En su incansable andar por el mundo y por la vida, defendiendo lo que a su entender, son las mejores vías hacia el progreso y la justicia social, Narzo, como lo llaman sus familiares y amigos más cercanos, se siente orgulloso de la senda que ha pisado. Su mayor satisfacción es no tener nada de qué arrepentirse, pero más aún, nada de qué avergonzarse. “Me siento orgulloso de la vida que he llevado, no tengo nada de qué arrepentirme, ni de lo cual me pueda sentir avergonzado y cuando salgo a la calle siento el reconocimiento de la gente”. En este espacio, comparte algunas vivencias imborrables, que forman parte de su historia de vida.
1. Primeros años
Nací en San Francisco de Macorís, en la calle Rivas cerca del parque. Mi abuela vivía frente a frente al parque, en una casita de madera que ya no existe, de esos días, de esos primeros días de la infancia me impactó mucho que estando en la casa de ella fue cuando se produjo el terremoto del 1946. Yo no había cumplido los cuatro años de edad. Fue muy fuerte, recuerdo que frente a la casa estaban el parque y la iglesia pintada de blanco y en el momento que estaba en la galería, en el momento que arreciaba el temblor, vi derrumbarse la iglesia y levantarse una tremenda humareda. Ese es un recuerdo de primera infancia que jamás olvidaré. Luego, escuché que el mar entró en Matancita, Matanzas. Recuerdo a las señoras mayores en las calles, arrodilladas, pidiendo clemencia ante este fenómeno de la naturaleza.
2. Nadador
Aprendí a nadar a los cinco años. Recuerdo un día que el salvavidas se pinchó. Vivíamos en Pueto Plata y La Poza del Castillo estaba en plena ciudad. Nosotros vivíamos en la calle Antera Mota, que era la calle donde también estaba la escuela primaria, un poco retirado del mar, pero los fines de semana íbamos a La Poza del Castillo o a Sosúa. La Poza del Castillo era muy frecuentada por los niños de entonces. Tenía una roca alta que salía y formaba una especie de trampolín, desde ahí nos tirábamos. Al principio, como no sabía nadar, me aferraba a un pequeño salvavidas, pero un día el salvavidas se pinchó. Fue así como aprendí a nadar.
3. Afortunado
Nunca olvidaré que viviendo en San Francisco de Macorís, yo le dije a papá, no sé por qué, que comprara en las quinielas el número 11. Papá lo hizo y se sacó 60 pesos con ese número. Como él sabía que yo era loco con la pelota, en esa época me gustaba jugar primera base, me regaló una trocha Wilson, creo que costaban 25 pesos, pero por un descuido mío me la robaron en el play y yo fui muy triste y se lo dije, y mi papá no dijo nada. Se fue y me trajo otra. Ese fue un gesto que recuerdo con mucho cariño.
4. Ejemplos de amor
Mis padres eran dos personas con una inmensa bondad. Papá era un hombre muy sencillo que había dejado de estudiar en el primer año de la universidad, quería estudiar Odontología, pero se dedicó a trabajar. Nunca tuvo riqueza. Era muy afectuoso con la gente sencilla. Era un hombre sumamente honesto, cuando lo despidieron, por un abuso de poder de los dueños de la casa Munné, salió con 13 centavos en los bolsillos, para él la honestidad era motivo de orgullo. Mi mamá era una persona muy sensible, dejó el bachillerato porque se casó muy jovencita con mi padre. Era una artista en potencia y después desplegó sus cualidades. También tenía una gran inclinación por la justicia.
5. Minerva Mirabal
El sueldo de papá no alcanzaba para sostener a la familia en la capital y mamá se las ingenió para montar una pensión de muchachas, además de mi hermano y yo que estábamos muy pequeños, mi hermano cursaba el octavo. En mi casa vivió también un primo mío llamado Joselín Rodríguez Conde y cuatro muchachas. ¿Cuáles fueron esas cuatro muchachas? Tomasina Cabral, Isaura Ventura y Minerva y María Teresa Mirabal. Eso marcó nuestras vidas. Minerva estudiaba los años finales de la facultad de Derecho y yo apenas estaba en la escuela intermedia. Ella estudiaba en voz alta y eran pocos los que podían estar en un espacio físico cercano estudiando con ella, yo sí, nunca tuve problemas con que ella estudiara en voz alta. De Minerva recuerdo su hermosa sonrisa y cuando la escuchaba declamar a Neruda. De María Teresa recuerdo su trenza hermosa, que muchas veces me ponía a trenzársela. El impacto de su muerte fue para nosotros tremendamente desgarrador.
