Arthur Schopenhauer y la música

Arthur Schopenhauer, 1854.

Si tuviera que elegir a un solo filósofo, lo designaría a él (Schopenhauer). Si el enigma del Universo puede expresarse en palabras, pienso que estas palabras se encontrarían en sus obras.
JORGE LUIS BORGES

Schopenhauer entendió la tragedia como forma suprema del arte poético. Su objeto era representar el flanco horrible de la vida: la agonía de la humanidad, el dolor anónimo, el triunfo de la maldad, el vejatorio poderío del azar, el fracaso del justo y del inocente. Una vez que la poesía alcanzaba su glorificación en la tragedia (excitación de abismos y peripecias del macho cabrío) quedaba lugar para el canto sin palabras: ese aire intocado de discurso que era la música.

El juicio de Schopenhauer es singular: la música será privilegiada en la contemplación de las Ideas que el arte afronta. Las Ideas, en la música, pasan a ser consideradas “sombras”, alusión platónica sesgada: conocimiento puro, sin arquetipos, fuera de toda representación.

En cierto modo en el mundo, y en cierto modo fuera del mundo, está la música, afirmaba Schopenhauer: “La música, al pasar por encima de las ideas, es también enteramente independiente del mundo fenoménico al que ignora sin más y, en cierta medida, también podría subsistir, aun cuando el mundo no existiera en absoluto”. Por encima de las ideas, la música será el registro de la voluntad: vida imperecedera, incluso sin organismos, sin tiempo ni espacio ni causas ni efectos…

El grado más alto de la visión, de la contemplación, es el arte. La medida más elevada del arte es la música, que ocuparía el lugar de un arte metafísica. La música tendría que decir algo, aun cuando no hubiera mundo del cual hablar, aun cuando no hubiera mundo a través del cual mirar. Mirar con el oído: Schopenhauer propone aquí una sinestesia de la observación.

El arte es una objetividad superior, la perfección del conocer. La belleza es la prueba de la visión de un “qué” trascendente. Pero ese “qué” está referido en las demás artes a la voluntad y a las formas inmutables del mundo. La música, afirma el filósofo, no pertenece, no está ligada al mundo y, por tanto, no se remite a una Idea de la voluntad: no habita en el universo.

Schopenhauer, el urgente melómano, parece no encontrar un lugar en el mundo para la música. Acaso sea este el gran hallazgo, tanto como la congoja de su pensamiento. En el seno de aquella acerada metafísica pesimista, su noción de la música desata pugnas. En lugar de la “abúlica contemplación” de la experiencia estética tomada en general, él ha dicho: la música “no hace más que halagar la voluntad de vivir, ya que expone su esencia, le pinta de antemano sus éxitos y al final expresa su satisfacción y placer”.

Con estos decires, la fascinación musical coloca trampas al gran filósofo de la desesperanza insalvable. Y lo sitúa en la mira de Nietzsche. El desdoblamiento del arte y la noción del amor fati (surgidos del módulo schopenhaueriano de la música) proveen la esencia de lo desmesurado, de lo dionisíaco en Nietzsche. En tanto lo apolíneo (lo elevado, lo racional, lo luminosamente humano) acaecerá, dócil, en la letárgica anchura de la existencia fútil. (PDM)

Sobre el arte ARTHUR SCHOPENHAUER
(Fragmentos del libro ‘El amor, las mujeres y la muerte’)

La música no expresa nunca el fenómeno, sino únicamente la esencia íntima, el en sí de todo fenómeno; en una palabra, la voluntad misma. Por eso no expresa tal alegría especial o definida, tales o cuales tristezas, tal dolor, tal espanto, tal arrebato, tal placer, tal sosiego de espíritu, sino la misma alegría, la tristeza, el dolor, el espanto, los arrebatos, el placer, el sosiego del alma. No expresa más que la esencia abstracta y general, fuera de todo motivo y de toda circunstancia. Y sin embargo, sabemos comprenderla perfectamente en esta quintaesencia abstracta.

La invención de la melodía, el descubrimiento de todos los más hondos secretos de la voluntad y de la sensibilidad humana, esto es obra del genio. La acción del genio es allí más visible que en cualquiera otra parte, más irreflexiva, más libre de intención consciente: es una verdadera inspiración. La idea, es decir, el conocimiento preconcebido de las cosas abstractas y positivas, es aquí absolutamente estéril, como en todas las artes. El compositor revela la esencia más íntima del mundo y expresa la sabiduría más profunda en una lengua que su razón no comprende, lo mismo que una sonámbula da luminosas respuestas acerca de cosas de que no tiene conocimiento ninguno cuando está despierta.

