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El Rumor de río de Luis Martín Gómez

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El uso de la primera persona, cuando se narra una historia en una novela o cuento, nos lleva irremediablemente a Marcel Proust. Específicamente a aquel momento en el que el protagonista moja un bizcochito en su té, con ello Proust recurre a la magia de un tiempo lento y moroso para traernos el olor y el sabor de un pasado recreado en líneas de escritura. “Recuerdas, padre, el canto de las aguas al amanecer?” Es la frase mágica que utiliza Luis Martín Gómez para llevarnos directamente al pasado cercano. El ensanche Ozama con su río homónimo como escenario en la que un trío de carajitos, Felo, Chago e Ito, le dan vida a los recuerdos y a la historia de un barrio que fue ensueño para ellos y que ya no lo es más, salvo en la memoria de éste “Rumor de río” de Luis Martín Gómez.

“En el ensanche Ozama, barrio de Santo Domingo, localizado a orillas del río Ozama, un grupo de niños inicia la búsqueda de unas armas enterradas durante la Revolución de Abril de 1965, incidiendo, sin proponérselo en el desenlace fatal de una célula guerrillera que luchaba contra el gobierno de los Doce Años…”. Así se describe la trama en la contraportada de la novela corta o cuento largo titulado “Rumor de Río” que acaba de publicar el escritor dominicano Luis Martín Gómez. Los temas de la literatura dominicana han sido más bien rurales, por ser la República Dominicana del pasado reciente muy rural. La caña y los braceros con Over, de Marrero Aristy, o la vida campesina y las revueltas civiles dominicanas del siglo XIX con La Mañosa de Juan Bosch, han sido las cimas de una narrativa muy costumbrista de estilo decimonónico, y escritores formados en la tradición costumbrista del criollismo latinoamericano.

En éstos tiempos, con una visión distinta de lo latinoamericano y sin tanta vida rural, ha sido en los barrios donde se han formado la mayoría de los escritores contemporáneos de nuestro país. Con Marcio Veloz Maggiolo, Andrés L. Mateo y ahora con Luis Martín Gómez entramos a los callejones y patios de nuestros barrios. Villa Francisca y ahora el ensanche Ozama, de los últimos años del siglo pasado reviven en las páginas de estos escritores. Un rumor de río o de callejón están dándole forma a la memoria nostálgica de quienes hoy tienen entre 50 y 70 años. Las naciones necesitan de la nostalgia igual que los individuos. Con ella, la nostalgia, es con la que se puede limar lo desagradable y que aflore lo que una vez fue presente y que ahora quiere permanecer para siempre en nuestro futuro. 


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