadro con la pintura La Rendición de Granada de Francisco Pradilla y Ortiz, o leer a Lope de Vega uno compara esa España con la de las manifestaciones de los Indignados que quieren seguir viviendo la vida muelle y no queda más que indignarse. ¿Qué pasó de aquel pueblo orgulloso, trabajador, creativo y con la convicción de ser un pueblo elegido para “enderezar entuertos y salvar doncellas”? Quizás han olvidado una de sus creencias básicas de entonces y que hizo famosa el Conde Duque de Olivares: “Dios es español y está de nuestra parte en estos días”.

Aunque la duquesa-maja de Goya y la duquesa de Alba actual nos machacan enseñándonos que el mundo no es lo que era y que parece ser que España tampoco lo es, y que es don Quijote que cabalga en horas de desaliento y vacas flacas.

Este octubre, el estado de cosas no es como para celebrar, pero las crisis económicas van y vienen, y todavía queda mucha España por vivir. Entendiendo que el genio queda y esta España saldrá de su particular atolladero más temprano que tarde. Ya no como la España de los reyes católicos, pero sí como la España de vocación Americana, la del Siglo de Oro, la de Velázquez, la de Cervantes y la de los valores católicos profundos, y la de un corazón donde nunca se pone el Sol.
El autor es abogado
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