Lo que hay de íntimo e inexpresable en toda música, lo que nos da la visión rápida y pasajera de un paraíso a la vez familiar e inaccesible, que comprendemos y no obstante no podríamos explicar, es que presta voz a las profundas y sordas agitaciones de nuestro ser, fuera de toda realidad, y por consiguiente, sin sufrimiento.

Así como hay en nosotros dos disposiciones esenciales del sentimiento, la alegría o a lo menos el contentamiento, y la aflicción o por lo menos la melancolía, así también la música tiene dos tonalidades generales correspondientes, mayor y menor, el sostenido y el bemol, y casi siempre está en la una o en la otra. Pero, en verdad, ¿no es extraordinario que haya un signo para expresar el dolor, sin ser doloroso físicamente ni siquiera por convención, y sin embargo, tan expresivo que nadie puede equivocarse, el bemol? Por esto puede medirse hasta qué profundidad penetra la música en la Naturaleza íntima del hombre y de las cosas.

En los pueblos del Norte, cuya vida está sujeta a duras condiciones, sobre todo en los rusos, domina el bemol hasta en la música de iglesia.

El allegro en bemol es muy frecuente en la música francesa y muy característico. Es como si alguien se pusiera a bailar con unos zapatos que le hacen daño.

Las frases cortas y claras de la música de baile; de aires rápidos, sólo parecen hablar de una felicidad vulgar, fácil de conseguir. Por el contrario, el allegro maestoso, con sus grandes frases, sus anchas avenidas, sus largos rodeos, expresa un esfuerzo grande y noble hacia un fin lejano, que se concluye por alcanzar.

El adagio nos habla de los sufrimientos de un grande y noble esfuerzo que menosprecia todo regocijo mezquino. Pero lo más sorprendente es el efecto del bemol y del sostenido. ¿No es asombroso que el cambio de un semitono, la introducción de una tercera menor en lugar de una tercera mayor, dé en seguida una sensación inevitable de pena y de inquietud, de la cual nos libra inmediatamente el sostenido? El adagio en bemol se eleva hasta la expresión del más profundo dolor, se convierte en una queja desgarradora. La música de baile en bemol expresa el engaño de una dicha vulgar que hubiera debido desdeñarse. Parece describirnos la persecución de algún fin inferior, obtenido al cabo a través de muchos esfuerzos y fastidios.

Una sinfonía de Beethoven nos descubre un orden maravilloso bajo un desorden aparente. Es como un combate encarnizado, que un instante después se resuelve en un hermoso acorde. Es el rerum concordia discors (en latín: la armonía discordante) una imagen fiel y cabal de la esencia de este mundo, que rueda a través del espacio sin premura y sin descanso, en un tumulto de formas sin número que se desvanecen sin cesar. Pero al mismo tiempo, a través de la sinfonía, hablan todas las pasiones y todas las emociones humanas, alegría, tristeza, amor, odio, espanto, esperanza, con matices infinitos, y sin embargo, enteramente abstractos, sin nada que los distinga unos de otros con claridad. Es una forma sin materia, como un mundo de espíritus aéreos.

Después de haber meditado largo tiempo acerca de la esencia de la música, os recomiendo el goce de este arte como el más exquisito de todos. No hay ninguno que obre más directa y hondamente, porque no hay ningún otro que revele más directa y hondamente la verdadera naturaleza del mundo. Escuchar grandes y hermosas armonías es como un baño del alma: purifica de toda mancha, de todo lo malo y mezquino, eleva al hombre y le pone de acuerdo con los más nobles pensamientos de que es capaz, y entonces comprende con claridad todo lo que vale, o más bien, todo lo que pudiera valer.

Cuando oigo música, mi imaginación juega a menudo con la idea de que la vida de todos los hombres, y la mía propia, no son más que sueños de un espíritu eterno, buenos o malos sueños; de que cada muerte es un despertar.

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Arthur Schopenhauer (Danzig, 22 de febrero de 1788-Fráncfort del Meno, Reino de Prusia, 21 de septiembre de 1860). Es considerado una de las personalidades filosóficas más brillantes del siglo XIX. Su filosofía, concebida esencialmente como un «pensar hasta el final» la filosofía de Kant, es deudora de Platón y Spinoza, sirviendo además como puente con la filosofía oriental, en especial con el budismo, el taoísmo y el vedanta En su obra tardía, a partir de 1836, presenta su filosofía en abierta polémica contra los desarrollos metafísicos postkantianos de sus contemporáneos. Su trabajo más famoso, ‘El mundo como voluntad y representación’, constituye desde el punto de vista literario una obra maestra de la lengua alemana de todas las épocas. Supone además una de las cumbres del idealismo occidental, y el pesimismo profundo que perdura en la obra de escritores y pensadores de los siglos XIX y XX.