6. El primer beso
Nunca olvidaré el día que le di el primer beso a Lourdes, que dicho sea de paso, fue en la mejilla, bajo la lluvia y en un parquecito de la universidad. Ya había un sí, pero faltaba el contacto de un beso. Era un día lindo porque había sol y comenzó a llover, nosotros estábamos en un parquecito que está al lado de la facultad de Medicina, entonces yo la abracé y la besé en la mejilla, que la tenía salpicada por las gotitas de agua lluvia. Le escribí un poema que se llama “Inseparablemente juntos”, que hace alusión a ese momento.
7. La Revolución de Abril
Estando en la clandestinidad estalló el contragolpe de abril y todo el proceso de conversión de ese contragolpe en una insurrección popular prácticamente victoriosa, hasta que intervinieron las tropas norteamericanas. Formamos parte de la Revolución y conocimos a los oficiales e intelectuales constitucionalistas y establecimos un vínculo muy intenso con ellos. Con apenas 22 años, ya tenía cargo de dirección en el partido, me tocó ser el comando político de la Revolución con Caamaño.
8. Sacerdote
Salí del país clandestinamente a finales del año 70. Salí vestido de sacerdote. No era tan calvo, tenía bastante cabello, pero me hice una calva para parecerme más a un cura. Me fui por barco y no olvidaré jamás cuando el camarero del barco me dijo: ´padre, le tengo su camarote´. Era un camarote compartido con dos padres más, ese barco debía ir desde el puerto de Santo Domingo a Veracruz y de ahí a Cartagena, Colombia. Me puse la mano en la cabeza y me dije: ´cómo voy yo a mantener esta imagen ante dos sacerdotes´. Uno de los dos curas era un santurrón, conservador, y el otro, que a mi modo de ver estaba a punto de salir de la iglesia, era mucho más contestatario. Lógicamente con este último hice una relación política y con el santurrón una relación religiosa.
9. La llegada de los hijos
Jamás olvidaré el momento en que estando en Moscú, con un amigo muy querido, Kiva Mainardi, me llegó un mensaje desde Cuba diciéndome que me había nacido el primer hijo, Pavel Ernesto. Ese fue un momento muy emocionante. El segundo hijo, lo conocí dos meses después de nacer, se llama Narciso, como yo. El que nació, digamos en condiciones más normales, ya estando aquí en esta casa, fue Ricardo, el más pequeño, con él pude disfrutar desde el momento mismo de su nacimiento.
10. Al filo de la navaja
El riesgo de muerte era constante, existieron situaciones de mucho peligro. No existe ningún ser humano que no sienta miedo, el problema es saber vencer ese miedo. En estos casos yo creo que se logra a base de la conciencia. O tú abandonas y los peligros disminuyen o desaparecen, y eso es una claudicación, o tú afrontas la situación, lo malo es que uno expone a toda su familia. Lourdes y yo teníamos que ingeniárnoslas para vernos y tomábamos todas las precauciones de lugar. Era una gran tensión, pero al mismo tiempo, el amor en clandestinidad da satisfacciones enormes. Los encuentros furtivos tienen un sabor superior a la vida normal. Conocer en la clandestinidad al hijo recién nacido, dos veces, los encuentros con Lourdes, un amor que se renovaba constantemente. Hoy llevamos 50 años de amores, cuatro de novios y 46 de matrimonio.
Despedidas tristes y a la vez hermosas
En la vida existen momentos que son tristes, pero que a la vez son hermosos, como la reciente muerte de mi madre que murió en mis brazos, porque como yo era estudiante de Medicina en cierta medida me convertía en un auxiliar de los médicos. Ella estaba muy sedada, estaba sufriendo mucho. Tenía seis años de invalidez y teníamos que alimentarla con un levín, a mí me tocó darle alimento y justamente cuando terminé sentí que no respiraba. Ese es un recuerdo triste. Murió a los 91 años, nos dejó hermosos recuerdos, su amor por la justicia. Ella era arquitecta y trabajó en la remodelación de esta casa, aquí tenemos muchas de sus obras de arte. Era una mujer aparentemente frágil, pero que fue capaz de llevarnos armas a los escondites. La muerte de mi padre fue primero, a principios de los años 80. Me llamó mi hermano para decirme que a papá le había dado un ataque al corazón en la Ferretería Villa, él trabajaba en construcción en ese momento, estaba separado de mamá. Lo habían llevado a la clínica y ni siquiera pudimos hablar con él. Murió a los 73 años. Tuvimos una relación de mucho cariño y de mucho amor. A pesar de lo que nuestros padres sufrían por los riesgos que uno corría, ellos asumían nuestras causas con orgullo.
Las flores
“Mi mamá fue muy amante de las flores y en todas las casas donde vivimos, si había un pedazo de tierra, siempre ella lo sembraba de flores”.
