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Venezuela, el hombre es un lobo para el hombre

Quienes vivimos los años 70 en Dominicana nos asombramos con la similitud de las protestas callejeras en Venezuela con las que vivimos aquí; pero más nos asombra la respuesta que le da el gobierno venezolano de turno, idéntica a como la dio el…

Quienes vivimos los años 70 en Dominicana nos asombramos con la similitud de las protestas callejeras en Venezuela con las que vivimos aquí; pero más nos asombra la respuesta que le da el gobierno venezolano de turno, idéntica a como la dio el gobierno dominicano de entonces; bandas paramilitares creando el terror barrio por barrio; fuerzas armadas dirigidas por negociantes desalmados; una justicia cobarde y parásita del presupuesto nacional; y una población dispuesta a morir porque se perdió toda esperanza. Así de triste es la historia, así de patética Latinoamérica.

Los gobiernos tienen la perniciosa costumbre, y quizás obligatoriedad de someter a sus gobernados. Y éstos, la peor costumbre de dejarse someter y maltratar hasta la extenuación. Parece un ciclo absurdo, ilógico, irracional, inhumano; pero es una realidad. Llevar a los pueblos a un callejón sin salida obliga a la rebelión, parafraseando a Berthold Brecht. Eso pasará en Venezuela porque ya no queden más opciones democráticas. Allí sus actuales dirigentes piensan que se puede hacer todo lo que quieran y que no pasará nada, igual como sucede en Cuba, que es su modelo a seguir, el modelo “Revolución socialista”. ¿Y en qué quedaron esas revoluciones? En cambiar un abusador por otro, a veces peor que el anterior, como es el caso comprobado en Cuba.

Cuando en el diario vivir se rebasan las líneas de la aparente realidad queda algo parecido a lo que hoy llamamos angustia existencial; porque afloran demasiadas preguntas sin respuestas claras. Todo se vuelve muy complicado, y parece que cada día se complica más. Si a eso le sumamos el hecho cierto de que el hombre está envuelto en una especie de maraña de costumbres, prejuicios y leyes, lo que nos queda es el hombre perplejo, que mira con asombro el gran torrente de información diaria con que nos atosigamos, y que no nos queda más remedio que no hacerle mucho caso como medida sanitaria.

Este siglo XXI está plagado de guerras, declaradas o no, y revueltas bañadas de sangre. Las podemos ver paso a paso, en tiempo real, en la TV o en las pantallas de las computadoras. Las vemos y después de unos minutos cambiamos de canal o hacemos clic para pasar a la entrega de los Oscar o para ver el último video de Shakira o Beyoncé. Así de fácil, así de increíble.

Cuba, Ucrania, Siria, Venezuela son sólo los últimos fogonazos de esa realidad. Y cada uno de esos casos lleva el nombre de una persona: Fidel, Putin, Al-Assad, Chávez-Maduro, podrían ser otros, pero siempre hay un chivo expiatorio para una realidad más compleja; la de que el hombre es un lobo para el hombre.

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