Padre nuestro

Padre nuestro, no tuyo ni mío, de todos, compartido en una humanidad que exige exclusividad y atención, que no entiende que debe repartirse en partes iguales para que cada quien toque lo que le corresponde y precisa, rico o pobre, culto o ignorante, grande o pequeño, merecedor o no de una atención tan antigua como el mundo.

Que está en los cielos, viendo, cubriendo, envolviendo cada etapa en su realidad indiscutible e inexplicable para el hombre porque no puede razonarse, mucho menos comprenderse, sino sentirse en el alma. No es inalcanzable como el firmamento, es cercano como la brisa, presente en el día a día con la explicación de que todo cuanto acontece tiene un por qué, aunque no se entienda en su momento.
Santificado, no en la iglesia, hincándose, rezando o persignándose ante la cruz, más bien viviendo ( o al menos, intentándolo) como Él lo hizo, apartado de la mística de un sacramento secreto o con la divinidad inalcanzable, en cambio, en la rutina que reta a ser una mejor persona cuando todo conduce a lo contrario.

Que venga su reino en cada decisión, en los actos cotidianos, sin el misticismo de una religión o el ritual de aparentar ser creyente, que cada paso sea el reflejo del bien que Él hubiera hecho en las mismas circunstancias cuando la duda surja y la conciencia clame. Que se haga su voluntad, aunque no coincida con la nuestra, aunque no se le vea sentido porque, mientras nosotros vemos episodios, Él se encarga de la historia completa y, aun a nuestro pesar, sabe que cada pieza caerá en el lugar correcto porque sus tiempos son perfectos. Talvez no se aprecie de inmediato, pero luego se interpreta a la distancia y en la lejanía de las pasiones.

Que recibamos el pan que trasciende el alimento con la convicción de que a cada cual le toca su cuota de frustraciones, satisfacciones, pesares, cargas, liberaciones, logros y fracasos, unos días más, otros menos. Que podamos exigir que nos perdonen con la misma intensidad en que olvidemos cuando somos los ofendidos, con el mismo desprendimiento y la comprensión que se espera al lastimar a otros.

Que seamos capaces de resistir la tentación de la lujuria, el consumismo, la ambición desmedida, la traición, el chisme y la maledicencia para que, aun reconociéndolas como debilidades, tengamos la fuerza de no sucumbir a ellas. Que nos libre del mal de la envidia, que puede ser aún más fuerte, profunda y devastadora que el mismo amor y del egoísmo, que nos hace creer que estamos solos en el mundo y que para brillar hay que apagar a otros.

Amén.

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