La presencia de Dios

    El mundo está convulsionado y lleno de momentos de tensión y de conflictos.  En nuestra nación se ha desatado una espiral de violencia muy amplia; se  ven a diario crímenes atroces, violencia intrafamiliar; el narcotráfico ha permeado una gran parte de la sociedad y el deseo de alcanzar riquezas de manera rápida y fácil es y sigue siendo su mejor fuente de cultivo.

    Muchos jóvenes no encuentran en sus hogares una formación y unos valores cristianos que les permitan caminar por una senda de amor, de solidaridad, de trabajo, de ayuda a los demás y de hacer lo correcto. Lo que están aprendiendo de la sociedad es que deben hacerse de dinero sin importar la forma de conseguirlo ni las consecuencias.

    Y es que en todos ellos y en una gran parte de la sociedad está sucediendo todo eso porque la presencia de Dios no está en los corazones de esos jóvenes  y de todos esas personas que son capaces de matar y de violar a otros seres humanos para robarles una cadena o para ganar el dinero fácil de las drogas.

    Contar con la presencia de Dios en nosotros nos transforma, nos convierte en seres humanos diferentes, respetuosos, amorosos, sin deseos de atentar contra nadie ni de hacerle daño a nadie.  Jesús nos dice muy claramente  que el primer gran mandamiento para los que le seguimos es “amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente...Y el segundo es semejante: amar a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22: 37-39).

    Para los que tenemos a Jesús en nuestros corazones es muy difícil que estemos pensando en provocar daño a nuestros semejantes; lo que hacemos es amarlos como a nosotros mismos.  Para nosotros, el dinero no puede ser la razón fundamental de nuestras vidas.

    Debemos tener a Dios por encima de todo y no permitir nunca que el afán de las riquezas sustituya la posibilidad de que, sin importar la situación que estemos atravesando,  el Señor nos dé esa paz que sobrepasa todo entendimiento, como dice Filipenses 4:7.  El afán desmesurado por las riquezas lleva a perder la visión de Dios y pone a actuar de manera equivocada.

    Y no es que dejemos de trabajar para conseguir dinero; no, de lo que se trata es de no dejar que el afán del dinero y su acumulación nos haga desviarnos del camino de Dios.

    Nuestro Padre Celestial es el dueño de todo el oro, de toda la plata y de todo el dinero del mundo y él nos dará lo que necesitemos si le entregamos nuestro corazón.

    El evangelio de Mateo capítulo 6, versículo 33, lo dice muy claro: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas vendrán por añadidura”.
    Euri Cabral es  economista y comunicador

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