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Ruido, aceras rotas, calles oscuras y demás señales de arrabalización eran antes principalmente imágenes y ambientes de los sectores más pobres de nuestras ciudades, principalmente de Santo Domingo.

A los colmados de barrio con música escandalosa y borrachos bullosos se vinculaba la figura de propietarios de bajo nivel educativo, que atendían sus negocios sin camisas o vestidos en franelas sin mangas, chancletas de goma y un pedazo de lápiz acomodado en la oreja derecha. Pero ahora no es así. El ruido y las demás señales del arrabal de los pobres se han democratizado.

Y los protagonistas son políticos irresponsables y ricos inversionistas que montan vistosos y agresivos colmadones o suntuosos bares y restaurantes, dirigidos por personas “educadas” y profesionales formados en buenas universidades que violan conscientemente las leyes.

No distribuimos las riquezas, pero si el ruido, que ahora es compartido por los de Guachupita o Villa Juana y por los de Piantini o la avenida Churchil.

Los colmados y negocios de todo tipo instalados irrespetando las reglas, son la principal plaga que azota sin piedad la convivencia, estimulada por la indiferencia cómplice de los ministerios y los ayuntamientos. Lo vivimos en carne propia buena parte quienes tenemos la desgracia de residir en Santo Domingo, ciudad imposible e inhóspita, degradada por mercaderes inescrupulosos y los políticos corrompidos. No hay sectores residenciales en los que las personas puedan convivir en paz. Todo ha sido entregado irresponsablemente a los comerciantes.

Hace unos años compré un apartamento en la Víctor Garrido, entonces una tranquila calle de Piantini. Hace más de un año que las máquinas de la constructora hacen allí el hoyo para la torre Villa Palmera. No puedo pedir que no se construya, pero ¿por qué más de un año para hacer un vulgar hueco? ¿No hay límites para los constructores? Y les encanta trabajar los días no laborables.

En el 2008 batallamos para detener la agresión del restaurante La Espetada, que torturaba con sus escandalosas fiestas.  El establecimiento cambió de nombre y se llama Como en Casa, pero ha vuelto con el mismo ruido y vanas han sido las conversaciones con su educado gerente, Alberto del Pino. Ni la comparecencia ante la fiscal ambiental ha detenido la persistente tortura a que someten a los vecinos. Repito con monseñor de la Rosa: “Benditos sean aquellos que saben ser alegres sin hacer ruidos.

Benditos sean aquellos que piden que nuestros barrios, las familias y los enfermos puedan vivir tranquilos, alegres, pero sin ruido” (Un Momento: “No al ruido”, 19-07-2011).

Nota: constancia de mi rechazo al intento de mi profesor Euclides Gutiérrez de arrodillar a Nuria intimidando a sus anunciantes.
Manuel Quiterio es periodista

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