El Caribe

Apuntes de infraestructura

(N)húmeros para (des)cifrar un pambiche

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(Fuente Externa)

Húmero (del lat. Humerus): Hueso del brazo, que se articula por uno
de sus extremos con la escápula y por el otro con el cúbito y el radio.
Diccionario de la RAE

Conocí hace poco a Pedro Granados, ensayista, poeta y novelista peruano (Lima, 1955), a quien el Ministerio de Cultura invitó para conducir en Santo Domingo un Taller sobre la gesta poética del gran César Vallejo. Granados es un penetrante exégeta del culto vallejiano, de sus modulaciones sensibles y del registro de un discurso con misteriosos influjos, casi míticos, en el que algunos piensan que “Vallejo no elige sus vocablos”.

Siempre me aproximé al poeta de Los Heraldos Negros bajo las nociones sombrías de José Carlos Mariátegui: “Nostalgia de exilio; nostalgia de ausencia”. Confieso que fue en el libro de Granados (Trilce: húmeros para bailar) donde por primera vez leí una reflexión (cierta, sorprendentemente clara) acerca de la chispa y del humor que subyacen (“…quizá sin que él lo sepa ni lo quiera”, agazapados y en ademán de saltar) en esa oscura melopoeia permutante de la palabra/cadencia que aflora en Trilce.

Nuestro amigo común, el poeta Basilio Belliard, regaló a Pedro el libro Bojear. Poesía reunida (Santo Domingo, R.D.; Ediciones Ferilibro, 2012), que congrega la producción poética de Enriquillo Sánchez. El ensayista peruano escribió unas páginas en las que interpreta —con certeza, a mi juicio— el contexto dentro del cual acaeció la ardiente y (no pocas veces) atrevida escritura del poeta Sánchez. Entre otras semejanzas, Granados destaca el albedrío experimental y las locuciones y rabietas de oralidad en el lenguaje de Enriquillo, como vinculados a las corrientes expresivas que surcaran Huidobro, Borges, Vallejo y Neruda.

El escrito de Pedro Granados se nombra: La poesía de Enriquillo Sánchez: “puñal y maicena”. Dada la innegable valía de ambos, de quien escribe y del receptor de los juicios, me honro al acoger ese texto en este recinto. (PDM)

La poesía de Enriquillo Sánchez: “puñal y maicena”
Por Pedro Granados
Para Pedro Delgado Malagón

El poeta dominicano Enriquillo Sánchez (1947-2004) cultivó también el cuento, el ensayo y la novela (según dice él en ‘Bojear. Poesía reunida’), también va. Empezó a publicar poesía casi entrados los treinta años y dejó de hacerlo apenas superados los cuarenta. Es más, podríamos decir que su producción literaria en este rubro casi se circunscribe al año 1985 donde escribió la mayoría de entre sus ocho poemarios; varios de estos premiados local e internacionalmente (Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío, en la Nicaragua sandinista, con Sheriff ©on ice cream soda, 1985).

Sin embargo, y un tanto al modo de sus inmediatos predecesores: Antonio Cisneros o incluso el mismo Roque Dalton, no fue en estricto un escritor realista o inequívocamente “comprometido”. Más bien, constantemente hurgó en su fuero interno sin dejar de trajinar la calle; no desdeñó el humor; y, acaso su mejor herencia, atinó a pensar con inusitada intensidad ilustrando con ello lo que Ezra Pound sostenía que era la poesía: “cargar al lenguaje con sentido al grado máximo”.

En cuanto a este último tenor, algunas de sus sentencias o epigramas o incluso greguerías —logopoeia, en suma— entramadas en el tejido mayor de sus poemas, podríamos ilustrarlo del modo siguiente:

“Poema IX”
Regresar.
Regresar desde la brevedad de la
pureza.
Anocheció, obviamente:
las avenidas (Quintopatio, quizá, en
algún anuario
inescrupuloso), el jengibre, los anuncios lumínicos,
los automóviles, los incendios,
sea: es un instinto la retórica
(y su urgente urbanidad).
Despedirse
(hasta otros grafitos musicales).
Saquear, entonces, todas las instituciones.
(La habías instituido,
ligera, en el espejo).
Aproximarse a la memoria,
manuables los sabuesos.
Atravesar la noche.
Leer pastores: pastorear el alba con sus dientes.
La primera persona es un hurto.
Pero las fieras tienen derecho a la
palabra.
Uno de los hombres que soy
no sabe que soy temporal.
Baruch de Spinoza, yo también apuesto:
Sentimos y experimentamos que somos eternos”.

Poema IX, perteneciente a “La nemorosa presencia de Salicio” que, asimismo, funge de telón de Bojear (‘bojar, costear, navegar, rodear, circunvalar’). Sin embargo, título el de esta poesía reunida, que también puede juntar opuestos y actuar cual un oxímoron, al modo en que lo ensaya César Vallejo, de boca (voz) y página (hojear); y, acaso no menos, de golpes al “hipócrita lector” (‘bokear’) tanto como su simultáneo y reparador “hechizo” (‘ojear’ o ‘mal de ojo’).

Hechizo, por cierto, vía la elocuencia, el lenguaje y la técnica impecables de los versos de Enriquillo Sánchez; factura que no iguala ni mejora, por cierto, ninguno de sus contemporáneos en la República Dominicana. Poema IX, a modo de representación de toda esta poesía, que echa mano de lo que se cocinaba en la época: Huidobro, Borges, Vallejo, Neruda, la poesía española contemporánea y de antaño, la música y el habla populares de su pago natal, las pegajosas imágenes de los comics y los mass media. Es decir, cocina que integra estos distintos materiales, creativamente, y guisa muy sabroso.

Eso sí, la vena popular que honra permanentemente la poesía de Sánchez lo salva de ser, a pesar de los premios por esa guisa recibidos, un buen discípulo nerudiano. Podríamos decir que nuestro poeta tanto más acierta cuanto discurre en los poemas en vez de cantar; expía en vez de denunciar; conecta contrarios (propone antítesis u oximorones: “puñal y maicena”) en vez de enumerar —de modo caótico o no— en la senda del Canto General:

“fi bá gallo
dímele a tu mami que me mande un chin de tenteallá”
Invención verbal, al modo más bien huidobriano, ligada al habla de la calle que le otorga una saludable cuota de opacidad a su escritura y una todavía más saludable sangre ligera:
“los hunos y los otros
usted le mete al cabo en la mirada
el tirito la gracia la corneta
el miedo es libre
será donde nazca la música
chorreaba ella
la discípula
material de ombligo y calamar
nos baña el ojo”

La poesía de Enriquillo Sánchez, a pesar de cierto —voluntario o no— activo y concertado soslayamiento local, goza de plena salud y autoridad entre la que cultivan ahora mismo sus pares dominicanos; y, obvio, entre la que ejercitaron los denominados poetas del “pensar” (canónica postura ochentista en la media isla). Sánchez, publicando poesía en la misma época, no se evadió en el pensamiento o, mejor dicho, en ciertas lecturas tipo Pedro Salinas o un adaptado Juan Ramón Jiménez.
Su potencia inventiva, su sentido de la realidad, su demostración de agudeza vía el humor —inexistente entre aquellos que “pensaban” — son superiores a los de toda su generación y brindan cabal prueba de su arte. Por lo tanto, Enriquillo Sánchez es todavía, y en varios sentidos, un autor por descubrir. 


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